La Ciudad del Placer cambia de nombre con cada forastero que traspasa sus murallas. Hubo un tiempo en que este mapa de los sentidos estaba incompleto: la urbe era un territorio vedado al deseo de las mujeres. Se las consideraba vasijas pasivas, ánforas destinadas a contener el néctar ajeno, nunca a saborearlo. Sobre ellas pesaban cerrojos invisibles forjados por férreos códigos morales y escribas divinos. Su geografía interior carecía de brújula; eran habitantes de una noche sin astros.
Pero las ciudades mudan de piel. Hoy, los viejos decretos se han disuelto en el polvo y una marea incesante de peregrinas avanza hacia la ciudad. No las mueve la fe en antiguos altares, sino la reconquista de su propia mirada. Marchan ancianas que arrastran memorias de piedra, jóvenes cuyos ojos reflejan el fulgor del deseo y niñas que aprenden a nombrar el mundo sin pedir permiso.
Ya no son prisioneras de un rito ajeno: son las cartógrafas de su propio mapa. Al cruzar las puertas, un calor inédito sube desde sus pies al rozar las túnicas contra los muslos. En los altares contemplan la verdadera geometría del culto: vulvas esculpidas en forma de flores carnales. Son orquídeas de terciopelo nocturno cuyos labios de seda resguardan el secreto del mundo. En el centro de esa floración sagrada, coronando el abismo, se alza el clítoris como un brote de coral encendido; una perla de fuego donde se anuda el placer del universo.
En esta ciudad el tiempo se mide por temblores. Las noches son celebraciones del estremecimiento donde los cuerpos conocen la marea alta de su propio ser. Nadie habla de posesión, sino de epifanía. El orgasmo viaja de azotea en azotea como un coro de suspiros que asciende hacia las estrellas, liberando la carne de siglos de penumbra.
Al amanecer, las peregrinas parten de regreso. Caminan erguidas, con una sonrisa secreta, sabiendo que sus cuerpos son templos y que ellas son sus propias diosas.
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