El vuelo de la grulla

El vuelo de la grulla

En una casa con el techo de lata, en los suburbios de una ciudad del altiplano africano, la noche cuajada de estrellas se rompe con un grito antiguo, preámbulo de un nacimiento como tantos: sudor, ojos apretados, puños que se agarran al borde del jergón, piernas abiertas, sangre, fluidos pastosos y una cabeza negra que asoma. Manos que la recogen y tiran con suavidad hasta tenerlo fuera. Palmadita, llanto, enjuague rápido y niño sobre el pecho de la madre agotada, feliz como tantas mujeres desde el principio de los tiempos. En el exterior, una bandada de grullas dividen el cielo con su formación en flecha rumbo al norte. Es Sadiq.

Al mismo tiempo, en un paritorio de una ciudad del sur de Europa, la luz blanca inunda por igual el espacio. Sobre una estructura diseñada al efecto, una mujer sin gritos, cara hinchada, mano agarrada a otra más fuerte, con la ayuda de otras con batas verdes, mascarillas y guantes estériles que no dejan de mirar a las pantallas, responde a las indicaciones con jadeos y bufidos, seguidos de descansos cada vez más cortos hasta que, entre las piernas, como surgiendo de una cueva prehistórica, aparece una cabeza clara, ojos cerrados, rostro gelatinoso. Al momento está fuera. La madre, agotada, fuerza una sonrisa, llora de felicidad y mira a su pareja que contempla la escena sabiéndose un personaje secundario. Es Rodrigo.

Sadiq creció cuidado por las mujeres de la familia. Fue el último de los hijos de su madre. Todos lo apreciaban por su disposición al juego, la risa, el baile, a escuchar y agradecer, por hacer caso a las personas mayores y cuidar de los animales. Rodrigo mostró su fuerza desde los primeros meses. Mamaba con tanta ansia que a su madre le dolían los pezones. Jamás tuvo que medicarse. Desde los nueve meses pasaba mucho tiempo con otras personas en casa o en colegios donde convivía con otros niños de su edad. Los abuelos y las tías se encargaban de que no le faltara el juguete de moda antes de desearlo.

Ambos cayeron bajo el embrujo de las pantallas. Sadiq, en los ratos que le dejaban las tareas con el pequeño rebaño de vacas, se asomaba al Nokia que le presentaba un paraíso lejano. Rodrigo manejaba dispositivos adornados con una manzana mordisqueada que le llenaba de basura los huecos mentales que el padre dejaba libres.

Ojos femeninos contemplaron a Sadiq alejarse de la aldea siguiendo el rastro de las grullas. A miles de kilómetros, Rodrigo no prestó atención a la perfecta formación que atravesaba el cielo cuando se iba a matricular en ingeniería. Ya entonces le interesaban los grandes depredadores.

Los caminos que siguieron hasta el polígono industrial en el que se encontrarían no podían haber sido más dispares. Sadiq había cruzado más fronteras de las que podía recordar, comido raíces para sobrevivir y lidiado con todo tipo de seres: violentos, crueles, ambiciosos, despreciables, mentirosos, brutales; pero también: generosos, solidarios, amables, desinteresados. Por su parte, Rodrigo había viajado siempre en primera, con ese pasaporte que le flanqueaba todas las  barreras y con la tranquilidad del que se siente parte del grupo de elegidos.

Sadiq llegó solo, mandado por un amigo de un conocido, con la esperanza de conseguir un trabajo. Rodrigo con su pandilla. No era la primera vez que iba allí. Se divertían. Era un juego que, en función de lo que saliera, podría ser una especie de espectáculo taurino, si el bicho era muy fiero o de caza del zorro si, como era habitual, tenía más miedo que morro.

– Por fin ha llegado tu día, Rodrigo -le dice el dueño de la nave- el día de tu alternativa. Ahí tienes verduras pasadas, cuerdas, trapos, herramientas. Cualquier cosa que se te ocurra lo podremos encontrar. Entrará un negro o una negra. Es tuyo. No tienes que preocuparte por nada. No son personas. No existen. Nadie los echará de menos. Cuando suene el timbre, abres con ese interruptor rojo y a divertirte. Nosotros desde allá arriba, sin que se note, lo veremos todo como si estuviéramos en Las Ventas.

Timbrazo. Zumbido metálico y puerta abierta. Sadiq se asoma, mira a un lado y a otro y entra.

– ¿Hola?

La puerta se cierra detrás de él con un golpe seco. Tarda unos segundos en acostumbrar sus ojos a la diferencia de luz.

– Buenos días, señor, Vengo por trabajo.

No hay respuesta. Rodrigo se aproxima despacio. Lo rodea sin dejar de mirarlo a los ojos. El negrazo no aparta la mirada. Parece decir: sé lo que quiero. Lucharé por conseguirlo.

– Acerca una silla.

El negro va hasta el lateral de la inmensa nave y regresa con la silla que le parece más cómoda.

– Ponla ahí.

Rodrigo se sienta y escudriña al africano. Lo escanea y le hace un gesto con el dedo para que se gire y poder verlo de espaldas.

