Hay obras que desafían al tiempo. Abu Simbel desafió algo aún más poderoso: el olvido.
Hace más de tres mil años, un faraón creyó que la piedra podía domesticar la eternidad. Mandó excavar la montaña para que su rostro, multiplicado en cuatro colosos, contemplara el desierto con la serenidad de los dioses. No construyó un templo; construyó una advertencia. Todo poder desea ser recordado. Todo hombre teme desaparecer.
Sin embargo, el tiempo, ese arquitecto implacable, cubrió los templos con arena durante siglos. Las estatuas permanecieron allí, ciegas bajo el desierto, como si la historia hubiese decidido concederles un largo sueño. Los imperios cayeron, cambiaron las lenguas, cambiaron las fronteras, y aquellos gigantes siguieron esperando a nadie.
Cuando el mundo volvió a descubrir Abu Simbel, comprendió que existía una paradoja. Lo que había sido concebido para ser inmóvil debía moverse para sobrevivir. La construcción destinada a desafiar los siglos tuvo que ser desmontada piedra por piedra para escapar de las aguas de una represa. A veces, conservar exige renunciar a la inmovilidad.
Hay en ello una lección profundamente humana. También nosotros creemos que permanecer iguales es una forma de resistir. Pero la vida enseña lo contrario: sólo perdura aquello que acepta transformarse sin perder su esencia.
Los colosos de Ramsés siguen mirando el horizonte. Ya no están exactamente donde nacieron, pero continúan custodiando el mismo silencio. Quizá comprendieron antes que nosotros que la memoria no habita en un lugar, sino en aquello que somos capaces de salvar.
Abu Simbel no es únicamente un templo egipcio. Es la prueba de que la grandeza de una civilización no consiste sólo en construir monumentos, sino también en la humildad de preservarlos para quienes aún no han nacido.
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