John Cho. Ascendientes coreanos. Veintiséis años. Se alistó en el Cuerpo de Marines a los dieciocho, en cuanto se graduó en el instituto. Instrucción básica en Parris Island, Carolina del Sur. Dos períodos de servicio de cuatro años, el segundo como MOS 0322 – Reconocimiento de francotirador. Licenciado, con honores, con el rango de E-4 por sus aptitudes y sus puntuaciones en el campo de tiro. Una de sus mayores aspiraciones: demostrar ser un auténtico norteamericano después de la naturalización de sus padres en 1962, año de su nacimiento y segundo de la Administración Kennedy.
Como había pasado ocho años viviendo en barracones y cuarteles, y ya que en cuanto se licenció de la Armada se había alistado para cumplir las catorce semanas del Programa de formación de la policía, aún no había tenido tiempo de buscar alojamiento propio por lo que estaba viviendo en casa de sus padres, junto a su hermano pequeño.
Se había graduado en la Academia de Montgomery, Alabama, sólo tres semanas antes. Buenas calificaciones. Destinado al turno nocturno de la División de patrulleros, estaba en prácticas bajo supervisión de otro agente: Raymond “Ray” Harlan.
Ray Harlan, veinticuatro años en el cuerpo. No piensa jubilarse al cumplir los veinticinco. Sigue siendo Oficial senior. Nunca ha aspirado a un ascenso para evitar la supervisión que ello comportaría.
Necesita el empleo, sobre todo la placa, para lo que él llama «sus trabajitos«. Estos «trabajitos», y una mano untada ocasionalmente, le permiten pagar la hipoteca de una casa pequeña en el 1427 Winona Avenue, Chisholm, la pensión de una exesposa – ningún hijo -, y su afición a las apuestas y al whisky ilegal que obtiene por detrás del mostrador de algunas gasolineras.
Acumula varias suspensiones por “lenguaje inapropiado” y por “uso excesivo de la fuerza”, pero el capitán necesita seguir metiéndolo en uno de los coches-patrulla nocturnos. A pesar de que existen demasiadas tensiones raciales, en la ciudad y en la comisaría del Distrito norte de Chisholm, siempre andan escasos de personal.
El alumno en prácticas no conseguía entender por qué el capitán que, a pesar de todo, parecía un buen tipo, había realizado varios turnos y emparejamientos aparentemente disparatados entre veteranos cercanos al Klan y novatos de otras minorías, como él mismo o algún otro negro o hispano. Y todos ellos en patrullas nocturnas.
Así que esa noche circulaban por el coto de caza preferido de Harlan, la autovía 31, cuando, a eso de las dos, les adelantó una Chevrolet pick-up roja del 88.
– Cambia de carril y ponte a su altura, Chop-suey.
El nuevo se esforzaba mucho para soportar los constantes insultos racistas de aquel animal uniformado sucio, gordo y maloliente.
Harlan miró a la cabina de la camioneta.
– Dos «morenos» – dijo pensativo -. Y conduciendo una camioneta como esa, nuevecita. Seguro que la han robado.
El conductor bisoño aflojó un poco y volvió detrás de la Chevy.
– Dale luces y haz que se detenga.
– ¿Por qué?
– Lleva un piloto de freno roto.
– No hay ningún piloto roto, Harlan – protestó.
– ¿Es que tus ojos de chino están ciegos? Yo digo que está roto, Fumanchú. ¡Páralo! – bramó rabioso.
Se avecinaba tormenta. Cho se agarró muy fuerte al volante, apretó los dientes, encendió las luces estroboscópicas y dio un toque de sirena para indicar al vehículo que se detuviera en el arcén.
No lo hizo, pero tampoco aceleró ni trató de huir.
– Adelántalo hasta el paso elevado de la 80, y hazle un trompo por delante.
El novato dudó. Su compañero no usó la radio para avisar a la central.
– ¡Hazlo ya, chino de mierda! – gritó el mayor.
Encendió todas las luces – no la sirena – y pisó el acelerador del Crown Victoria, situándose en el carril izquierdo para adelantar a la Chevrolet, que no alteró su velocidad, hasta quedar entre los grandes pilares, bajo las calzadas superiores de la autopista.
En el instante en que los dos vehículos estuvieron bajo aquellas estructuras de hormigón, y sin que Cho lo advirtiese o pudiera evitarlo, Ray tiró del freno de mano con todas sus fuerzas.
El coche patrulla hizo un trompo brutal y derrapó delante de la camioneta, bamboleándose salvajemente sobre su suspensión, mientras el oficial Cho giraba el volante, a un lado y a otro, hasta estabilizarlo y detenerse entre la humareda de los neumáticos quemados. La camioneta frenó con un estridente chirrido, y ambos vehículos quedaron uno frente a otro, a unos pocos metros, bajo el paso elevado.
El ronroneo del ralentí de los motores acentuaba el silencio del lugar, y todas aquellas luces encendidas no hacían si no volver más oscura la noche.
El conductor de la Chevy, un hombre negro, fornido, de unos 40 años, bajó de la camioneta voceando. El policía veterano se apeó despacio, desenfundó su arma y disparó desde cinco o seis pasos de distancia. El hombre se desplomó como un fardo.
– ¡Mierda! ¡Joder! – gritó el novato, llevándose las manos a la cabeza.
Un joven, también de color, salió del lado del acompañante del vehículo rojo. Apenas un adolescente aterrorizado, aturdido, con los ojos fuera de las órbitas y gritando en silencio, sin articular sonido alguno, hasta acabar con un grito desgarrador, salvaje.
Aquel loco disparó de nuevo. Su rostro expresaba un profundo desprecio, un rencor irracional y feroz.
Los vehículos policiales todavía no llevaban las cámaras prometidas por el Departamento. Eran muy caras y escasas; nadie se enteraría de nada.
Cho saltó del coche, corrió hacia el chaval, y se arrodilló junto a él. Muerto.
Ray seguía allí plantado, totalmente ido, mascullando su odio hacia una ciudad y un departamento gobernado por negros.
Harlan sacó el arma de reserva que siempre llevaba a la espalda, en la cinturilla del pantalón, oculta bajo la camisa. Un pequeño, pero demoledor, Colt Officcers 45 ACP. Lo dejó sobre el asfalto y lo empujó con el pie hasta su compañero.
– Plántaselo al crio y dispáralo un par de veces hacia el coche patrulla.
– ¡Estás completamente loco, Ray! – le gritó – ¡Completamente loco!
– Oye chino, ¿no quieres ser un buen poli? – voceaba Harlan -, ¡pues empieza por ser un buen compañero!
El novato tomó el arma, la amartilló y se inclinó sobre el muchacho.
Miró con asco e ira a su compañero.
Despacio, casi con delicadeza, puso el arma en la mano del chico y la apretó con su pequeño puño. La elevó ligeramente, apuntó y disparó, usando el índice del chaval para apretar el gatillo.
El cañonazo del 45 alcanzó al veterano debajo del cuello y le hizo saltar un metro hacia atrás. Murió ahogado en su propia sangre.
El aprendiz de patrullero se incorporó y se pasó una mano por la cara. Aquello era un puto desastre. Intentó tranquilizarse un momento y entonces, pulsando el botón de su radio personal, simulando la voz entrecortada, gritó,
– ¡Central, 10-40 en mi 20! ¡Agente herido! ¡Repito, agente herido! (*)
(*) Según los códigos policiales en Estados Unidos, un «10-40» es un tiroteo. En «mi 20» significa «en mi ubicación / posición».
El libro del taller
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