No recuerdo exactamente la fecha, pero debería de estar entrando el invierno. En mi balcón, el aire frío ya se dejaba sentir. Recuerdo que era domingo y que eran las dos de la madrugada.
Era una de las primeras salidas nocturnas de mi hijo, que ya había cumplido los dieciocho años. Pero las cosas, según el cristal con que se miren, cambian de color. Mientras que nosotros, con dieciocho años, nos creíamos hombres hechos y derechos, cuando somos padres seguimos viendo niños en nuestros hijos, incapaces de recordar que nosotros también tuvimos esa edad. Es curioso: por mucho que pase el tiempo y por mucho que nos creamos más «actualizados», es imposible reducir esa brecha generacional entre padres e hijos.
El frío calaba en los huesos. Ya sabemos cómo es el clima de por aquí. Los pies, enfundados en unas zapatillas sin talón, apenas los sentía, pero yo seguía allí, impertérrito, con la vista perdida en el horizonte, que no daba para más que el final de la calle. Esta se perdía en la oscuridad debido a un apagón provocado, seguramente, por el aguacero que había caído aquella misma tarde y que debió de averiar el alumbrado.
No se movía nada. Todo estaba en silencio, mientras yo me preguntaba dónde podía estar un domingo, pasadas ya las dos de la madrugada.
De pronto se escuchó el ruido de un motor y me puso en alerta, pero no vi nada. Seguramente el vehículo transitaba por otra calle y el silencio de la noche, unido a la espera, hizo que pareciera que venía por la calle que tenía enfrente.
—¡Espera! —pensé de pronto—. Quizá no venga por esa calle. Quizá venga por otra dirección y entre en el aparcamiento.
El aparcamiento era un estacionamiento público y gratuito que quedaba un poco desplazado hacia mi derecha, visto desde mi balcón.
Supuse que, en caso de entrar en él, quien lo trajera en coche no habría podido aparcar. Estaba a unos setenta metros de donde yo tenía mi observatorio y se encontraba repleto de vehículos, incluso estacionados en lugares donde no se podía o no se debía. Las lámparas de vapor de sodio los iluminaban con su luz amarillenta y mortecina, y sus carrocerías brillaban como dinosaurios de acero de nuestro tiempo. Todos esperaban allí a que sus propietarios se levantaran de la cama unas horas después y los pusieran en marcha para emprender rumbo al trabajo.
Eran ya las tres de la madrugada cuando vi a una persona caminar sola por la calle y me pregunté:
—¿Dónde irá?
Pronto se disipó la incógnita al oír el estruendoso motor del camión de la basura que, con su rugido en mitad de la noche, lo llenaba todo. Una chimenea lanzaba un humo negro por encima de la cabina, como si de una locomotora de vapor se tratara. Casi de la nada apareció otro operario y, a empujones, aunque no sin ruido, fueron acercando los contenedores al camión. Este puso en marcha su maquinaria y me ofreció, casi en exclusiva, un concierto de golpes, chirridos y ruidos hidráulicos. Después desapareció y todo volvió a quedar en calma.
Eran ya casi las cuatro de la madrugada cuando me pareció escuchar un ruido muy suave, muy tenue, que se iba haciendo más fuerte conforme se acercaba a mi punto de observación. Pronto vi unos faros abrirse camino en la negrura de la zona oscura de la calle y apareció un coche pequeño y blanco. Paró en medio de la calle y se abrió una de sus puertas, de la que salió mi hijo.
Yo, agazapado por miedo a que pudiera verme, observé cómo comentaba algo en voz baja con el conductor, aunque no pude distinguir, debido a la postura que había adoptado, quién conducía el coche. No supe si era un chico o una chica. Supongo que eso quedará ahí. Nunca lo sabré, igual que él jamás sabrá que yo lo estaba observando desde el balcón durante su regreso de una de sus primeras trasnochadas.
O quizá sí.
Quizá, cuando sea padre y crea que su hijo todavía es un niño, pase una noche en el balcón esperando su vuelta.
Al final, hay cosas que se heredan sin necesidad de los genes. La preocupación de un padre por un hijo es una de ellas.
Aunque siempre llega el momento de dejarlo marchar.
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