LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 2 El Llamado Divino 2

LOS MÍSTICOS, novela – Primera parte, 2 El Llamado Divino 2

II. Parte 4 – El castillo interior

Cuando por fin hube llegado a la cima de aquella colina misteriosa, comprobé que efectivamente se trataba de un pequeño castillo… medieval, parecía salido de un cuento de hadas o de una película…, muy raro de existir en esta zona pues nunca había escuchado de su existencia, y tal vez me lo hubiera dicho doña Flora, pero no… El frontis tenía un gran portón con su pequeña puerta cerrada que parecía no haberse movido en mucho tiempo… La vegetación estaba creciendo silvestremente, escalando y adornando aquellas altas murallas…; enredaderas de flores coloridas decoraban el contorno de aquella majestuosa entrada…

Desde la cima observé con mucha satisfacción el largo camino recorrido, pese a la terrible aparición del más ruin de todos los seres, Maléficus, el patriarca de todos los demonios, que por un momento yo lo había asociado con aquel desafiante Minotauro que estaba esperándome en el centro de este espantoso laberinto. Luego, contorneé el pequeño castillo buscando otra entrada, pero no había…, parecía abandonado, aunque sus pequeñas ventanas del segundo piso estaban abiertas, y del interior se escuchaba venir el sonido del correr del agua de una fuente…, entre unos cánticos angelicales…, era el majestuoso Ave María de Franz Peter Schubert (Viena, 1797-1828)… Continué circunvalando el edificio rectangular amurallado, obvervando que todas sus paredes estaban cubiertas de vegetación…; apenas yo podía tocar sus piedras milenarias que habrían contemplado a miles de viajeros que por allí habrían pasado… Las enredaderas trepaban los muros y brotaban en miles y miles de hojas y flores, sustentando a aquellos pájaros cantores que jugaban con el viento y los rayos del sol, revoloteando entre los árboles frutales y las almenas respingadas… ¡Qué dicha! ¡Qué fortuna!, era alucinante ver cómo aquella pequeña joya de arquitectura tenía vida propia… ¿Qué habrá adentro?…, me preguntaba ingenuamente, porque no me atrevía a adivinar siquiera… Mas, también fue alucinante descubrir que esa joya de arquitectura, tenía un riachuelo de aguas claras como vecino…

Entonces me senté sobre la grama cruzando las piernas, frente a una de sus fachadas laterales que eran un poco más largas que los frontis, y me dispuse a dibujarla y pintarla con mis pasteles. Mas, a este dibujo le agregué en pleno centro de esa fachada, una puerta escondida entre las hojas y flores de las enredaderas…, una puerta pequeña, estrecha y entreabierta…, como invitando a entrar o esperando el ingreso de alguien… De pronto, fijé mi mirada en el centro de la fachada real y para total asombro mío, allí estaba la puerta escondida que acababa de dibujar… en esa misma fachada real…; originándose en mí la terrible duda de, si esa puerta estuvo allí siempre y no me había dado cuenta y yo la había dibujado; o si yo la dibujé primero en mi cuaderno y luego se había materializado en esa fachada que tenía ante mis ojos…, duda que después pude disipar… Me levanté de inmediato y me dirigí a aquella puerta que se escondía entre las ramadas de una vistosa buganvilla color cíclame…, el color preferido de mi madre… Por supuesto que la abrí muy lentamente…, no hubo ruido… e ingresé con un poco de temor, lo confieso; aunque después de haber visto al mismísimo demonio del patriarcado, no creo que exista peor temor que ese que él inspira… Había ingresado a un pequeño vestíbulo apenas iluminado por la luz de la puerta, donde había un torno de madera, de esos que hay en los conventos de clausura, con sus respectivas bancas frente a ellos… Sorprendida, descargué mi mochila y me senté en la única banca que allí había, observando el pequeño panorama…, muda de asombro…, sumamente maravillada por este inesperado encuentro místico; porque sí, sí era un encuentro místico…, aquel torno me estaba diciendo que yo había llegado a un convento, a un monasterio…, y quien sabe si de monjas o monjes…

Aleph no quería que lo ponga en el suelo, seguía cómodo en mi alforja sobre mis piernas… Pero de repente empezó a ladrar, como si hubiera sentido un movimiento al otro lado del torno, y desde mis piernas saltó el muy valiente sobre el torno y este se movió…, como crujiendo sus dientes; y yo lo ayudé para que el pequeño bicho fuera a dar al otro lado del torno, lo sentí saltar y salir de ese espacio, corriendo y ladrando hasta que dejó de ladrar. Me quedé un poco preocupada y no, al mismo tiempo, confiada en que Aleph sabía lo que hacía… Al cabo de un buen rato, sentí venir a algunas personas al otro lado del torno y a Aleph que gruñía de alegría…

¡Ave María Purísimaaa! –dijo cantando una voz suave desde el interior del aposento…
¡Monjas!…
grité para mis adentros con la mayor de mis sorpresas… ¡Ooh, diosas y dioses! ¡No lo podía creer! ¡No había duda que yo había llegado a un convento de monjas! ¡Qué increíble!
¡Ave María Purísimaaa! –insistió otra cálida voz, y yo torpe, apenas respondí tímidamente:
–¡Hola, holaaa! –y las monjas rieron festivas…, pusieron a Aleph en el torno y me lo devolvieron. Entonces, me presenté– Mi nombre es Mara y mi perro es Aleph –les dije.
–¡Cristo y la Virgen te bendigan y protejan! –me repondieron al unísono las monjas– Nosotras somos: Sor Ana, Sor Juana y Sor Teresa, quien te habla.
–¡Qué gusto me da saludarlas! ¡Muchas gracias!… Me encantaría mucho conocer el interior de su convento, ¿es posible?, ¿me lo permiten? –les pregunté con la mayor de mis esperanzas; mas, una de ellas me derrumbó de inmediato:
–No, no es posible, este es un convento de clausura. Lo sentimos.
–¡Ooh! –exclamé con verdadero desaliento, comprendiendo que así son los conventos de clausura, no permiten el acceso de nadie, a menos que uno tenga esa vocación mística… y esa vocación mística, precisamente, yo ya no la tenía; la había tenido de niña, sí… pero después no… Porque fue el dolor más amargo de todos, el abandono de mi padre, el que me apartó de toda oración, de toda fe…; empecé a sentir que Dios ni Diosa ni Divinidad Suprema realmente existían, no podía ser que existiesen y pudiesen permitir tanto dolor y sufrimiento en nuestra familia (aunque por otro lado también éramos felices)… Yo sufría mucho, no solo por mí y mis herman@s, sino sobre todo por mi madre…, ¿qué la había hecho merecedora de tanto infortunio?… ¡Mi padre nos había abandonado! ¡Nos había destrozado! ¡Había fracturado nuestra familia y nos había dejado a la deriva!… Fue por eso y por mi rabia y dolor, que, en mi corazón, ese Cristo que tanto había adorado de niña empezó a marchitarse y a agonizar…, y me fui quedando sin nada…; pues ese Cristo y mi familia habían sido todo para mí, mi punto de referencia, mi axis mundi…, mi hogar, mi nido… Y me fui quedando sumida en la frialdad del vacío, sin ningún hito ni consuelo…, y mi madre y mis herman@s también, así lo sentía yo… Fue un shock para todos y creo que todos quedamos traumados por eso…, tan efímero y mortal; pero sobrevivimos… y nos hicimos rescilientes… por el amor de mi madre…

Todo eso, más el ateísmo que siempre había profesado mi padre, el de los Toños, el de mis otros amigos de barrio y de la universidad, y también el de mis efímeros amantes; hizo que finalmente yo me declarara atea y enterrara aquel sentimiento infantil…

Además, yo no había sentido que la Divinidad Suprema del corazón fuese enteramente masculino, tal como lo había instaurado esta civilización patriarcal; sino que la Divinidad Suprema también era femenina, era una pareja…, como en India; englobando ambos principios, masculino y femenino, de igual a igual. Y aunque la mística patriarcal cristiana católica había terminado aceptando a la Diosa, aun solo en la forma de Madre y Virgen…, yo tampoco estaba de acuerdo con esa única forma en que la habían limitado, moldeado, oficializado para ser el único modelo de mujer a seguir por las mujeres, la de madre y virgen, para continuar asegurando su hegemonía masculina…; sin aceptar que una mujer también es sexual, intelectual, creativa, guerrera, apasionada, amante, mística… De ese modo, mi vocación mística me había orientado hacia una divinidad más completa, que lo englobara todo…, una Divinidad Suprema que fuese Diosa y Dios al mismo tiempo, como un andrógino (Abraxas) o una pareja (Pachamama y Hanacpacha), iguales y diferentes, simultáneamente… Pero ahora, mi vocación mística me orientaba solo a la sabiduría… o al conocimiento divino… o a la verdad absoluta de todo; no a ninguna personalidad… De pronto, las monjas me sorprendieron cuando decidieron retirarse.

