Me duele la tristeza. No como duele una herida, sino como pesan los días cuando han perdido su nombre. Me ahoga el olvido, aunque sé que olvidar es una de las formas más obstinadas de recordar. Aquello que uno se propone borrar regresa disfrazado de silencio, de música lejana, de una calle cualquiera o del perfume imposible de un tiempo que ya no existe.

Tratar de olvidar es una tarea cruel. Es sentarse frente a una puerta cerrada y golpearla con la esperanza de que nadie responda. Pero siempre responde alguien: una memoria, una voz, una ausencia. Y entonces comprendemos que el pasado no vive detrás de nosotros, sino dentro de nosotros.

Tal vez la vida no nos pida olvidar. Tal vez sólo nos pida aprender a caminar con aquello que ya no volverá. Porque hay recuerdos que dejan de sangrar, pero nunca dejan de ser nuestros. Y la tristeza, cuando deja de ser enemiga, se convierte en la última prueba de que alguna vez amamos, creímos y fuimos capaces de entregar el alma sin pedir garantías.

Lo que verdaderamente quita la vida no es el recuerdo, sino la guerra interminable contra él.

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