Si para encontrar tranquilidad en su propia conciencia
necesita verme como la culpable de esta historia,
como la villana,
como aquella que no agradece
y que olvidó todo lo que recibió,
entonces hágalo.
Yo ya no quiero luchar
contra la imagen de mí
que usted decidió construir.
Porque yo conozco mi verdad.
Sé cuánto amé,
sé cuánto intenté permanecer,
sé cuántas veces elegí comprender,
y también sé cuánto me dolió tener que aceptar
que algunas cosas ya no eran como antes.
Lo que un día llamé hogar
hoy solo vive en mi memoria.
Las voces que llenaban mis días,
los abrazos que me daban seguridad,
la sensación de pertenecer a un lugar,
todo eso quedó convertido
en recuerdos que abrazo con tristeza.
Quizá usted nunca llegue a entender
lo que significa perder aquello que sostenía tu mundo.
Quizá nunca conozca ese vacío que queda
cuando las personas que eran tu refugio ya no están.
Porque hay dolores que no se explican,
solo se aprenden a cargar.
No necesito que me recuerde la realidad,
porque esa realidad la enfrento en silencio cada día que pasa.
Nunca dejé de querer estar con usted.
Nunca dejé de buscar su cariño,
su comprensión,
ese lugar donde alguna vez sentí que pertenecía.
Pero con el tiempo tuve que aceptar
que mi corazón seguía esperando algo
que ya no nacía del suyo.
Pero no la odio.
Nunca podría hacerlo.
Porque el odio no es lo que queda cuando alguien ha amado de verdad.
Lo que queda es una herida,
una tristeza profunda,
el dolor de extrañar lo que fue
y aceptar lo que ya no volverá.
Porque perder personas duele,
pero duele aún más perderlas
cuando todavía las necesitabas,
cuando todavía buscabas en ellas
un lugar seguro donde quedarte.
Mi abuela ha sido mi refugio.
La persona que ha sostenido mi mano
cuando sentía que todo se derrumbaba.
Y aun ese amor me llena de miedo,
porque sé que incluso lo más hermoso de esta vida
algún día tendrá que enfrentar el paso del tiempo.
Por eso le pido que no me recuerde mis pérdidas.
No me señale mis ausencias.
No me repita mis heridas,
porque yo ya camino con ellas.
Déjeme sonreír sin culpa.
Déjeme encontrar momentos de calma.
Déjeme sanar sin tener que abrir nuevamente
las heridas que con tanto esfuerzo intento cerrar.
Porque olvidar por momentos no significa dejar de amar.
A veces, soltar un poco el dolor
es la única manera que encuentra un corazón cansado
para seguir latiendo.
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