–Que la paz sea contigo –me dijeron, y en vista que ya se iban, les pregunté con el mejor de mis sentimientos…
–¿Puedo quedarme a descansar aquí…?
–¡Claro! –respondió una de ellas con efusividad.
–¡Puedes quedarte todo el tiempo que quieras! –respondió otra y todas juntas se rieron como si hubieran dicho una broma, y se fueron muy contentas…

Me quedé en aquel recinto reflexionando en este increíble encuentro místico y en aquella otra extraña ley de causa y efecto, o del karma como la llaman Los Vedas…, en que nada es casualidad…, todo acto tiene sus consecuencias o repercusión… Entonces, ¿qué habría hecho yo como para llegar a este misterioso convento?, esa era la pregunta…, ¿y la respuesta?… De repente me sentí como aquel campesino del cuento Ante la ley, del escritor checo Franz Kafka (1883-1924), que espera toda su vida ante esa puerta de la ley esperando que su guardián lo deje entrar; y especulé si haría bien en quedarme así también, insistiendo que me dejen entrar para conocer el interior de ese enigmático convento. Puse a Aleph en el piso y di rienda suelta a mis pensamientos y recuerdos que fluían de un lado a otro sin parar…, hasta que súbitamente, como por arte de magia, retrocedí en el tiempo y me encontré en Arequipa, en ese preciso momento en que estaba luchando conmigo misma, para seguir o no seguir este misterioso llamado del corazón que es el mismo llamado del mar, el llamado divino del mundo interior,
la vocación mística
de encontrarse a sí mism@ y a la verdad absoluta…

Ahora estoy comprendiendo con mucho dolor que el camino recorrido con mi madre y mis herman@s se ha bifurcado por primera vez en mi vida, y yo… debo elegir…, debo terminar con este desaliento que me consume de no saber qué hacer cuando termine mi carrera. La misión de estudiar, trabajar, casarme, tener hijos, educarlos, cuidar de ellos, luego de nuestros padres; y después, enfermarse, envejecer y morir…, no me atrae, no me colma, no es para mí…; entonces, ¿qué es para mí?… ¡No lo sé!… Solo sé que quiero irme…, tengo que irme… ¿Seré capaz de abandonar a mi madre y a mis herman@s a quienes amo tanto?… Podría vivir aquí en este mundo heredado de mi madre, aún sin estar de acuerdo con ella ni con nadie ni con nada, sé que debería ayudarla a sostener la casa, pero más fuerte es este llamado que destroza mi razón y me obliga a partir, a tomar este otro sendero, aún sin saber a dónde me llevará exactamente y cómo… Solo sé que quiero partir, que ha llegado el momento de partir… Llevo semanas, meses anhelando culminar mi carrera para poder partir…, huir…, huir al mar… Pero, qué difícil es cuando en las noches me devora el temor de que mi madre se hunda en la tristeza y el mundo me señale… ¿Por qué ha de ser difícil caminar descalzos, respirar aire puro, beber el agua fresca de los ríos?… ¿No es acaso un derecho propio elegir nuestro destino?…

Luego me encontré caminando por las calles de mi vieja ciudad de Arequipa, recordando aquellos conventos o monasterios que había tenido la gran fortuna de conocer, como el famoso monasterio de Santa Catalina que es una pequeña ciudad dentro de una gran ciudad, o el convento de San Francisco, ambos, patrimonios de la humanidad; y que, además, albergan hoy en día nuevos monasterios. También están los Claustros de la Compañía y el convento San Agustín que ahora es propiedad de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA), donde tuve el privilegio de estudiar (provisionalmente) los dos primeros años de mi facultad en un ambiente místico de ensueño, con mis alucinaciones de haber sido monja en alguna de mis anteriores vidas, sintiendo la seguridad y realidad de la reencarnación… Mientras estaban construyendo los pabellones definitivos en la ciudad universitaria de la avenida Venezuela, a donde finalmente se trasladó nuestra Facultad de Arquitectura y Urbanismo.

Me encontré recordando, sobre todo, sus espacios interiores…, imaginando que así también era, con toda seguridad, el interior de este misterioso castillo…, como aquellos claustros llenos de recogimiento… que invitan a la reflexión, introspección, oración, meditación, contemplación, adoración y devoción… por nuestra Divinidad Suprema personal.

De pronto, Aleph se paró frente al torno como si hubiera sentido cerca aquellas presencias conocidas, y me pidió con la mirada que lo subiera a ese torno y así lo hice; muy divertida de lo que pensarían aquellas monjas, que quizá habíamos empezado un agraciado juego con el perro como mensajero… Sí, esta vez, apenas viniesen a entregarme a Aleph yo les preguntaría de qué congregación son, de dónde son, cuántas son… Cómo es su vida allí adentro, cómo es su proceso, cómo son sus oraciones y…, un saludo cálido interrumpió mis pensamientos…

¡Ave María Purísimaaa! –y yo le respondí como si se tratase de un santo y seña:
Sin pecado concebida –recordando apenas lo aprendido en el colegio, y antes de que dijeran algo más, les pregunté– ¿De qué congregación son, por favor?
–Somos
carmelitas descalzas
–respondieron muy contentas y yo quedé muy soprendida y fascinada, repitiéndome para mis adentros… ¡Carmelitas descalzas! ¡Oh, diosas y dioses!… Esta era otra mística señal para mí, una verdadera novedad, pues nunca había escuchado de ellas por estos inóspitos lares… Y exclamé en voz alta:
–¡Carmelitas descalzas! ¿La orden fundada por Santa Teresa de Jesús (española, 1515-1582)?
–Esa misma –respondió una de las monjitas muy satisfecha, y yo proseguí:
–Ustedes buscan la unión con Jesús o el amor por él, ¿verdad?
–Sí, ese es nuestro objetivo primordial –respondió una de ellas. Y en vista que yo había mostrado cierto interés agudo por ese tema místico, las monjas resolvieron que una de ellas, Sor Teresa, se quedase conmigo, para responder alguna otra pregunta interesante que surgiese de mi curiosidad; pero, sobre todo, para predicarme su doctrina; tal vez ese camino suyo fuese el mío también, puesto que el destino me había llevado hacia ellas. Las demás se despidieron.
–Jesús y la Virgen te guarden –me dijeron y se fueron.
–Nunca he comprendido cómo es ese amor o esa unión mística o divina, o cómo se lleva a cabo –le dije a Sor Teresa– ¿Es un abrazo eterno o uno se hace uno con él?
–Depende como uno lo sienta, hay muchos pensamientos al respecto y todos son válidos porque a la Divinidad Suprema no se la puede encasillar o limitar a una sola forma. La Divinidad o Persona Suprema se manifiesta de infinitas formas, una forma para cada ser humano…, por eso es, finalmente, una divinidad personal… Pero aquí, nosotras nos identificamos con la forma de Jesús y María, el hijo y su madre; y alcanzamos el amor divino amando a Jesús o a ella, ¿comprendes?
–Sí, comprendo –le respondí, comprendiendo efectivamente que, tratándose de una divinidad superior no podría limitársele de ninguna manera. Me gustó mucho ese concepto y también que se le considerase personal –una forma para cada ser humano–; pero sobre todo me gustó el que se refiriese a la Divinidad Suprema como la “Persona Suprema”, y no a “Dios” como suele hacerlo la mística cristiana patriarcal–. Pero, ¿cómo se da ese amor o esa unión mística? –le pregunté nuevamente.
–¿De veras quieres saberlo? –me preguntó ella casi amonestándome.
–Por pupuesto que sí –le aseguré-, verdaderamente estoy muy interesada en saberlo porque de niña me atrajo mucho este camino, aunque después ya no y ahora…, no sé; creo que ahora, solo me interesa encontrarme a mí misma y a la verdad absoluta –le dije con mi corazón abierto.
–¡Pero si la verdad absoluta es la misma Divinidad Suprema del corazón! Ella es la sabiduría divina, otra de sus manifestaciones –dijo Sor Teresa muy satisfecha y yo quedé nuevamente muy sorprendida ante esta fresca e inesperada novedad–. No hay duda de que estás buscando a tu Divinidad Suprema personal o el camino para llegar a ella –continúo Sor Teresa–, y ya te estás dando cuenta que no está en el mundo de afuera, ¿cierto?…; porque de otro modo no habrías abandonado ese mundo. Ese sentimiento de abandonarlo todo en busca de encontrarse a sí mismo y a la verdad absoluta es el comienzo de la vocación mística; después, hay que tratar saber todo acerca de esta Divinidad Suprema o Ser Superior, porque ella es quien nos llama para establecer una relación amorosa con ella o él o ellos; cómo es, dónde está, qué hace… ¿Sabes tú dónde está este Ser Superior o Persona Suprema?
–Los místicos dicen que se encuentra en el interior del corazón.
–¡Exacto! –respondió ella nuevamente satisfecha de mi respuesta– Y Santa Teresa de Ávila, nuestra guía mística, compara el interior de nuestro corazón con el interior de este castillo.
–¡Ooh, diosas y dioses! –exclamé estupefacta casi como para mí misma– ¿Cómo ha podido hacerse realidad esta alegoría de Santa Teresa de Jesús, que tantas veces me explicó mi querida madre en mi infancia?… Pero no comprendo cómo la Persona Suprema puede estar en el interior de nuestro corazón y cómo se puede llegar a ella, o cómo percibirla si podemos percibirla…
–Por supuesto que uno puede percibirla, de eso trata el camino místico… Si realmente quieres saber y vivir esta experiencia mística o espiritual, debes seguir el maravilloso mapa de las siete moradas del castillo interior que nos dejó nuestra venerable Santa Teresa de Jesús. Si escuchando y comprendiendo este gran viaje espiritual del alma hacia el encuentro con su Divinidad Suprema personal, sientes que ese es tu llamado, entonces ingresarías a nuestro convento, de lo contrario, podrás continuar tu camino; quien sabe si más adelante estés más preparada para ingresar a él.

