Atravesé el cementerio para cortar camino. Era una costumbre antigua, casi ritual, que repetía desde hacía años. El Cementerio de Cristóbal Colón, en La Habana, nunca fue para mí un lugar de muerte, sino un museo inadvertido: esculturas que parecían pensar, mausoleos que imitaban templos, avenidas que obedecían una geometría más rigurosa.

Aquel día, sin embargo, la armonía del mármol estaba perturbada por un hombre sentado en el césped frente a una tumba. No era una estatua, aunque imitaba la quietud de una. Tenía la inmovilidad de quien ha renunciado a la voluntad, y la expresión de quien no tiene consuelo.

Me acerqué.

—¿Le ocurre algo, señor? ¿Puedo ayudarlo?

La respuesta fue tan improbable que aún hoy no sé si la escuché o la imaginé.

—Hace seis días que morí —dijo—. No logro acostumbrarme.

Lo dijo con una voz que parecía venir de un lugar lejano. Habló del olor de sus vísceras putrefactas, de una sensación de descomposición como memoria corporal. Su rostro, lejos de la serenidad que atribuyen a los difuntos, mostraba una desesperación que dolía mirarla.

Intenté ayudarlo desde la lógica, ese instrumento que uno usa como si fuera infalible. Le dije que no podía estar muerto porque conversaba conmigo, que seguramente sufría una depresión profunda, que existía un síndrome —el de Cotard— que hacía creer a las personas que habían fallecido.

—Me llamé José Suárez de la Asunción —agregó, como si el nombre fuera una prueba irrefutable de su condición.

Miré alrededor. Estábamos en la Avenida Fray Jacinto, entre las calles C y D. Recordé que el cementerio había sido diseñado como una ciudad perfecta: avenidas con nombres, calles con letras, diagonales que obedecían una lógica casi matemática. Pensé, con un temor que no quise admitir, que quizá esa ciudad de muertos tenía también habitantes que no aceptaban del todo su defunción.

Lo animé a caminar conmigo hacia la Avenida Cristóbal Colón, rumbo a la Puerta Principal. Mi intención era sacarlo de aquel territorio y llevarlo a un centro asistencial. Él se levantó con un esfuerzo que parecía más metafísico que físico.

Pero al acercarnos a la salida, ocurrió lo imposible: José Suárez de la Asunción comenzó a perder densidad, desdibujándose como una figura de humo atrapada en una corriente de aire, hasta que desapareció. No huyó. Simplemente dejó de estar. Como si la realidad se hubiera apresurado a sellar sus propias fisuras para borrar cualquier rastro de su error.

Mi mente, que hasta entonces había resistido, colapsó. La negación del fenómeno se disolvió como una tinta diluida. ¿Había conversado con un muerto? ¿O con algo que imitaba la forma de un hombre para recordarme que la lógica es apenas una superstición?

Me dirigí a la oficina de administración, en la esquina de la calle 12 y la Calzada de Zapata. La empleada buscó en el registro. La computadora mostró la lista de fallecidos enterrados ese mes. Allí estaba: José Suárez de la Asunción, sepultado seis días antes, entre dos firmas que certificaban su defunción.

No sé qué me perturbó más: su desaparición o la exactitud burocrática que confirmaba su muerte.

Confieso que evité volver al cementerio durante un tiempo. Y cuando lo hice, jamás volví a mirar a ningún ser humano sentado cerca de una tumba. No por miedo, sino por respeto: hay presencias que no deben ser interpeladas, y hay ciudades —como la de los muertos— donde la cortesía consiste en no preguntar.

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