– Yo trabajo siempre. Trabajo mucho.

– ¡Cállate! Quítate la camiseta.

Rodrigo ve un cuerpo tan fuerte como el suyo, un cuello ancho y poderoso, unos brazos de acero, músculos torneados, pectorales apretados y vientre liso salvo por la hendidura del ombligo.

– Tu nombre.

– Sadiq, aunque todos me llaman Kreni.

– Nombre de mierda.

La profundidad de esos ojos negro atrapa a Rodrigo, lo hipnotiza, hace que se tambalee su aplomo.

Kreni es grulla.

– ¿De qué quieres trabajar?

– Da igual. Puedo hacer cualquier cosa.

– ¿No serás exigente? Demuéstralo. Cómete este calabacín. Así, según está.

Qué idea de mierda. Tanto tiempo esperando este momento y ahora no encuentra ninguna de las ocurrencias macabras y divertidas que en otros momentos brotaban sin esfuerzo. Nada. ¿Qué le ha pasado? Quizá no debió mirarlo a los ojos. ¿Qué ha visto en esa mirada negra?

– ¡Desnúdate!

– ¿Todo?

– ¡Desnúdate coño! Trabajarás si a mi me sale de los huevos.

El mono se toma su tiempo. Se desnuda con parsimonia sin perder de vista la mirada azul de Rodrigo. En el palco los muchachos no disfrutan como otras veces. El que controla la situación,
impaciente, pulsa un interruptor y suena una música.

– ¡Que baile!

El negro no entiende de dónde viene esa voz. Mira a Rodrigo interrogante.

– ¿No has oído? ¡Baila!

Empieza a moverse despacio al ritmo de la percusión. Poco a poco. Poco a poco. Con la aceleración de la música el cuerpo del joven se va acoplando a ella y gira más y más deprisa. Más y más deprisa. Poseído. Las manos y los pies de Rodrigo acompañan las evoluciones del joven. Los espectadores, arriba, parecen hechizados por los movimientos, cada vez más enérgicos, del negro. Rodrigo, sudoroso, sigue los movimientos del animal. De repente, para la música. El bailarín amplifica sus movimientos con palmadas y golpes de los pies contra el suelo, pumpun, pumpun, produciendo un efecto hipnótico en los que lo oyen, lo ven, lo sienten en cada poro de la piel.

– ¡Para! ¡Para! ¡Para de una puta vez!

Ni caso. El negro genera un torbellino a su alrededor que atrapa a Rodrigo. Sus extremidades se mueven libres. El estruendo va en aumento hasta producir dolor en los mirones. El negro, mano contra mano, manos contra muslos, manos contra pecho, acelera el ritmo. Sin dejar de bailar, recorre toda la nave y dibuja círculos como las abejas cuando salen del panal. ¿Se escucha un zumbido? Rodrigo, grogui en la silla, ve acercarse al negro que le dice algo al oído y, sin dejar de bailar, se dirige a la puerta, la abre y se marcha sin más. Al momento, todo es silencio en la nave industrial.

– Éste no es tu baile, no es tu mundo. Déjate guiar por las grullas. Busca tu música.

Rodrigo no entendió lo que le dijo el puto negro antes de salir desnudo de la nave. No supo por qué guardó la camiseta sin que lo vieran los demás. Le costó justificar su ausencia de ideas. Lo cierto es que, desde aquel día, el estómago se le revolvía al presenciar la lidia del negro. Volvió alguna vez más, pero acabó alejado de la cuadrilla.

Sadiq, guiado por su espíritu kreni, trabajaba en lo que encontraba y bailaba; se movía en busca de algo mejor, trabajaba y seguía bailando; migraba de nuevo, trabajaba y disfrutaba de los ritmos que parecían dirigir sus pasos.

Rodrigo, ya ingeniero, acumulaba relaciones intrascendentes con mujeres que no conseguía retener. De vez en cuando, por diversión según él, se encaprichaba de algún joven, siempre de piel oscura. Era responsable de proyectos en diversos lugares del mundo. No mostraba reparos en desplazarse a países africanos. En esos viajes aprendió a mirar de nuevo. Descubrió el cielo, tan azul de día, cuajado de estrellas, por la noche, y se interesó por las bandadas de grullas y empezó a valorar a las personas con las que trabajaba. A veces, un grupo de jóvenes tocando el kebero o el torso desnudo de algún campesino, le traía, en fogonazos, imágenes del joven Sadiq en su baile embriagador y le removían el estómago.