Entonces, Sor Teresa me reveló que Santa Teresa de Jesús compara nuestra alma o verdadero yo con un castillo de diamantes donde hay muchos aposentos, así como hay muchas moradas en el cielo. También lo compara como un palmito de muchas coberturas. El alma es el hogar de la Divinidad Suprema –dijo–, ella mora allí, en pleno centro; y para llegar a ese centro del alma, el alma debe entrar en sí misma y pasar a través de sí misma siguiendo un camino de perfección, que progresa por siete grados de interiorización e intensidad en nuestra relación con la Persona Suprema o Divinidad Suprema. Estos grados son las siete moradas del cas­tillo interior o siete fases del proceso espiritual, que corresponden a renuncias progresivas del alma para que su amor por su Divinidad Suprema personal se vuelva infinitamente puro. Las tres primeras moradas corresponden a la práctica ascética, que son el pórtico de entrada a la vida espiritual y el fundamento de las demás; y las tres últimas moradas corresponden a la actividad contemplativa, siendo las cuartas moradas una transición a estas últimas. De esta manera, hemos de franquear las primeras moradas, con la decisión de buscar a nuestra Divinidad Suprema personal dentro de nosotros, apoyándonos en ella misma, pues ella es quien nos hace pasar de una morada a otra, cuando quiere y de la forma que quiere. En la última de estas moradas el alma encuentra a su Divinidad Suprema, que con sus gracias le infunde valor en todo su ca­mino y la renueva, la trans­forma y prepara para los deleites de la unión, del amor divino…, el éxtasis supremo.
Y así vamos comprendiendo que no hay peor miseria ni mayor sufrimiento para el alma, que vivir sin nuestra Divinidad Suprema o desconectados de ella, incluso la de imaginar que podemos hacer el bien sin ella, ya que somos sus partes o porciones.

Respecto a las primeras moradas, Santa Teresa de Jesús dice que la oración acompañada de meditación es la puerta del castillo y el camino a recorrer del alma peregrina, es la condición indispensable para poder entrar, es el nervio de la vida religiosa para iniciar nuestra relación personal con la Divinidad Suprema y conocernos en relación con ella. La oración es el puente por el cual la Divinidad Suprema se relaciona con nosotros. A solas y en silencio rezamos, con los labios y el corazón, el Credo, el Rosario, la Gloria… Al comienzo no es fácil porque uno está envuelto en muchas ocupaciones y no tiene espacios de sosiego, estamos llenos de ruidos y obstáculos; mas, no debemos frustrarnos por esto, debemos seguir adelante con determinación, fe y entusiasmo, tratando de entrar en el castillo, en nosotros mismos; huyendo de las afueras y de la vida superficial para recuperar progresivamente nuestra sensibilidad espiritual, esta es nuestra conversión”. Mientras uno ore con más sinceridad –continuó Sor Teresa casi suspirando–, más comprenderá los designios de este Ser Superior y atraerá su gracia, sin la cual no se puede hacer ningún avance. Una vez que la Divinidad Suprema es atraída por la sinceridad de acercarse a ella, ella hará el resto. Con los ojos fijos en Cristo, de quien aprendemos la humildad, el caminante peregrino ingresa en las prime­ras moradas.

Hasta aquí ha sido todo por hoy –me dijo Sor Teresa dispuesta a irse y dejarme con mi perro–, te dejo con tus deliberaciones sobre este tema que acabamos de tratar. Mañana volveré a esta misma hora para responder a alguna pregunta o duda que te haya surgido en este espacio de reflexión; y si estás dispuesta podremos continuar con las segundas moradas. Todo dependerá de ti –y yo acepté… a ojo cerrado, me habían impresionado mucho esas primeras moradas… ¡Total!, yo podía irme cuando quisiera.

Así fue que me quedé en aquel extraño aposento durante siete días y siete noches, para escuchar sobre las siete moradas del castillo interior de la bendita mística Santa Teresa de Jesús…, una morada por día… No dudé en quedarme, realmente, yo me encontraba maravillada de escuchar tal revelación, quizá, inmerecida para mí…; lo único que podía hacer en señal de agradecimiento, era escuchar atentamente y tomar nota de las más dulces explicaciones de Sor Teresa…, que eran la ambrosía misma que satisface el solitario corazón. Además, aquellas monjas místicas no solo me habían robado la mente y el corazón sino también el estómago ayunador, al convidarme un alimento frugal al día, hecho de arroz, vegetales y especias, más un vaso de leche de vaca pura con galletitas y panecillos…; todo venido del mismo cielo… Incluso, las monjitas me habían pasado, a través del torno, un par de cartones para resguardarme del frío durante las noches. Y, por último, hasta mi limpieza corporal estaba resuelta al contar con ese frenético riachuelo, que pasaba todo orondo y cantarino muy cerca del castillo…

Segundas moradas: Con la perseverancia en la oración, el peregrino ingresa a las segundas moradas donde ha de luchar para continuar y permanecer en el camino elegido, combatiendo los impedimentos que se presentan, tanto dentro como fuera de sí mismo. En esta morada uno todavía no está fuerte para dejar las ocasiones de distracción o pecado, aunque tiene buenos deseos; por ello, es necesario confirmar dicha determinación y fidelidad en la oración; para ello uno puede ayudarse profundizando y meditando en los evangelios y otras escrituras reveladas. Se nos exige una lucha sostenida y persistente para ir más adentro porque suelen ser muy frecuentes los vaivenes, avances y retrocesos que nos alejan de la vida espiritual e incluso nos sacan del castillo. Por eso, Santa Teresa de Jesús denomina a esta morada la del combate espiritual”, que puede tomar muchos días y años, en especial cuando se ve la perseverancia... Estas moradas conciernen a la purificación de nuestra relación con el mundo, el arma utilizada para triunfar aquí es la fé en Cristo y la confianza de que él vendrá a liberarnos.

Terceras Moradas: Aquí culmina el esfuerzo ascético, pues uno logra estabilidad en la oración y en la vida espiritual, aun cuando sobrevienen la aridez y la impotencia como estados de prueba. Uno se somete a las pruebas del amor siendo humilde y sumiso al plan divino, y en la medida de su oración y anhelo por llegar al centro de su ser, irá interiorizándose, y las sombras de su interior irán desvaneciéndose desterradas por el conocimiento divino. Es imposible avanzar en este camino espiritual sin que esta virtud de la humildad esté bien consolidada, porque es el cimiento del edificio de la vida espiritual, por ello es preciso hacer un profundo examen de conciencia contemplando nuestra grandeza y nuestra miseria, para caminar en la verdad; así, el caminante peregrino irá conociendo un poco más ese misterio de la Divinidad Suprema revelado en Jesús…, meditando en su pasión.

Cuartas moradas: Comienza la oración de quietud o de más recogimiento, donde llueven los favores o gustos de la Divinidad Suprema, que encienden en el alma del peregrino el fuego de la ver­dadera caridad y la llevan a paladear su dulzura. Uno comienza a ser recompensado en su esfuerzo de las tres moradas anteriores, preparándose para entregar el yo/ego. Cada vez más, uno comprende que valía la pena asumir el reto de ir hacia el centro del alma. Hay alivio en las tensiones del diario vivir…, paz y silencio surgen de nuestra fuente interior. Los caminantes han dejado las máscaras y se han hecho humildes. A los que se han acostumbrado a meditar en los evangelios, Cristo los invita a recogerse en su intimidad. El peregrino se ha dispuesto a dejar que sea Cristo quien ordene su vida, ha superado el deseo de controlarlo todo, se deja guiar, se deja amar. Para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; pero, el amor no solo es sentimiento y emoción, sino también determinación y obras. Es un período de transición, es el paso a la experiencia mística, aunque intermitente.

Quintas moradas: Comienza la unión mística o unión con la Divinidad Suprema que culminará en las séptimas moradas. Uno ha transitado un camino de conversión serio y profundo, renunciando al egoísmo, al viejo yo (yo/ego), y se ofrecerá a la Divinidad Suprema de su corazón renunciando totalmente a sí mismo para po­nerse en sus manos. Uno se abandona a la voluntad divina, aprende cuál es la voluntad del Ser Supremo en su vida, y a ser causa de amor para quienes le rodean. La eucaristía es su alimento, pero sobre todo la imitación de Cristo, en el acto de ofrecerse a él y a la humanidad. Acá, solo estas dos cosas nos pide el Supremo: Amor a su Majestad y al prójimo, es en lo que debemos trabajar. Nos estamos acercando a las séptimas moradas, donde habita el Rey. Muere el gusano de seda y renace el alma en Cristo. Morir para renacer o morir para vivir…, oración de unión. El orante teje su capullo de oración y se encierra en él, con la confianza de que Cristo es quien le permitirá volar hacia él como una bella mariposa. Es comenzar a gozar del cielo en la tierra.

