La Bóveda de la inmortalidad.

Con el paso de los años, la cabeza calva y el andar cansado, me fui convenciendo de que cada familia carga un cielo que los padres soportan sobre sus hombros, la bóveda celeste de sus días y los nuestros. Lo vi en los míos. Cuando aún éramos jóvenes y fuertes, mi hermano y yo existíamos ignorando ese peso.

Pero los domingos realizábamos un culto. Llegábamos a su casa como quien entra en una vivienda propia, pero mágica: Mi madre cocinando, el olor del café, con esas conversaciones que nutren a dos generaciones con fluidez y sus contradicciones.

Pero apareció un personaje inevitable en nuestro universo, Cronos. Ahora éramos más invitados. Las esposas los hicieron suegros. Y los pies diminutos corriendo entre los muebles viejos, mientras llenaban los rincones de voces infantiles, los volvieron abuelos.

Creímos que aquella vida doméstica era eterna. Pero los titanes también se cansan. Un día, casi sin darnos cuenta, sus espaldas empezaron a inclinarse, como si buscaran otro sostén. Entonces comprendimos que había llegado nuestra hora de ser Heracles, pero sin trucos: debíamos cargar el cielo que ellos ya no podían sostener.

Confieso que sustentar su mundo fue una tarea que no pensamos. Pero no podíamos permitir que la bóveda se desplomara. Así que la tomamos, como quien toma un legado inevitable. Ellos se fueron un día, y aquella casita de la infancia se lleno de recuerdos y tristezas.

Ahora estoy en el lugar de mis progenitores. Mis espaldas ya no son las de antes. La cúpula de la vida me pesa, y mis hijos —sin que yo se lo pida— han empezado a sostenerla. No lo dicen, pero lo veo en la manera en que me observan. Ellos ya conocen el rito: cada generación es Atlas por un tiempo, hasta que la siguiente aprende a sostener el cielo de la familia.

Un amigo, tan viejo como mi nacimiento, me dijo una frase que aún retengo: vivir es sostener un mundo hasta que se vuelve demasiado pesado.

La familia se vuelve una construcción que nos carga, como si la bóveda celeste personal fuera una carrera de relevo.

Estoy entrando en esa región del tiempo donde la vida se parece a un parto: nacer hacia otro lado. Pero he comprendido algo que los maestros siempre supieron: la bóveda personal nunca cae. Solo cambia de hombros.

Y en ese relevo inevitable, en esa transición del pasado al presente, se cifra el misterio de nuestra especie: somos inmortales.

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