Hoy es uno de esos días en los que solo quería sentirme plena. No esperaba grandes cosas, solo sentirme bien conmigo misma y detenerme, aunque fuera por un instante, a contemplar todo aquello que la vida nos regala en silencio.
Siempre he pensado que la naturaleza tiene una forma muy particular de abrazar. Amo conocer lugares donde los árboles parecen tocar el cielo, caminar por senderos interminables, escuchar el canto de las aves o simplemente quedarme observando cómo el viento mueve las hojas. Me gustan los ríos, pero el mar… el mar es distinto. Hay algo en él que siempre logra hacerme sentir en casa.
Podría pasar horas sentada frente a las olas, viendo cómo vienen y van sin prisa. Mirando el cielo cambiar de color, observando a las personas pasar e imaginando las historias que llevan consigo. Podría leer durante toda una tarde hasta que el sol comenzara a esconderse y el atardecer anunciara el final del día. Nunca me ha aburrido el silencio cuando estoy frente al mar; al contrario, es uno de los pocos lugares donde mi mente logra descansar.
Quizá por eso últimamente pienso tanto en esos momentos. Porque hace más de seis meses mi vida dejó de parecerse a la de antes. Desde entonces he vivido entre clínicas, especialistas, exámenes y salas de espera. Mi rutina ya no gira alrededor de los planes que quiero cumplir, sino de citas médicas, resultados pendientes y preguntas que nadie ha logrado responder. Algunos hablan de un posible problema genético, otros creen que podría tratarse de algo neurológico. Pero la verdad sigue sin tener un nombre, y la incertidumbre termina siendo tan pesada como cualquier diagnóstico.
Hay días en los que el dolor de cabeza es tan intenso que siento cómo mi presión aumenta, hasta el punto de hacerme llorar o dejarme acostada durante horas. Otros llegan acompañados de mareos, vómitos, desmayos y un cansancio que parece no darle espacio al cuerpo para recuperarse. Perdí el apetito sin siquiera darme cuenta, y muchas veces me obligo a levantarme de la cama para convencerme de que todavía puedo con la vida, aunque mi cuerpo insista en decirme lo contrario.
Pero nada de eso me asusta tanto como lo que está ocurriendo con mi memoria.
Mi mente, poco a poco, comenzó a olvidar pequeñas cosas. Conversaciones enteras desaparecen minutos después de haber ocurrido. Hay momentos en los que me siento completamente desorientada, como si mi propia vida dejara de resultarme familiar. En dos ocasiones salí de casa y olvidé cómo regresar. Caminé durante un largo rato intentando reconocer calles que siempre habían estado ahí, mientras las lágrimas se mezclaban con la desesperación de no saber dónde estaba ni cómo volver. Desde entonces, salir sola también se convirtió en un miedo.
No creo que mi mayor temor sea recibir un diagnóstico difícil. Lo que realmente me aterra es dejar de reconocer a las personas que amo, olvidar los lugares donde fui feliz, perder las historias que me trajeron hasta aquí o despertar un día sin saber quién soy. Hay recuerdos que construyen una vida entera, y pensar que puedan desaparecer es una de las ideas más dolorosas con las que he tenido que convivir.
Muchas veces he decidido atravesar todo esto en silencio. Voy sola a la mayoría de mis citas porque me cuesta aceptar que quienes amo me vean vulnerable. No quiero preocuparlos, aunque, siendo sincera, hay días en los que desearía no tener que cargar con todo esto sola. Hay momentos en los que uno no necesita respuestas; solo necesita una mano que le recuerde que, pase lo que pase, no tiene que enfrentar el miedo sin compañía.
Por eso escribo.
Escribo porque tengo miedo de olvidar. Porque las palabras conservan aquello que la memoria, a veces, decide llevarse sin pedir permiso. Escribo para que, si algún día dejo de recordar quién fui, esto que escribo puedan hacerlo por mí. Para que alguien pueda decirme cuánto amaba el mar, cuánto disfrutaba caminar entre árboles, cuánto me emocionaba descubrir un lugar nuevo o sentarme durante horas a contemplar un atardecer.
Y si algún día no logran encontrarme porque mi memoria volvió a perder el rumbo, búsquenme donde alguna vez fui feliz. En un sendero rodeado de árboles, junto a un río o frente al mar. Tengo la esperanza de que, incluso si mi mente olvida el camino de regreso a casa, mi corazón todavía sea capaz de recordar aquellos lugares donde siempre encontró paz.
Por eso ya no quiero limitarme a solo pasar por la vida; quiero vivirla de verdad. Quiero aprovechar cada oportunidad que tenga para conocer nuevos lugares, descubrir paisajes que nunca he visto, escuchar historias distintas a la mía y permitirme coincidir con personas que lleguen para enseñarme algo, aunque sea por un instante.
Quiero hacer todo aquello que hace feliz a mi corazón: caminar sin prisa, cocinar para quienes quiero, contemplar un atardecer, perderme entre la naturaleza, viajar cuando pueda y crear recuerdos que algún día me hagan sonreír al volver la vista atrás.
Y, sobre todo, quiero que nada de eso cambie la esencia de quien soy. Quiero seguir caminando con la misma calidez, con el deseo de hacer sentir bien a quienes me rodean, con la capacidad de escuchar, de cuidar y de seguir creyendo que siempre vale la pena abrirle la puerta a las personas que quieran ser parte de mi vida.
Al final, si algún día alguien me recuerda, espero que no sea por lo que tuve, sino por la forma en que hice sentir a quienes compartieron un pedacito de su vida conmigo. Porque creo que esa es la huella más bonita que una persona puede dejar.
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