Sextas moradas: El peregrino ha renunciado a su propia voluntad para dar paso a la voluntad divina, ha unido su voluntad con la de la Divinidad Suprema comprendiendo que ella es la dueña de todo y todo lo controla, y ahora está en condiciones de recibir, de la Divinidad Suprema, todo tipo de gracias sobrenaturales. Es el caminante nuevo con grandes deseos de seguir amando a quien le miró, le enamoró y le dio alas para volar. La última habitación de estas moradas de las que habla Santa Teresa, es la ausencia de Cristo, es una gracia difícil de entender; Cristo lleva al orante a ver todo el sufrimiento y dolor del mundo, es “la noche oscura del alma” y el dolor de que Cristo está ausente. El peregrino aprenderá a tener compasión por todos los que sufren, y estará preparado para unirse totalmente con la Divinidad Suprema del corazón, aquí ambos se hacen una promesa de matrimonio. Es el crisol del amor, período extático, Cristo presente. Brotan sentimientos de ausencia y presencia de Cristo. La unión es cada vez más intensa.

Séptimas moradas: Finalmente, uno llega al lugar donde habita la Divinidad Suprema del corazón que es el centro del alma, nuestro auténtico yo. Es el compromiso con la divinidad a través de la contemplación que culmina en el matrimonio espiritual o místico, unión con Cristo, unión plena, transverberación, culminando su transformación… Y sellando definitivamente, entre los esplendores de la eterna sabiduría, la amistad entre el alma y la Trinidad (aquí se comunican las tres personas divinas: Madre, Padre e hijo), especialmente con Cristo… Ya no vivo yo sino Cristo es quien vive en mí. Es la quinta esencia de la santidad. Aquí ocurre el ingreso a lo más íntimo del alma donde habita su Majestad, y el alma se hace una con ella sin perder su individualidad e identidad, es lo que algunos maestros llaman deificación”, con sus grandes efectos que produce: paz interior, desapego de todo para estar a solas con él, entrega total de la vida a Cristo, amor divino, éxtasis supremo. Uno se vuelve esclavo de quien lo compró con su sangre para salvar a la humanidad. Ahora vive en el centro del castillo, en la cálida presencia de la Divinidad Suprema. Las últimas moradas son unificadas y en estrecha conjunción con el centro del alma o abertura del espíritu a lo trascendente.

Este es el camino que recorren los místicos o caminantes peregrinos –dijo Sor Teresa, finalmente–. En resumen, hay que comprender primero que uno está habitado por la misma Divinidad Suprema, que este Ser Superior está dentro de uno, vive en uno, está presente en uno y uno irá en su búsqueda, y que esta Persona Suprema es nuestro punto de arribo. Luego, uno ha de conocer a su Divinidad Suprema personal a través de la oración, de las escrituras reveladas y escuchando de ella a través de personas místicas que ya la conocen, para establecer una relación de servicio, de amistad y amor con ella, con nuestra divinidad personal; así, uno irá conociéndola cada vez más hasta enamorarse de ella…, hasta llegar a la unión mística con ella o hacerse uno con él o ella. Cada uno caminará según sus necesidades y buscará de la mano de su Divinidad Suprema, una vida digna de alcanzar a través de sus moradas, este es el matrimonio espiritual con el Amado y/o Amada, este es el fin o meta suprema del alma peregrina de todo místico…, esta es su autorrealización final. Ahora tú, mi apacible caminante, solo tienes que descubrir si es Jesús o la Virgen María…, o ambos…, la forma de la Divinidad Suprema que está destinada para ti.

¡Oh, diosas y dioses!, yo me encontraba sumamente admirada y agradecida por todo lo que me había revelado Sor Teresa…, sintiéndome al mismo tiempo inmerecida por tal misericordia, porque no me cabía ninguna duda que sus revelaciones eran para un alma avanzada en el camino espiritual, y que tenía a Jesús como su Divinidad Suprema personal. En cambio, yo…, yo todavía estaba en pañales…, yo no era más un pobre gusano paria sin patria ni hogar…, que seguía arrastrándose por el suelo…; y lo más triste aún, yo no tenía ninguna Divinidad Suprema personal a quien orar… Sin embargo, tales explicaciones de Sor Teresa me habían hecho mella, podía reconocerlas; aunque otras habían quedado en el tintero, como, por ejemplo, qué es realmente el alma, cómo es… Aunque yo misma sintiese que el alma era mi otro yo, mi verdadero yo, no sabía exactamente qué era o cómo era… y no podía sentirla…, ni describirla, ese era el hecho; y menos podía sentir cómo era Jesús o cualquier otra forma de la Divinidad Suprema, ni cómo era su hogar, su dulce hogar eterno… Y si bien, Sor Teresa me aconsejó orar mucho para iniciar mi camino espiritual, no lo sentía posible porque tales oraciones del catecismo no me sabían a nada…, me sentía árida…, mi corazón estaba árido, seco…, no sentía tener ninguna conexión con Jesús…, aunque a veces sí con la Virgen María porque era la divinidad personal de mi querida madre, nada más.

Luego de siete días de tan hermosas enseñanzas, tuve que despedirme de aquellas maravillosas místicas que me habían aclarado la mente y el corazón, en cuanto a su proceso o camino espiritual de autorrealización, agradeciéndoles desde lo más profundo de mi corazón… Ellas me bendijeron con sus oraciones…, y yo bajé casi corriendo a la carretera…, plenamente libre…, inundada de una nueva fe y esperanza de que algún día yo también encontraría mi propia Divinidad Suprema o verdad absoluta y mi propio proceso de autorrealización…; y me encontraría con ella… cara a cara y sin temor…

Aleph también venía corriendo detrás mío, ladrando de rato en rato… Luego, en la carretera, a medida que yo iba caminando se me iban borrando poco a poco los territorios de ese maravilloso mapa y su gran tesoro, que Sor Teresa había tenido la caridad de compartírmelo…; pues mi mente inquieta fue enfocándose de nuevo en la carretera con su paisaje rocoso, singular y agreste…; y todo se fue pasando…, desvaneciendo…, como si hubiera sido un dulce sueño… paradisíaco… Ahora, tenía que enfocarme más en el presente, estar atenta…, alerta…, pues empezaron a pasar cada vez más y más vehículos…

II. Parte 5 – La arcadia limeña

No tuve que esperar mucho para que apareciera un camión con un gran letrero sobre su cabina que decía: “Huánuco, vida mía, ciudad de la eterna primavera”Vaya, vaya, pensé, no solo Trujillo es la ciudad de la eterna primavera… y no solo yo tengo mi terruño… Estiré el brazo y el camión paró. El chofer era un lugareño de mediana edad, iba con un niño. Por supuesto que le dije que iba a Huánuco y subí, el niño tuvo que sentarse en medio y yo me senté al lado de la ventana. Me sentí con suerte, pues de un tirón me acercaría más a la selva que era mi meta, no importaba si pasaba de largo por Cerro de Pasco. Luego de las presentaciones, el niño, de más o menos diez años, me preguntó:

–¿Qué te pasó en tu nariz?
–¡Henry! –exclamó su padre–, no seas impertinente.
–No se preocupe –respondí–. Simplemente me caí –pero el niño insistió.
–¿Cómo? –me replicó…

Y yo me sentí un poco incómoda por tener que recordar ese hecho tan absurdo, pero ni modo, tuve que resumirle la historia en un “me caí”, sin tener que contarle que fue cuando yo estaba huyendo de los abrazos de una loca, no sé cómo perdí el equilibrio y me caí… Yo había ido con uno de mis amantes secretos (en su camioneta) y una tal Yola, a almorzar a una picantería por Uchumayo (puerta de ingreso y salida de Arequipa, hacia la Panamericana). De repente, en plena picanteada ella salió con la onda de que en el fondo todos éramos bisexuales…, y como estaba cerca de mí, intentó abrazarme y besarme de una, sin más ni más…, ¡la muy loca!… ¿Es que no te gusto?, me preguntó muy provocativa y como no pude decirle que no –porque sí me gustaba su porte distinguido, el corte desaliñado de su pelo castaño, su vestimenta informal de overol jean desteñido y zapatillas sencillas…–, de nuevo intentó abrazarme y yo la esquivé levantándome de mi asiento; mas, ella continuó persistiendo en su intento y yo continué esquivándola, ora entre las sillas, ora entre las mesas del restaurante…; uno equivocadamente podría haber pensado que estábamos jugando, o bailando…, pero no…, yo le estaba huyendo de verdad… Luego tuve que salir corriendo a la calle, directo a la carretera para cruzar la pista y regresar a la ciudad en otra movilidad; pero los susodichos también me siguieron corriendo (quién sabe si pagarían nuestro consumo en la picantería), y los tres estuvimos corriendo uno detrás de otro hasta que me caí rodando por el suelo; ellos, asustados, me levantaron y me llevaron a la camioneta tomándome del brazo, uno de cada lado; me había lastimado la nariz, estaba ensangrentada. Me llevaron rumbo a emergencias, pero en el camino les pedí que mejor me llevaran a casa y así lo hicieron. Mi madre nos regañó con justo enojo, porque era obvio que habíamos bebido demasiado vino y cerveza, qué absurda mezcla… En la camioneta yo no había podido evitar descansar sobre el hombro de la tal Yola, yo…, la que no quería ni que se me acercara… Ahora ella iba acariciándome, besándome el cabello, dándome ánimos… Yo estaba casi en blanco por los efectos del alcohol…; no obstante, estaba consciente de que quería terminar de una vez por todas con esa aberrante promiscuidad en la que había caído… Quería terminar con todos mis efímeros amantes, con todo mi deseo carnal y pasión sexual, porque no hacían más que mantenerme en la superficialidad de las relaciones y la lujuria de su goce mecánico, frío y sin sentido, a veces confundida con amor…; aunque tampoco hiciese nada por evitarlo, pues al mismo tiempo seguía gustándome…; a pesar que yo, hace rato quería declararme asexual…, quería ser asexual, pero no sabía cómo… Sentía que ese era el mejor de los caminos; sin saber, efectivamente, que ese era el camino natural de la evolución del ser humano…, porque solo los asexuales pueden abrazar y besar con amor puro…

–Estuve corriendo por el campo con unos amigos, tropecé y me di de narices contra una piedra –le contesté al niño; pero de pronto, él cambió bruscamente de tema.
–¿Qué llevas allí? –me dijo mirando la bolsa con Aleph que se movía, y Aleph apareció mostrándole su enorme cabezota lanuda para deleite suyo–. ¡Un perro! –exclamó–. ¡Papá, papá! ¡Mira! ¡La seño tiene un perro! ¡Préstamelo!

