No sé si la memoria es un espejo o un artificio que inventa lo que recuerda. En mi caso, sospecho lo segundo, pues hay ocasiones en que me repone episodios que no sé si viví, leí o soñé. Entre ellos persiste uno que pertenece a las crónicas del budismo zen, esa doctrina que busca la iluminación en el silencio y que ha producido tantos libros y tantos ruidos. El escenario del encuentro es irrelevante; acaso nunca existió. Los intérpretes afirman que sucedió fuera del tiempo y del espacio, que acaeció en la mente de muchos.
Un joven, cuya anatomía era una perfección de músculos y fuerza, se cruzó con un anciano maestro. El viejo, casi transparente en su delgadez, lo saludó con cortesía. —Buenos días. ¿Cómo está usted?
El joven respondió con la alegría de quien enumera los bienes de un inventario corporal: —Estoy bien, maestro. Tengo piernas firmes, un pecho vigoroso y brazos capaces de doblar el hierro. El anciano lo miró con una curiosidad filosófica. Luego pronunció una frase que produjo en el joven un estremecimiento comparable al de una revelación. —He preguntado por usted, no por su ropero. La sentencia, más que una ironía, era una refutación. El joven había descrito la vasija, no el agua. Como si la identidad fuera una suma de atributos externos.
Cuentan que el joven quedó inmóvil. No supo si el maestro lo había despojado de todo en lo que creía, o si le había transmitido un contrasentido. Pero el tiempo no se detiene nunca, sigue pasando a pesar nuestro, y las fuerzas del joven fueron menguando con los años.
En su madurez se dio cuenta de que su poderío era un ropaje transitorio, y que el verdadero habitante de su cuerpo —ese sujeto sin atributos visibles a los ojos del hombre— era inmaterial y vasto.
El maestro ya no estaba, había seguido su camino, sabiendo que las palabras del zen no enseñan: destruyen. Porque el despertar es un acto que ocurre de manera individual.
La historia se me quedó escondida en algún pliego de los recuerdos. Y mientras observo mi guitarra, pienso que su música no reside en la madera sino en el vacío que la anima. Para después, frente al espejo, preguntarme: ¿dónde está mi ser? Y no quiero hacerle la pregunta al maestro zen de aquella historia. Aunque oigo su voz respondiéndome: —Cuando dejes de buscarlo, ¿qué quedará?
El kōan me devuelve al misterio primigenio; no sé si buscarlo o dejarme llevar por él.
OPINIONES Y COMENTARIOS