Llovió durante tanto tiempo que él se imaginó que la tierra se había hecho agua. Pero lo que sucedía era que la tierra agrietada por meses de sed bebía con una apetencia casi humana, mientras el horizonte desaparecía bajo un techo de nubes negras. Sobre aquel océano que acababa de nacer avanzaba una embarcación improbable: un tronco ahuecado, obstinado en flotar porque un hombre había decidido que así fuera. Y este humano ignoraba el nombre de Noé.

Después de innumerables noches, la corriente lo condujo a una ciudad de la que nunca había oído hablar antes de las lluvias. Las casas, de piedra pulida, ascendían a las alturas, como si fueran aprendices de las montañas. Sus habitantes vestían con telas de muchos colores y sonreían con la serenidad de quienes ya no esperan milagros. Al llegar a sus costas, nadie se inmutó.

El navegante creyó haber encontrado el lugar donde, al fin, sería reconocido. Relató en las plazas y mercados su lucha contra la lluvia interminable, el combate con los vientos y la paciencia con que había concebido aquella humilde embarcación. Enseñaba a los transeúntes los planos de su invento.

Lo escuchaban con atención. Ninguno se burló. Ninguno aplaudió. Pero la indiferencia pesa más que el desprecio. Desconcertado, anunció una nueva aventura, ascendió a la montaña más alta, la escogió por estar llena de hielos. Encendió una hoguera y llamó a Dios con gritos salvajes.

—¿Qué más exige el cielo de un hombre? He vencido a las aguas, he desafiado al viento, he sobrevivido donde otros habrían muerto. ¿Por qué nadie pronuncia mi nombre?

Durante cien días y cien noches permaneció allí. Se alimentó de raíces, bebió lluvia y sostuvo su cuerpo con la obstinación de los arcaicos titanes. Dios no le contestó.

Al regresar, narró también aquella prueba, y hasta le pareció que todos la conocían. En las plazas se le acercaron muchos habitantes, pero, aparte del respeto con que se atiende a un semejante, nadie lo aplaudió.

Fue entonces cuando, casi por azar, entró en un edificio de piedra blanca. Miles de personas permanecían inclinadas sobre unos objetos silenciosos.

—Libros —le dijeron.

Nunca había oído esa palabra.

Aprendió a leer con el mismo fervor con que había aprendido a remar, y el olor a los libros y las imágenes que veía en ellos, se quedaron gravados para siempre en sus días. Cada página deshacía una certeza; recorrió siglos enteros sin abandonar aquella sala. Descubrió imperios olvidados, dioses que habían muerto, hombres cuyo único combate había sido una idea.

En el último libro que sus manos tomaron de un anaquel lleno de tiempo, descubrió que su propia historia estaba escrita en ese tomo. Entonces sintió que su antigua figura —el vencedor de tormentas, el inventor de la barca, el desafiante de Dios— era pasado. Cuando salió de la biblioteca, era, al mismo tiempo, él y su pretérito.

Miró la ciudad, miró sus manos y sonrió con una humildad desconocida.

Luego siguió su camino, porque quien obtiene respuestas, sabe que comienza apenas, el viajar humano.

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