Sí, tuve que prestárselo, no me quedó más remedio, y antes de que me atropelle preguntándome sobre el origen del perro diminuto, le dije que a Aleph le gustaban los cuentos para perros. Henry se entretuvo un buen rato pensando en qué cuento podría gustarle a Aleph, quien parecía de verdad muy interesado en escucharle, a tal punto que el niño me pidió que se lo regalase…, ¡a Aleph!… Por un momento no me pareció mala idea, lo confieso, pues vi que ese niño le había tomado cierto cariño y podría cuidarlo mejor que yo, por lo menos le daría techo y comida…; pero era imposible, no podía hacerle eso a Mara…, quien prácticamente, no solo me había obligado muy sutilmente a adoptarlo, sino también a traerlo conmigo para que me cuide y no me sienta sola… Pero el niño insistía… y yo me sentía cada vez más débil para negarme… Felizmente su padre le dio un rotundo no y le dijo que más bien aprovechara todo el viaje para tenerlo consigo, porque luego tendría que devolvérmelo… ¡Gracias a las diosas y dioses!… Por fin, Henry se quedó dormido sobre un par de cojines al costado de su papá, con Aleph entre sus piernas.

–Ta chaquetito mi chibolo –me dijo don Cristóbal disminuyendo el volumen del radio de su camión.
–¿Cómo?
–Está cansadito. Estamos viniendo directo de Lima, sin parar. Él siempre se afana en venir conmigo; pero luego, no aguanta ni una semana sin su mamá… Así que nos regresamos a limonta con las mismas, apenas cargue el camión de nuevo. Mientras tanto, lo dejo con mis taitas en el campo, a ver si se agarra un poco y le espanta al asma.
–¡Ajá!… ustedes viven en Lima.
–Sí, llevamos muchos años allá, tenemos un terrenito en El Salvador y estamos construyendo; pero mi esposa y yo somos de Huánuco.
–Entonces, se acostumbraron…
–No del todo, al menos yo, extraño mi tierra, por eso decidí trabajar con el camión para no quedarme todo el tiempo en Lima.

Luego callamos por un buen rato pues el niño se movió y no queríamos despertarlo. A la altura de Paccha nos separamos del río Mantaro y nuestro paisaje se fue salpicando de ichu como una pálida alfombra verduzca, haciéndose cada vez menos montañoso y más llano…, algunos vehículos nos pasaban de cuando en cuando… Don Cristóbal aumentó la velocidad…, estábamos pasando por las históricas Pampas de Junín, donde el ejército de Bolívar derrotó a las fuerzas realistas en medio de estas dos majestuosas cordilleras coronadas de nieve… ¡Qué hermoso santuario! ¡Qué hermosos son el sol y el cielo serranos!… Traslúcidos, brillantes, cálidos…, surcados por bandadas de nubes blancas y aves viajeras, que sobrevuelan dichosas los pequeños poblados decorados… con riachuelos, ganados, cultivos de papas, cebada, quinua… Pasamos la ciudad de Junín con sus toques de campana mañanera y continuamos bordeando su gran lago resplandeciente, exuberante de totoras, paraíso de las aves, espejo de los cielos…

El pequeño Henry me hizo recordar cuando yo viajaba con mi padre, me hizo recordar aquel mes de febrero de 1970, cuando con mis hermanas mayores, Mery y Silvana, llegamos a Lima, a casa de mi tio Eleuterio. Era mi primera vez en la capital. Mi tío era taxista, vivía en Magdalena del Mar con su esposa, mi tía Sabina Ramos, y sus cuatro hijos. A Pepe ya lo conocíamos pues nos había visitado en Huamachuco, y a Lala también cuando nos había visitado en Santiago de Chuco, ellos eran mayores; Juan y Ana eran contemporáneos de mis hermanas. La casa de mis tíos era alquilada, de un solo piso, larga, angosta, pequeña, sencilla y limpia. Consistía en una sala y un pasaje estrecho donde se alineaban tres pequeños dormitorios apenas iluminados con pequeños tragaluces, al final se encontraba la cocina-comedor, el pequeño patio con su lavandería y el baño. No recuerdo como se arreglaron ellos, pero nos dieron un cuarto. Desde que llegamos, nuestra relación con mis primos Juan y Ana fue distante, yo sentía que había algo raro entre nosotros, después comprendí que era por la famosa diferencia que aún existe entre provincianos y capitalinos, o entre serranos y costeños. Sin embargo, entre Lala y yo siempre hubo cierta afinidad (tal vez porque ambas éramos piscianas), ya desde Santiago de Chuco (cuando nos visitó en aquella oportunidad), a pesar de que yo era una niña tímida, delgaducha, muy pequeña para mi edad, y ella era una hermosa joven de bellos ojos grandes, desenvuelta, hablaba perfectamente el inglés… Lala solía decir que le gustaba mi madurez prematura… Tal es así que esa vez en Lima, me llevó en tres ocasiones a visitar a sus amigas… En una de esas visitas, una de sus amigas cantó con su guitarra una bella canción en portugués, por primera vez en mi vida escuché un idioma diferente que no era el inglés… Este viaje estuvo colmado de muchos: primera vez.

–¿En qué piensa? –me interrumpió don Cristóbal. Yo sonreí y le conté de mi primera vez en Lima, cuando tenía trece años.
–Recordaba cuando una prima mía me llevó al cumpleaños del hijo de una de sus amigas, un niño casi de mi edad. La fiesta fue en el residencial San Felipe…, tuve que soportar tres impactos seguidos que me produjeron náuseas. El primero fue el trasladarnos en un ómnibus lleno de gente, casi me asfixio por el calor y el terrible olor de gasolina; el segundo fue subir en un ascensor; y el tercero, fueron los empellones que tuve que soportar de aquellos niños que correteaban por todo el apartamento que era muy pequeño. Mi prima se había acomodado en la cocina con sus amigas, mientras yo trataba de comprender en qué consistía ese correteo, esos juegos de mesa y por qué nadie veía la televisión que estaba prendida…, cuando a mí me hubiera gustado ver la tele ya que aún era una novedad para mí y no había en casa de mis tíos… Entonces, esos niños me dijeron que yo parecía de otro mundo…, mientras que yo no podía creer que ellos, capitalinos, no conociesen el campo, las vacas ni los escarbajos en vivo y en directo… Tuve que buscar un baño para vomitar y vomité…
–¡Uyyy, seño! Eso no fue nada –dijo don Cristóbal sonriendo.
–¿Cómo que nada? –protesté– ¿Le parece poco que un niño no conozca el campo en vivo y en directo?
–Claro que no, pero no se me achore señito; que yo me refería al lado más oscuro de la city, ese que nos espera a los guachitos cuando llegamos a limonta por primera vez, en fin, usted tenía a su causita.
–¿Qué quiere decir?
–Que cuando a mí me picó la mosca de querer irme de la casa de mis taitas, me apunté para la city en busca de esa arcadia de la que tanto hablaban mis paisanos; y allá me fui contra viento y marea; y, ¿qué pasó?…, ¡uyuyuy!… La que le cuento me trató como a pan que no se vende, peor que a enemigo…, me hizo cantar hasta en los buses, ja, ja, ja… Fui canillita, barrendero, cargador en los mercados, peón de construcción, mosaico, vendedor ambulante… ¡Ay, señito!… si le contara mi vida, es como para escribir una novela…
–Pues, ¡escríbala! –le dije y sonreímos…

Por lo visto, todos sentimos que nuestra vida es un drama o una novela digna de escribirse… Nuestra vida es un libro de infinitas páginas que no termina con la muerte…, me había dicho mi madre en un sueño formidable… También sentí que don Cristóbal había escuchado de una u otra manera el llamado del mar, porque en verdad, todos llegamos a escucharlo tarde o temprano, aunque sea una sola vez en la vida…; solo que él lo había traducido como la picazón de una mosca y la arcadia limeña…

