Un emprendimiento de ladrones.

Ignoro por qué serie de razonamientos, hoy irrecuperables, llegamos a la convicción de que robar era una virtud. Sospecho que no hubo razonamientos, sino una de esas revelaciones que la infancia concede con la misma naturalidad con que los teólogos atribuyen a la divinidad los milagros. Lo cierto es que el robo nos pareció entonces menos una infracción que una forma del coraje; menos un agravio a la propiedad que una silenciosa rectificación del universo.

Decidimos, pues, fundar una sociedad de ladrones. La empresa era modesta y, precisamente por ello, infinita. Éramos dos —o acaso tres; la memoria, que suele ser más imaginativa que fiel, vacila en ese detalle— y, sin embargo, nos creíamos herederos de una estirpe antiquísima, cuyos miembros invisibles se prolongaban hacia el pasado y el porvenir. Toda sociedad secreta supone otra anterior que la justifique, y otra futura que la continúe; la nuestra no fue una excepción.

Redactamos reglamentos que nadie escribió y juramentos que nadie pronunció. Bastaba creer en ellos para que existieran. Cada objeto ajeno que despertaba nuestra codicia dejaba de ser un objeto: era una prueba, un signo, acaso una cifra mediante la cual el destino examinaba nuestra resolución. Nunca codiciamos las cosas por su valor. Nos atraía el acto mismo, esa delicada ceremonia de desafiar un orden que juzgábamos arbitrario y cuya autoridad aceptaban, sin advertirlo, todos los adultos.

Muchos años después comprendí que nuestro verdadero propósito no era apoderarnos de aquello que pertenecía a otros. Lo que buscábamos era ingresar en un laberinto. Todo niño imagina, alguna vez, que el mundo visible encubre otro más verdadero; nosotros elegimos el robo como otros eligen la aventura, la santidad o la filosofía. Ignorábamos que toda transgresión es también una forma de obediencia y que el destino suele concedernos aquello que fingimos buscar para revelarnos, al final, que perseguíamos otra cosa.

Quizá nunca existió aquel club. Quizá fue una invención de la memoria, que suele embellecer las culpas y conferir a las trivialidades la dignidad de los símbolos. Pero si existió —y me inclino a creer que sí—, su único tesoro fue la certidumbre, efímera e inexplicable, de que durante unos pocos días fuimos los custodios de un secreto que el tiempo, con su invariable cortesía, terminó por robarnos.

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