Soy una simple hoja que cayó de un árbol; nací en lo alto, verde, inquieta, recién llegada al mundo.
Pero la altura no me salvó del silencio, poco a poco descubrí que era invisible,
que mi existencia pasaba como un susurro entre ramas que nunca me miraron.
En un amanecer cualquiera —uno más entre tantos— me descubrí sola.
Las presencias que me rodeaban llenaban el espacio, pero no a mí.
Mi respiración se quebró, y entonces el viento, astuto y seductor,
se acercó con promesas que parecían luz.
Sentí el desgarro de su naturaleza y el mismo viento que ofrecía maravillas fue quien me sacudió,
quien me arrancó,
quien me arrastró con una libertad que dolía.
Al principio, pese al dolor, hubo una comezón de satisfacción,
una ilusión tibia… pero falsa.
El mundo me llevó por caminos interminables;
toqué el suelo miles de veces,
y el viento me levantaba con caricias que pronto se volvían golpes.
Me cubrí de barro, atravesé remolinos, vi tormentas,
fui pisoteada por pasos que nunca se detuvieron a verme.
Y ya cansada de tanto andar, alcé la mirada hacia las otras hojas,
quietas, seguras, abrazadas por sus árboles.
Me pregunté por qué yo no podía volver al mío.
Por qué estaba condenada a vagar en la intemperie,
en la incertidumbre de la tempestad,
sin llegar aún a mi fin
ni recuperar jamás la altura de donde caí.
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