Nuevamente callamos para no despertar al niño y nos entregamos a nuestros propios pensamientos… Ahora estábamos subiendo por unas colinas pedregosas, cruzando algunas minas, mirando pequeños lagos desde donde también nos observaban indiferentes, algunas llamas, guanacos y alpacas apacibles… Llegamos a Cerro de Pasco, ciudad reina de las más altas montañas, pero, la sentí muy fría, oscura, desolada… Llovía… Estaba muy bien que no nos detuviéramos allí, que pasáramos de largo para no ver su miseria e inmenso y doloroso hoyo ocasionado por las minas depredadoras… Luego, vinieron más colinas redondeadas con su álbum de animales retozando, más lagos, pequeñas comarcas… El camino empezó a descender de nuevo y el paisaje se fue transformando suavemente… No sé en qué momento aparecieron los bosques de eucalipto golpeando mi ventana con sus ramas titilantes, llamando mi atención… Me alegré tanto de escuchar rumores conocidos…, las hojas de los árboles palpitando con la voz del viento, el coro de los pájaros vibrando con el néctar de los frutos y florecillas agrestes… De pronto, se impuso cantarina la voz más poderosa de esta alegre sinfonía…, ¡la de un río! ¡Un río! ¡Qué increíble! ¡De nuevo me acompañaba un río en mi camino!… Era el gran río Huallaga entonando su melodía salvaje, profunda, vigorosa…, misteriosa… Yo soy un río…, y con él, entramos al bello departamento de Huánuco…

(4) “Y es aquí cuando más me precipito… cuando puedo llegar a los corazones, cuando puedo cogerlos por la sangre, cuando puedo mirarlos desde adentro. Y mi furia se torna apacible, y me vuelvo árbol, y me estanco como un árbol, y me silencio como una piedra, y callo como una rosa sin espinas. (…)”.

    Don Cristóbal, eufórico, de rato en rato me ponía al tanto del exquisito clima de su tierra, de sus originales puentes colgantes, de su variedad de cactus y otras maravillas.

    Aquella vez en Lima, mi padre me llevó a conocer varios lugares sin necesidad de exigirle, solo tenía que esperar a que termine sus gestiones en el Ministerio del Interior, a donde iba diariamente a exigir que le restablezcan su puesto de subprefecto, alegando que él solo era un servidor de la patria independientemente del partido político que estuviese en el poder; mientras mis hermanas mayores estudiaban todo el tiempo en casa, para rendir sus exámenes de admisión en la Universidad del Altiplano de Puno.

    El primer lugar a donde me llevó mi padre fue el centro de Lima, mi tío Eleuterio nos dejó en la Plaza San Martín en su taxi, y de allí caminamos de la mano, mi padre y yo, por el Jirón de la Unión hasta la Plaza Mayor. Mi padre iba explicándome todo como si yo fuera una gran turista, también me dijo que cuando uno llega a una ciudad o pueblo, lo primero que tiene que conocer obligadamente son tres lugares: su Plaza de Armas, su mercado y su cementerio…, y su río…, agregué yo… Mi padre se detuvo… y con una amplia sonrisa me dijo: Has dado en el clavo, de la Plaza Mayor nos vamos a conocer el río Rímac, ya no vamos al cementerio… Me gustaba que él se sintiese contento con estas ocurrencias mías, decía que yo era muy inteligente como mi madre, lo cual me hacía doblemente feliz…

    Pero cuando llegamos a la Plaza Mayor, me sentí apabullada por su fina elegancia y señorío, lo que súbitamente me hizo extrañar la sencillez de mis pueblos serranos, donde todos nos conocíamos y saludábamos con familiaridad. Lima era la capital, la gran ciudad, tenía su encanto, belleza; pero aquí nadie se saludaba con nadie…, más bien, todos éramos unos reverendos desconocidos que apenas se miraban y rozaban como seres fantasmales… Tampoco podía comprender por qué en una de sus esquinas estaba la estatua de Francisco Pizarro montado en un caballo, si él había sido el colonizador (felizmente ahora ya no está); ni porque estaba cerrada la puerta de su catedral… Y cuando estuvimos frente al río Rímac, me dio un vuelco el corazón…, había poca agua…, ¡el río estaba muy sucio y muy triste!… ¡Hecho un basural!… Mi cuerpo se estremeció… ¿Por qué está así el río?, le pregunté a mi padre y él me respondió también muy triste y decepcionado: Porque todos los desagües vienen a dar al río y también los desechos de las fábricas…, y se quedó callado y pensativo…

    Eran cosas de no comprender…

    Nuestro tour continuó por la Biblioteca Nacional; el Mercado Central donde comimos una deliciosa tajada de sandía (mi fruta favorita), escuchando Liza de los ojos azules de Nicola di Bari, Me estoy portando mal de Leo Dan y País tropical
    de Sérgio Mendes que en ese verano estaban de moda. Luego, caminamos por el Parque Universitario donde me mostró el edificio más alto de Lima, en aquella época, que era el Ministerio de Educación; y la Casona, sede original de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Después, caminamos por la avenida Nicolás de Piérola hasta que llegamos de nuevo a la Plaza San Martín, donde tomamos un bus de regreso a casa… Durante nuestro trayecto yo iba expectante, sentía que estaba caminando por un gran museo de edificios, avenidas, monumentos, calles, casas y demás restos históricos con los cuales yo apenas tenía una leve conexión… Me sentía rara, efectivamente, me sentía de otro mundo… ¿Y dónde juegan los niños?…, le pregunté por fin a mi padre… y él me respondió a secas: En sus casas…, en sus cuartos… Yo quedé en shock, nuevamente triste por este inesperado hecho que pude confirmar después, en el cumpleaños de aquel niño, en el residencial San Felipe… Y más aún, cuando vi por primera vez a los pirañitas, esos niños de la calle que piden limosna…, solos, descalzos, desarrapados, sucios, malolientes, tristes, de mirada extraña… Esta era la famosa Lima, la gran arcadia urbana…, mejor dicho…, este era el lado más oscuro de la city…

    Otro día, mi padre me llevó a un museo, me gustó mucho recordar lo aprendido en el colegio acerca de las artesanías y tejidos de los incas y preincas. Otro día nos llevó a Mery, Silvia y a mí al centro de Lima, y aunque no fuimos por los mismos lugares de nuestro primer tour, quedamos muy satisfechos de tomar café con leche y pan con chicharrones en una cafetería del Jirón Carabaya, muy cerca de la Plaza San Martín. Otro día mi padre me llevó al Parque de las Leyendas donde de un solo viaje visitamos las tres regiones del Perú, y quedamos fascinados con su selva novedosa… Y otro día fuimos a la Fortaleza del Real Felipe en el Callao, pero fue el puerto lo que más me impresionó, quedé tan maravillada de ver tantos barcos…, que, en cuestión de minutos, me subí a uno de ellos y di la vuelta al mundo en ochenta días… También me impactó enterarme que allí desembocaba el río Rímac… Recordé a mi madre, cuando en una de nuestras vacaciones de fin de año, en Trujillo, fuimos todos a Huanchaco, el balneario más atractivo y popular de esta ciudad norteña; mi impresión de ver el mar por vez primera fue tan íntima y sensible…, que yo de pie, frente al mar…, volé…, solo volé y volé con las aves…, hasta que me perdí con el mar infinito que se perdió en el firmamento y todos nos hicimos uno con el universo… Mi madre me tomó de la mano y entramos al agua, de su mano yo no sentía ningún temor…, nos quedamos quietas esperando que llegasen las pequeñas olas…, y cuando estas llegaron a nuestros pies me asusté al sentir y ver cómo se desmoronaba el suelo, cómo se deslizaba la arena arrastrándome, mareándome…; como si el mar quisiese engullirme sonriendo, porque yo le aseguraba a mi madre que lo había visto sonreírme…, mientras el mar junto con mi madre me decía…, no temasNo temas…, me repetía mi madre…, mira que hasta los ríos vienen a jugar con el mar…, y mis ojos se llenaron de lágrimas…

    II. Parte 6 – La vocación mística

    Llegamos a Huánuco por la tarde, don Cristóbal nos dejó muy cerca de la Plaza de Armas. Había llegado a mi segunda parada olímpica, sana, salva y agradecida… En la plaza me senté sobre una banca para observar todos sus detalles, mientras Aleph merodeaba por los alrededores… Saqué nuestro refrigerio, un pedazo de pan para Aleph y una manzana para mí… La plaza respiraba tranquilidad, limpieza, cuidado; me era familiar este aire provinciano que brotaba de sus árboles frondosos y jardines impecables, de su pileta de granito donde giraban impetuosos unos niños diablillos muy terribles, vigilados por sus ángeles guardianes (sus abuelos) que mataban el tiempo detrás de sus tragicómicos diarios; realmente, la gente se desplazaba con un poco más de sosiego y despreocupación. Sin embargo, me inquietaba la visión directa de sus variados edificios que la rodeaban como si estuvieran desnudos; sí, no había duda, sentía la falta de portales en su diseño, tal vez porque extrañaba la belleza de la Plaza de Armas de mi querida Arequipa, mi blanca ciudad novia del majestuoso volcán Misti y del hermoso río Chili; cuyos elegantes portales fortalecen su carácter y la protegen de los avatares del tiempo, que tarde o temprano obligan a sus edificios a cambiar de función, de forma y contenido…

    Por eso también me inquietaba el moderno lenguaje de la catedral huanuqueña y su puerta cerrada; mas, pensando que entre gustos y colores aún no han escrito los autores, decidí conocer el interior de esa moderna catedral pidiendo albergue a sus dueños…, tal como hice en Cajamarca, donde un cura me hospedó por una noche en su parroquia y me habló de los padres del desierto con los cuales yo sentí una extraña conexión… Pero antes, terminaría mi manzana, ordenaría mis pensamientos y recapitularía mi viaje…; así que abandoné mi banco y me senté sobre la grama, recostada muy cómoda y fresca sobre el tronco de un ficus bien parado…

    El pequeño Henry y esos niños de la pileta me trajeron recuerdos de otros niños…, de mis sobrinas y sobrinos que estaban en plena infancia; tratando de dilucidar cómo la estaban viviendo en ese momento… Reflexioné por primera vez sobre la infancia de mis cuatro hermanos en Arequipa…, cómo había sido realmente, cómo la habían vivido…; y descubrí con mucho pesar que mis hermanos, así como mis sobrinas y sobrinos, habían vivido y estaban viviendo la típica infancia de la gran ciudad…, en sus casas, en sus cuartos, con el cuidado de no perderse en el laberinto de sus calles…, lejos del campo… Mis hermanos con las ganas de tener un televisor en casa, aunque mamá les diese siempre una propina para ver televisión en casa del vecino junto a otros niños; de esta manera, también fuimos muy afortunados de no ser invadidos, a temprana edad, por la publicidad y programas de la televisión que en su mayoría son alienantes para la mente y el corazón.

