La menor séptima

De pronto, me encontré vagando por las calles de aquella ciudad apresurada. Doblé una esquina siguiendo los rayos de sol que se colaban entre los edificios. Intenté detenerme, aunque me asaltaba una fuerte sensación de que sería expulsado si lo hiciese. Cinco baldosas en un patrón sobre el camino, era imposible rebobinar.

Rodeado por una cantidad ingente de personas que fluían en ambas direcciones, norte y sur; ahora a un ritmo más calmado. Imbuidas en un tiempo tan impreciso como dilatado, entre puestos de mercado en los que vendían: pequeños espejos con marcos de hierro forjado, talismanes africanos metidos en saquitos, llaves separadas de lo que algún día abrieron, colgantes de ranitas amazónicas, ediciones antiguas de Hemingway y Poe.

Mientras personajes disfrazados de hechiceros, campesinas y bufones danzaban entre la multitud, comenzó a caer aguanieve. Niños, como recogidos de otro espacio temporal, se perseguían con espadas de madera; un grotesco hombre del saco los asustaba. Sus respiraciones, murmullos y pisadas parecían acompasados bajo un mismo metrónomo.

Entonces la vi, en un remanso de gente más dispersa. Irrumpió de repente entre las paradas. Corría bajo el fracaso de la lluvia al dibujarla, envuelta en su sencillo vestido de terciopelo beige con detalles burdeos que, sobre su cuerpo, parecía hecho a medida. Se detenía por momentos y se giraba, a mirarme, como si quisiera que la persiguiese.

Inesperadamente, menos el viento, todo se congeló. Solo mis oídos parecían dar credibilidad a aquel momento. Me invadió una paz cadenciosa.

Desapareció, la busqué desconcertado, no sin antes dudar de su existencia. Di de nuevo con ella. Cual inicio de una estrofa traté de hablarle, con palabras atropelladas, incapaces de construir una frase ordenada. Algo no me dejaba añadir texto a lo que estaba pasando. Selah -así la llamé yo- solo repetía una especie de mantra afinado. Me cogió del brazo tirando suavemente de mí, en un avanzar irremediable. Junto al puente de un río poco caudaloso había una puerta oculta. La abrió y se hizo a un lado, para que entrase yo primero. Se intuía luz natural tras cruzar el umbral. Por un instante quise retroceder, mi necesidad de ver me lo impidió. Arrastrado, cual decisión tomada por una melodía imponiéndose, siempre un paso por delante de mí.

Sus cabellos enredados olían a miel, sus ojos avellana con reflejos esmeralda me silenciaron. Sonaban de fondo arpas y flautas traveseras. Grifos y mantícoras descansaban en las paredes de piedra en aquel resguardo del mundo exterior. Unas ardillas se cruzaban, cual cometas doradas, entre las copas de los árboles.

Se hizo la mañana y mi tren salía a las siete, aunque eran ya las ocho. Se perpetuaban sonidos perezosos de la noche resistiéndose a desaparecer. A pesar de saber que tarde o tempano partiría, cerré los ojos y me quedé, a merced de que la aguja volviera a ser posada sobre el inicio de pista del vinilo, una y otra vez. Condenado a cadena perpetua no revisable dentro de aquella canción, por un crimen, que sí cometí.

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