Miro alrededor y todo parece tan resuelto. Hace apenas unas horas, un hombre festejaba el triunfo de su equipo favorito mientras otro perdía la vida, ensangrentado, después de haber sido linchado por atropellar a diecisiete personas. Todo había ocurrido en medio de la euforia colectiva, por el absurdo de mecer un coche como parte del frenesí.
No muy lejos de ahí, otro más caía desde varios metros de altura después de tropezar mientras intentaba lanzarse hacia un tumulto.
Lo particular es que ni siquiera se trataba de la gloria de ganar la copa, ni mucho menos de la victoria en una guerra que liberara a un pueblo oprimido, sino de una competencia en la que la participación de sus seleccionados ha sido calificada por algunos especialistas como mediocre, opinión que comparto.
Poetas y artistas nos han erizado la piel por siglos con historias de proezas que hacen levantar la frente, con el orgullo de morir por una patria compartida y con el envidiable amor de jóvenes que viven al borde de la locura; pero la adrenalina pertenece al cuerpo.
Si estos cuentos nos enseñan que vale la pena salvar una vida, aun cuando eso signifique sacrificar muchas otras; que el mejor de los amores debe venir acompañado de dolor y que el mérito del héroe nos es ajeno, entonces la pregunta «¿cuál es el sentido de la vida?» se vuelve mundana y fútil. Nuestras fuerzas deberían gastarse más bien en comprender por qué nace esa pregunta.
Y es que nace por la necesidad de aprobación, nuestras pelucas judiciales solo se acomodan en el refugio de la muchedumbre. ¿Por qué se deben avalar mis pasiones?
Miro alrededor y todo parece tan vacío. ¿Habrá algo tan gratificante como hacerle la cena a la persona que amas? Supongo que debe ser diferente para cada quien. Hoy se la hice a mis padres y me siento bien. Hoy me detengo un momento a ver a mi hija bailar y me siento completo.
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