    Mientras tanto, nosotras las mayores, a pesar de compartir con los menores las cosas simples y cotidianas de la vida, no habíamos profundizado casi nada en nuestras relaciones; yo desconocía en mucho los pensamientos, sentimientos, emociones, deseos, dudas, sueños y otros aspectos de la vida de mis hermanos menores; así como ellos desconocían los míos, tal vez porque nos separaba la edad… Tal vez yo conocía un poco más el mundo de mis hermanas; pero el hecho era que todos vivíamos muy enfrascados en nuestro propio mundo, tanto las mayores como los menores…, y a estas alturas de la vida cada uno había tomado su propio rumbo… Mi padre fue el primero en irse de la casa, después le siguieron mis hermanas cuando se fueron a formar sus propias familias. Silvia se fue a vivir a Lima, y Edith y Mery se quedaron a vivir en Arequipa con sus respectivas parejas, pero en otros barrios. Luego siguieron Víctor y Jorge cuando se fueron becados a estudiar en la Universidad Patrice Lumumba de Moscú (en ese entonces, capital de la Unión Soviética, hoy capital de Rusia); Víctor, ingeniería mecánica textil; y Jorge, matemáticas puras. La separación de mis hermanos también nos afectó a todos, pero sobre todo a mi madre, le provocó mucho dolor y sufrimiento; aunque al mismo tiempo se sentía orgullosa de tal inmenso logro de sus hijos… Y ahora yo…, yo también había abandonado el hogar, el nido, y me encontraba caminando por estos lares buscándome a mí misma… En casa solo había quedado mi querida madre con mis dos últimos hermanos, Rafael, que estaba estudiando física en la UNSA, y Enrique, que estaba cursando el cuarto año de secundaria en el colegio particular San Francisco de Asís, y estudiando inglés al mismo tiempo en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano… ¡Total!, todos estábamos yéndonos del hogar…, ¡todos!…; y después, ¿con quién se quedaría nuestra querida madre?… Entonces, no éramos conscientes de cuán grave sería ese hecho ni de sus dolorosas consecuencias… ¡Ooh, diosas y dioses!

    De la infancia de Mara y Elo tampoco sabía mucho… Ellas habían nacido en esa casa grande de mi abuelo, de dos pisos (más el pequeño cuarto de Mara que quedaba en la azotea), cerca del río Rímac y nunca se habían movido de allí; su mundo fue Lima, de vez en cuando Trujillo, pero todo el tiempo fue el interior de esa casa… Así sentía que era la infancia de la mayoría de niños en la capital… De sus casas al colegio… donde estaban sometidos a una educación sistemática, uniformizante…, que no invita a la reflexión, al esfuerzo intelectual, ni a cuestionar, ni contrastar las diferentes fuentes de información y conocimiento; solo se fomenta la emoción del instante y de sentirse bien en el momento o disfrutar… Y del colegio a sus casas… donde tienen que cumplir con el martirio de hacer sus tareas; luego, ver televisión o jugar un rato e irse a la cama. Después, tienen que esperar la voluntad de alguien mayor para que los lleve a jugar al parque más cercano, o a la casa de algún amiguito o amiguita, o tal vez ir de paseo un domingo o día festivo al Parque de las Leyendas, o al Museo de Arte, o a un centro comercial… En ese tiempo ya se estilaba también el ocupar el tiempo libre de los niños en una academia, donde los padres pagan para programarles ese tiempo sagrado que es de su juego…, parecía que no era suficiente ocuparlos en las tareas del colegio… ¿En qué momento se perdió ese sentido común de respetar el tiempo libre de los niños que es el tiempo sagrado de su juego?… Jugar es para un niño la vida entera, es como respirar…, es en esta actividad donde el niño integra plenamente su cuerpo, mente, inteligencia y corazón…; y qué mejor si puede hacerlo a campo abierto para integrarse con la madre naturaleza… y el universo todo…

    ¿Por qué la gente se empeña en cambiar el campo por la gran ciudad?… Dicen que quieren tener más oportunidades de estudio, trabajo, confortabilidad y otros enseres…, y su vida se resume solo en perseguir esas metas a como dé lugar… Estudiar para tener un buen trabajo para tener mucho dinero para comprar muchas cosas y cada vez más y más cosas… ¡Qué sistema tan carente de sensibilidad por la vida!… Porque no es vida matarse trabajando para pagar las cuotas de una casa, de un auto, muebles, artefactos o ropa importada…; y luego, las cuotas de los seguros, del colegio, de la universidad… ¡Qué sistema tan falto de creatividad para alcanzar la paz verdadera, la felicidad, sabiduría, amor!… Porque estrenar objetos nuevos no despierta ninguno de estos tan anhelados y preciados sentimientos… ¡Que sistema patriarcal capitalista tan frío y destructor! ¡Tan carente de calidad de vida, de solidaridad y amor!… Una vida creada en base a esos falsos conceptos de “progreso”, ha creado una sociedad adicta a los negocios, a las finanzas, al billete…; esas son sus palabras clave…; liderazgo tecnológico, éxito comercial, productividad, competitividad, innovación…; ¿les suena?… ¿Acaso hay alguien por allí que diga: “respeto mutuo, tolerancia, armonía interior, valores morales…, empatía…, amor, amor, amor”?… Si la gente pudiera comprender que solo nos basta una vida simple sin complicaciones, para llegar al centro o esencia de nuestra propia existencia y ser feliz…, y que para vivir una vida simple no se necesita de la gran cosa… Quienes viven en el campo lo tienen todo…, todo aquello que no se puede comprar y que es de mayor valor en nuestra vida, como vivir conectados con el sol, la luna, el cielo, los ríos, animales…, bosques…, montañas…

    Tan bien me encontraba en estas deliberaciones que no me di cuenta que un guardia municipal estaba haciéndome señas para que salga de su impecable jardín… Comprendí que había llegado el momento de ir a la catedral a pedir posada como en tiempos de la edad media… Mas, me falló la suerte. El portero me dijo que los curas jamás albergaban a nadie, así que, por favor, váyase por donde ha venido…; y tratando de no perder el ánimo me fui a conocer el mercado, consciente de que pedir albergue en una ciudad grande no era cosa fácil… Pero no todo estaba perdido…, en el camino vi una iglesia de estilo colonial con su puerta abierta y hacia ella me dirigí. Fue muy reconfortante ingresar a este espacio tenuemente iluminado que invita al recogimiento… Tomé la nave lateral derecha para observar sus decorados y detalles, y de pronto me encontré ante otra puerta abierta, la de la sacristía, a donde me asomé de puntillas… y respiré un grato sabor de antaño…, el de una auténtica aula de clases…, y de inmediato me sentí en presencia directa de aquellas monjas carmelitas del castillo interior… Un cura y un pequeño grupo de estudiantes estaban conversando muy animadamente… Entré con el mayor de los sigilos para no perturbar el ambiente, y me senté detrás de aquellos jóvenes que estaban sentados frente al cura; quien, desde su cómodo sillón de madera finamente tallada, sonreía juvenil, amistoso…; parecía paisano de don Cristóbal. Vestía sotana, era un hombre mestizo, entrado en años, algo grueso, de barriga prominente, rostro sereno, mirada ágil, brillante… Saqué un lápiz y papel, y me dispuse a tomar apuntes del tema en cuestión que parecía interesante… El cura les estaba contando cómo fue que se hizo cura… Terminada su exposición, una joven de cabello negro, largo, lacio y chaqueta verde, le preguntó…

    –¿Qué es la vocación religiosa?
    –¡Muy buena pregunta! –respondió el cura–… Pero primero veamos qué es vocación… Vocación viene del latín, vocationem, que significa llamado…, es decir, que alguien nos llama… ¿Quién es este alguien que nos llama para ir con él o ella?… Es Dios… Es Dios quien nos llama a todos de múltiples formas para servirlo de una manera específica. Por eso se dice que toda vocación viene de Dios y uno debe responder a su llamado yendo a su encuentro. Existen dos llamados primordiales:

    El primer llamado es cuando Dios nos llama del no ser al ser o existencia. Nos llama por medio de nuestros padres a la vida de seres humanos en este mundo, por eso decimos que, en la formación de la familia, madre y padre son co-creadores con Dios, ellos están colaborando con la obra de Dios.

    El segundo llamado es para participar de su divinidad. Esta participación es un objetivo infinitamente superior al mero deseo de vivir, crecer, reproducirse, enfermarse, envejecer y morir. Es el hecho más importante de nuestra existencia, porque fuera de esta perspectiva, la vida no tiene sentido… Sería un absurdo o una broma cruel, trabajar tanto, sufrir tanto, para luego morir y desaparecer… Que quede claro, Dios nos llama no solo para vivir una vida humana sino también para que participemos de su propia vida divina, esta es la vocación religiosa, la vocación a su gracia o a la santidad, porque su gracia es santificante. Todos estamos llamados a ser santos, esta es nuestra vocación mística básica, primaria, la única y última; y los siete sacramentos de la iniciación cristiana católica nos ayudan a lograr esa autorrealización final: bautismo, confirmación, penitencia, eucaristía, sagradas órdenes, matrimonio y extremaunción.

    Ahora bien, nosotros tenemos la libertad de responder en forma afirmativa o negativa al llamado de Dios. Podemos negarnos al don de la existencia, suicidándonos; o negarnos a la santidad, pecando. Es nuestra elección y Dios la respeta porque no nos quiere autómatas, por eso nos creó libres. Él pone ante nosotros la vida o la muerte, la gracia o la condena.

    Existen tres maneras de responder afirmativamente al llamado sublime de su gracia, o tres caminos para llegar a ser santos: el de los solteros, el de los casados y el de los consagrados (monjas y sacerdotes). Sea soltero, casado o consagrado, uno entrega su vida íntegra a Dios por medio de votos religiosos de pobreza (vida simple), obediencia (disposición a la voluntad divina) y castidad (canalización de su energía a la experiencia divina). Así, invitamos a la gente a preguntarse sobre el sentido de la vida, recordándole que las realidades ordinarias y temporales, no son las más importantes; sino aquellas superiores y eternas, a las que estamos destinados.

    –Y, ¿qué sucede con aquellos que no creen en Dios? –le preguntó un joven de la primera fila…, con tono muy interesado y algo desafiante… El cura le respondió…
    –Ellos también tienen tres caminos a seguir; el del pecado, que conduce a la muerte irremediable; el de la vida moral, que tarde o temprano conduce a la manifestación de la gracia divina; y el de la súplica, el camino en el que uno pide o llora a Dios para que se manifieste en su corazón. Le pide su gracia…
    –Pero, ¿cómo uno va a pedirle a Dios que se manifieste en su corazón si no cree en su existencia?
    –Dios se manifiesta de múltiples formas…, como la sabiduría o verdad absoluta, como la belleza suprema, la inmortalidad, el amor divino…; uno puede invocar a cualquiera de estas manifestaciones de Dios para que se haga presente en su vida.
    –Y, ¿qué es encontrarse a sí mismo? –preguntó otro muchacho sosteniendo una grabadora. El cura respondió…
    –Encontrarse a sí mismo es encontrar nuestra verdadera vocación, nuestra verdadera identidad y lugar en esta existencia para servir a Dios de la mejor manera y realizarnos plenamente…, esto es, lograr nuestra santidad o autorrealización. ¿Queremos hacerlo como solteros, casados o consagrados?… Y, ¿en qué tipo de labores queremos desempeñarnos para ofrecer nuestro servicio a Dios?… Teniendo en cuenta que estas decisiones no dependen enteramente de uno, pues él es quien toma la iniciativa, llama a quien quiere y del modo que quiere, nosotros solo debemos estar dispuestos a atender sus requerimientos.

    A esta altura de la conversación, los jóvenes empezaron a comentarle al párroco sus proyectos de vida e inclinaciones profesionales, pidiéndole consejos; mientras yo me encontraba verdaderamente impactada con sus respuestas que no me eran del todo ajenas; porque tal como lo había recordado con aquellas monjas carmelitas del castillo interior, el llamado divino y la santidad habían sido tema primordial de mi niñez. No me había sido difícil comprender que el destino del ser humano era encontrarse con la Divinidad Suprema de su corazón, así me lo explicaba mi madre a través de las historias que me contaba de las santas y santos…, despertándome el deseo de ser como ellos, de vivir como ellos… La santidad era el camino más brillante de todos, al que todo ser humano debía aspirar… Yo apenas había tenido conciencia del pecado cuando era niña, nunca había visto nada malo a mi alrededor o tal vez no lo percibía como tal; pero las películas, los libros y los cuentos nos hablaban de otros mundos, de otras formas de ser y de vivir…, y yo me perdía… alucinada entre tanta maravilla… ¡Cómo podía haber tantos mundos!…, ¡qué tantos mundos podían haber!…, pero, ¿cuál era el verdadero?…, ¿cuál?… ¡Todos y ninguno!…, porque todos teníamos el mismo derecho de ser a cabalidad… Pero tenía que haber un camino que uniera todos los caminos en un solo punto, en un centro…, y sí, sí lo había…, ese era el de la Divinidad Suprema o Persona Suprema o Verdad Absoluta.

    Las revelaciones de Santa Teresa de Ávila eran contundentes…, había que transformarse en mariposa para volar hacia el cielo, a la Morada Divina…; había que abandonar este cuerpo material, salir de él con el nuevo cuerpo transformado…, no el sutil o el de la mente e inteligencia…, sino con el otro cuerpo, el último…, el etéreo, espiritual y divino…, el del alma… para poder llegar a la Divinidad Suprema… Aunque todavía no me había convencido ninguna de las versiones que había sobre el aspecto de la divinidad, no me gustaba el sufrimiento de Cristo ni la forma impersonal de Alá, tampoco la pasividad de Buda y apenas se sabía de la forma personal de Krishna; si bien me inclinaba por la Luna, la Pachamama, Atenea/Minerva, Isis, Freya, María, Radha, Lakshmi y otras diosas… Buscaba una Divinidad Suprema que englobara todos estos aspectos en una sola divinidad, una Divinidad Suprema que fuese andrógina y una pareja al mismo tiempo…; pero ahora, yo estaba buscando la verdad absoluta (o la sabiduría o el conocimiento divino) como el summum bonum de lo que es o significa la Divinidad Suprema.

    Por eso me sentí fuera de lugar en ese instante, porque el cura había hecho alusión solo a Dios, al principio masculino de la Divinidad Suprema, y no a la Diosa, a su principio femenino; transmitiendo así a todos solo la personalidad del Padre Celestial, del Padre Divino, y pasando por alto a la Madre Celestial, a la Madre Divina…, y tampoco había hecho alusión al hogar de la Divinidad Suprema, el hogar amado…, nuestro dulce hogar amado y eterno … No obstante, el sacerdote había mostrado el camino para llegar al castillo interior donde se encontraban aquellas monjas carmelitas…, el de los consagrados… Mas, yo me sentí de nuevo muy lejos de la vocación cristiana católica…; por lo tanto, no me quedó más que levantarme y salir de la iglesia de la misma forma en que había entrado, para volver por el mismo camino a la Plaza de Armas. Pregunté cómo llegar al río Huallaga y me indicaron el Jirón General Prado para llegar al Puente Calicanto.

    Este sí que fue un hermoso encuentro…, un bello regalo de la naturaleza presenciar un paisaje tan espontáneo y vital…, el río y su puente…, un puente de piedra donde se sienten las manos unidas por la magia de una antigua sabiduría, y un río de caudal fuerte donde resuena vibrante el misterioso llamado del mar…, el mar que atrae a todos los ríos del mundo… ¿Será el llamado del mar una metáfora del llamado divino?… ¿Por qué te cierras y empeñas en ignorar a la Divinidad Suprema?, me preguntó muy paciente el río comprensivo… Solo conociendo a la Persona Suprema conocerás todo… Pero eso no podía ser, mi ateísmo era muy fuerte, mi corazón se había endurecido peor que una roca en cuestiones de religión… Sin embargo, se derretía como una mantequilla ante el sol, la luna, la tierra, las montañas… y demás divinidades de nuestro antiguo imperio o de nuestras culturas ancestrales…, a quienes yo estaba invocando e implorando por la verdad absoluta, por su manifestación más completa… Sin darme cuenta que ya estaba adorando a la Divinidad Suprema en su forma de creación o universo o forma universal…

    Era una lástima que tan bello puente artesanal tuviese que soportar el rudo impacto de unos vehículos tan indiscriminados… De repente, se hizo tan fuerte el barullo de bocinas, motores y olores tan desagradables y dañinos…, que aquella belleza intrínseca tuvo que ocultarse y yo tuve que huir. Gracias a la Divinidad Suprema, hoy en día, el Puente Calicanto es peatonal.

    Cuando llegué al otro lado del puente, vi estacionada una camioneta de doble cabina del Ministerio de Transportes de Tingo María. De inmediato me acerqué y le pregunté a la joven que estaba allí dentro si podían llevarme a Tingo María. Por mí no hay problema, dijo ella, hable con los ingenieros que enseguida vienen…

    Fin de EL LLAMADO DIVINO

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