Sadiq, por su parte, encontraba idénticas todas las ciudades por las que transitaba. Las estrellas no frecuentan los cielos europeos. Las personas pasaban a su lado como si no existiera o se apartaban de él con temor en la mirada. Trabajaba, observaba y bailaba. Bailando conoció a Ayana, su flor hermosa, que lo detuvo en una ciudad atareada del norte, bañada por un mar frío. Cuando decidió establecerse, trabajó como sólo los animales saben hacer y logró que uno de los patronos rubios le ayudase a conseguir los papeles y hacer allí su nido de Kreni. Ayana no necesitó una dote, no hubo petición formal, ni siquiera lo llegaron a verbalizar. Se unieron bajo el mismo techo porque era lo natural y porque estaban a miles de kilómetros de Etiopía. De haber estado en su pueblo del altiplano, su familia habría acordado un matrimonio y ella habría tenido que pasar por el rito del ukuli bula. Sadiq, aunque respetaba las costumbres de los Hemer, se alegraba de que su flor hermosa no tuviera que ser azotada para demostrar lo resistente que podía ser. Un día, Ayana supo que su hermano pequeño Addisu, el nuevo, se iba a someter a la ceremonia en la que el ukuli, el aspirante, debe superar una serie de pruebas para convertirse en un maz, hombre adulto, y ella como hermana mayor, sería su madrina. Sadiq iba a tomarse unas vacaciones. No deseaba más que dormir y bailar, pero a su flor hermosa no le costó convencerlo para volar a Addis Abeba. Serían tres días de fiesta continua: comida, música y baile sin pausa.

Tardaron un mundo en llegar a la aldea. Los padres de Ayana abrazaron a Sadiq como si fuera su hijo y el abuelo, le pintó la cara con los tradicionales pigmentos terrosos. Era tarde, pero comieron algo y se unieron al grupo de percusionistas que recorrían la aldea y sus alrededores seguidos por los jóvenes que encadenaban una danza tras otra. A pesar del cansancio del viaje, la pareja no dejó de bailar hasta que la noche cayó sobre el mundo. En la choza, Ayana contempló complacida a su hombre grulla en la placidez del sueño, recorrió con la mano su piel tersa y se rindió al sopor de lo cotidiano.

El gran día. Los jóvenes tenían que cazar su gacela para poder hacer el salto de las vacas. Los mayores vigilaban que todo se hiciera de acuerdo con la tradición. El resto seguían vibrando al ritmo de los incansables tambores. Sadiq se integraba en los grupos como uno más del poblado.

Los últimos años, habían acudido algunos blancos que entre esa masa de caras negras, con rayas blancas no pasaban desapercibidos. Este año eran al menos cuatro. A Sadiq no le costó reconocer a Rodrigo en la mirada azul que se comía la tersa espalda de uno de los ukili. Siguió bailando. ¿Esperaba encontrarlo allí? Ya no lo perdió de vista.

Ahora, las mujeres ofrecen su espalda para que los hombres las azoten. Sadiq conoce la tradición aunque nunca la ha vivido. Entiende el sentido profundo de la ceremonia, pero ¿qué pensarán los europeos?

El blancucho mira fijamente a las mujeres, embriagadas por el ritmo alocado, como reciben los latigazos sin mostrar ningún gesto de dolor. No se percata de que el eskista que danza a lo lejos es la grulla que lo hechizó en aquella nave. Atrapado en esa atmósfera, se abraza al capataz que lo ha invitado y parece traspasado a un mundo de felicidad plena. De repente, en su cabeza, la música se detiene y se le clava esa mirada de grulla que en aquel otro momento lo paralizó. Casi pierde el equilibrio. Gira aquí y allá. Busca un refugio inexistente y se apoya en el capataz que le responde con una sonrisa. Con la mirada ruega que lo saque de allí. No lo entiende. Se aleja. La marea de gente lo arrastra hacia el campo donde están preparadas las doce vacas que tendrán que saltar los aspirantes. No pierde de vista a Sadiq. Los ukuli van pasando de uno en uno sobre el ganado envueltos en polvo y estruendo de cantos, gritos, bailes. Sadiq es uno de los más entusiastas y el ingenierito, los ojos clavados en él danzante, con una expresión entre asustado y atrapado por la atmósfera mágica, revive el vértigo de aquella tarde en el polígono.

En estas tierras el ocaso dura lo mismo que un parpadeo. Addisu salta sobre la primera vaca y Sadiq, sin dejar de danzar, corre hacia el costado contrario de la hilera donde la familia chilla los ánimos al ritmo de la percusión. Ayana grita orgullosa a su hermano hasta que sobrepasa la última res y alcanza el suelo. Toda la familia explota en aplausos, patadas, llantos, vítores y más bailes.

El paliducho se lo ha perdido. Sólo existe Sadiq que, impulsado por una fuerza ancestral, parece alzar el vuelo hasta desaparecer tragado por los cielos. Rodrigo, asustado, quiere salir de allí. Teme el desquite de Sadiq. Es el momento cumbre de la celebración y resulta imposible marcharse. Los ritmos van enloqueciendo la aldea. A lo lejos, ve a Sadiq girando otra vez. Se acerca. En su cabeza imagina la venganza que ha debido rumiar estos años. Retrocede a pequeños pasos, tropieza y cae de espaldas, resignado a su suerte. Espera un golpe, una patada, una paliza.

Espera.

Sólo recibe silencio.

Levanta la cabeza y se incorpora ligeramente. Ahí delante tiene a su toro que lo traspasa con sus ojos de grulla.

– Has llegado hasta aquí. Si ésta es tu música, desnúdate y baila… mientras puedas.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS