CAPÍTULO 4 «El Precio del Hogar (Foras)»

Tiempo de Viento

Monchesquiue

Una cascada natural golpeaba las rocas del camino con un ritmo constante, como si el mundo respirara allí sin esfuerzo.

A su lado, sobre una capa suave de tierra y césped, descansaba una granja.

El agua descendía en hilos blancos que nunca dejaban de moverse, mientras el viento arrastraba el olor de la tierra húmeda y los cultivos recién crecidos.

Tomates, hierbas, árboles perfectamente alineados. Naranjos y manzanos que parecían haber sido colocados con más que intención, como si el paisaje mismo hubiera aprendido a ordenarse con rigurosidad.

La granja era de un solo nivel, acogedora, silenciosa desde afuera… pero viva en su interior.

Si las puertas estuvieran abiertas…

verías de entrada una sala principal con una mesa de madera y tres sillas perfectamente en su sitio.

Un pequeño escalón dividía los espacios, como si la casa misma dudara hacia dónde invitarte.

A la derecha, una habitación cálida: cama para dos, una pequeña biblioteca al frente, baño a un costado y una ventana con cortinas suaves que filtraban la luz de la luna en ese momento.

Diagonal al escalón, un salón amplio rodeado de libros. Dos muebles enfrentados y un escritorio con dos asientos que parecían diseñados para conversaciones largas. Una alfombra extensa cubría el suelo, dando al lugar una elegancia tranquila, casi académica… como si allí uno pudiera aprender a pensar.

Al frente, la cocina.

Con una ventana que dejaba entrar la luz sin esfuerzo, semi cubierta por cortinas que se movían apenas con el viento de la cascada.

Y al fondo, en la esquina más alejada de la izquierda… una habitación, más silenciosa que las otras. La cama estaba pegada a la ventana, vecina directa de la cascada. Debajo de ella, pesas de roca en la parte inferior, brevemente un rose hacia un baúl con grabados de navajas. Al lado de la cama hay un escritorio largo, con libros apilados hacia la izquierda, un tomo antiguo en el centro, con páginas adheridas por el tiempo y una pluma blanca descansando a su lado.

A la derecha, un vaso de agua, siempre. La dueña de la habitación lo mantenía allí incluso cuando no lo bebe.

El aire permanecía inmóvil, como si la casa también durmiera con ella. Y en ese silencio…

Scarlett Pentesky Alabrám, yacía en medio del sueño.

Su piel trigueña recogía la última luz del día incluso dormida en esa cama junto a la cascada. Sus cabellos castaños se extendían sobre la almohada con un brillo suave, como si todavía recordarán el sol. Sus ojos cafés oscuros permanecían cerrados, profundos incluso en reposo, como el roble joven antes de aprender a sostener el peso del mundo.

En el sueño, Scarlett veía sus propias manos.

No eran sólidas.

Eran oscuras, como ceniza suspendida en el aire, deshaciéndose lentamente con cada movimiento.

El cuerpo que habitaba —porque sabía que lo habitaba— se sentía joven, pero agotado, como si hubiera vivido demasiadas despedidas. Cuando habló, la voz que salió de su garganta no le pertenecía del todo. Era ronca. Fracturada.

No estaba solo. Frente a él se alzaba un hombre cuya piel parecía hecha de madera viva. No era una armadura, ni una maldición visible: era como si el árbol y la carne hubieran aprendido a convivir a la fuerza.

Sus ojos estaban llenos de miedo, no por sí mismo, sino por lo que estaba escuchando.

—Si haces esto, morirás —advirtió el hombre árbol—. Ya lo sabes.

Scarlett no podía elegir palabras ni acciones. En ese instante era solo una espectadora, aunque todo se sentía propio, real, intensamente suyo, sin ningún control.

—No hay otro camino. Soy el último que queda y no quiero seguir siendo esto —dijo, observando de nuevo su cuerpo.— Quiero volver a ser yo. Y si no hago esto, significa que aceptamos vivir y morir así.

Con una voz caída, resignada, el hombre-árbol preguntó:

—¿Qué necesitas de mí?

—Llévame a lo más lejos que hayan llegado para encontrarla.

El otro suspiró, largo y profundo.

—Sigo creyendo que esta es una pésima idea.

Comenzaron a caminar hasta llegar a un árbol que tenía, en su lado derecho, una rama rota que aún colgaba del tronco.

—La última vez intentaron ir por la derecha desde aquí, pero aparecieron las bolas de fuego… y no terminó bien.

—Shhh. Quédate aquí.

Izquierda. Derecha. El suelo cedió bajo su pie y una piedra cayó al vacío, rompiendo el silencio al hundirse en el lago. Forzó la vista en la oscuridad y distinguió una enorme y alta estructura, sobre el lago, se pregunta así mismo, ¿Esta estructura siempre estuvo ahí?… En ese momento, una bola de fuego emergió desde algún punto bajo de la estructura.

Retrocedió y giró. Cuando volvió junto al árbol, el hombre-árbol la miraba con sorpresa… y una media sonrisa.

—Es ahí, izquierda, derecha y está en el fondo—logró decir.

Pero él desvió la mirada por encima de su hombro. El terror le inundó los ojos.

Scarlett sintió el calor antes de comprenderlo.

Llamas.

Dolor.

La sensación de que su existencia se apagaba desde dentro. Y entonces

Scarlett despertó gritando.

Se llevó las manos al pecho, al rostro, al cuello, buscando desesperadamente comprobar que seguía allí. Que su cuerpo era suyo, y que no estaba arropada por las llamas.

La puerta se abrió de inmediato.

Lucy entra; Su piel clara parecía aún más pálida bajo la luz tenue de la habitación. Llevaba el cabello castaño profundo recogido en una media cola perfectamente alineada con su raya lateral, aunque algunos mechones se habían soltado con la prisa. Sus ojos cafés oscuros, siempre observadores, analizaban a Scarlett con rapidez estratégica incluso en medio de la preocupación.

Se sentó junto a la cama, su túnica larga ajustándose con precisión a su figura.

—Tranquila —dijo, con voz firme pero suave—. Respira profundo, solo respira como lo practicamos.

Scarlett obedeció, aunque las lágrimas ya corrían por sus mejillas.

Detrás del muro que está al lado de la puerta estaba Walter.

Alto. Imponente incluso en silencio. Su piel trigueña contrastaba con el polvo del camino que aún cubría su abrigo grueso. El cabello castaño, bien arreglado pese a la jornada, enmarcaba un rostro atractivo con una ligera sombra de barba. Sus ojos café claro no eran fáciles de engañar; ahora estaban llenos de alerta.

Se acercó un paso, pero no invadió el espacio. Esperaba.

—A veces odio sentirlos, ma.

Lucy no respondió de inmediato. Tomó un vaso de té humeante del escritorio y se lo tendió. Scarlett lo sostuvo con manos temblorosas y continuo:

—Todas esas emociones —susurró Scarlett—. El miedo. La culpa… la rabia… incluso el amor. Y cuando despierto… es el vacío, situaciones que creo que entiendo… pero no del todo.

Lo sé —dijo Lucy al fin—. Nunca se acostumbra a algo así, verdad… Haremos lo que siempre hemos hecho. —Lucy la mira a los ojos con una de sus manos en la mejilla de Scarlett y sin controlar la nostalgia—. A veces olvido que ya caminas Los Senderos —murmuró—. Te miro y sigo viendo a la niña del Brote que corría descalza hacia la cascada.

Scarlett bajó la mirada, pero casi no prestó atención a las palabras de Lucy, hasta que dice:

—La habilidad que tienes no puedo decir que sea un regalo, pero podemos hacer que lo sea. Te está regalando ciclos de sabiduría y secretos. No lamento que esté en tus manos porque confío en ti mi pequeña, eres fuerte para esto y para lo que vendrá.

Scarlett suspiro mientras cerraba, buscando concentración y dejando entrar las palabras de su madre, no las tomaba como frías palabras, de alguna forma era un polo a tierra que extrañamente la hacía sentir en calma y en confianza para soportar cualquier dolor.

—Estoy lista —abrió los ojos—

Walter cruzó los brazos, no por dureza, sino por contención. Siempre medía el momento antes de intervenir, y para él, aun no lo era.

Lucy se sentó junto al escritorio, abrió un cuaderno con la pluma en mano y esperó.

Scarlett contó el sueño. Todo… Para cuando terminó, Lucy cerró el cuaderno con cuidado.

—Bueno… en un mes sabremos quién era esta persona y—

El sonido de la puerta interrumpió la frase. Walter entró del todo esta vez, quitándose los guantes cubiertos de polvo.

—Papá… —murmuró Scarlett.

Walter entró con sus ojos que no se apartaron de su hija ni un segundo. Le tendió un pañuelo a Scarlett, que ella usó para secarse el sudor y las lágrimas del rostro.

—Te escuché desde afuera —dijo con voz grave—. Fue más fuerte que otras veces.

Lucy no respondió de inmediato.

Ella suele tener respuestas. Esta vez guarda silencio. Scarlett bajó la mirada.

—No quería gritar… pero esta vez… Era… era como si estuviera muriendo… —Scarlett bajo la mirada —otra vez.

Walter tensó la mandíbula. Lucy cerró el cuaderno con cuidado.

Walter intercambia una mirada con Lucy.

—Más vidas que una cucaracha, ¿no?

Lucy baja la cabeza con decepción y vergüenza, tratando de recordar por qué se casó con él.

—¿No ibas al pueblo, Cariño? —preguntó Lucy, con una gota de rozar su paciencia interna.

—Iba camino al pueblo, pero me encontré con Sermi, el mensajero real. Me dijo que venía hacia la granja con un mensaje del Rey Jim. Lo leí… y no es bueno.

—Ja nada nunca es bueno para mamá y más si viene del rey, o no pa?

Lucy rodea la boca de Scarlett con una de sus manos.

—Shh, no que te sentias mal por haber muerto en tu sueño, ¿Qué decía la carta? —preguntó Lucy, mientras que Scarlett se sacudía para zafarse de esa mano.

—Quiere reubicar nuestra granja.

Lucy y Scarlett se quedan quietas mirándolo…

—¿Quitarnos la granja? ¡Después de todo lo que hemos contribuido en los inviernos con nuestras siembras! ¿Cómo se atreve?

—Cariño, dice “reubicación”, no que—

—Tienes que hablar con él. No nos moveremos.

Walter suspiró y esbozó una media sonrisa de resignación.

—Está bien. Pero quédense aquí mientras salgo.

—Tú puedes con ellos, pa —dijo Scarlett, intentando sonreír.

Walter le devolvió la sonrisa… pero fue breve.

Scarlett se dirigió a la cocina y comenzó a preparar el desayuno. El sonido de los huevos rompiéndose contra el borde del recipiente llenó por un instante el silencio de la casa.

Walter ya se dirigía hacia la puerta cuando Lucy lo alcanzó antes de que saliera.

—No podemos perder esta ubicación —murmuró, mirándolo fijamente a los ojos.

Walter sostuvo su mirada con seriedad.

—Lo sé.

Por un instante, el peso de aquellas palabras quedó suspendido entre ambos.

Luego, él suavizó apenas el gesto.

—No te preocupes. Lo resolveré.

Scarlett los observó de reojo desde la cocina, intentando no parecer atenta a la conversación, pero al no poder escuchar y solo ver como sus bocas se movían y sus miradas fuertes se cruzaban, volvió a concentrarse en revolver los huevos, aunque el movimiento de su mano se había vuelto más lento.

La puerta se cerró con un leve golpe.

Lucy se quedó un instante en silencio, como si aún pensara en lo que acababa de escuchar. Pero el sonido de Scarlett manipulando las especias la hizo reaccionar.

—Scarlett, cariño… espera, yo te ayudo con eso.

Scarlett se detuvo. La cuchara quedó suspendida un segundo sobre el cuenco.

Luego se giró apenas, con una tensión contenida en la voz.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Crees que no puedo hacerlo?

El ambiente se tensó levemente. Lucy la miró un segundo en silencio. No como si estuviera ofendida… sino como alguien que ya había probado ese “resultado final de comida” antes, y haría lo posible para no probarlo otra vez.

En ese momento, Walter se dirigió a la Ribera del Cruce.

Antes de tomar el barco. Allí se encontró con su amigo, Corvin el panadero; Un hombre alto y ancho de hombros, con el cuerpo pesado de alguien acostumbrado a trabajar desde antes del amanecer, su voz es calida, pero un poco ronca al final. Se rie mucho y resalta por su barba de color naranja oscuro.

– Ehh Walt ¿Por qué no está Scarlett contigo? -preguntó.

-Voy a hablar con el Rey Jim -respondió Walter, mostrando la carta.

-Ah… ya veo. ¿A ti también?

-¿Qué sabes?

-El rey está pidiendo la reubicación de todos los que viven en los exteriores de Luminea of the Veil. Tiene un proyecto en mente, pero nadie sabe cuál.

-Lucy quiere que hable con él, pero no sé si me escuchará.

Corvin pensó unos segundos.

-Este año el rey enviará el cargamento a Balqueester. Ofrécete a llevarlo. Tal vez no solo conserves la granja… quizá ganes oro.

-No lo Creo amigo, por algo dejé la armada real. No quiero poner en peligro a mi familia.

-Lleva a Lucy contigo. Yo cuidaré de Scarlett. Sabes que le encanta ayudarme con los postres para la nobleza.

-Perfecto… no solo me pongo en peligro yo, también Lucy.

-Vamos, Walt. Sabes que esa mujer sabe cuidarse. Y Scarlett, bueno, ella ya tiene la edad en la que se entrenan a los niños en las fuerzas armadas, tiene la capacidad de entenderlo.

-¡Ya zarpa el barco!, me tengo que ir.


En el salón principal del castillo

El salón era inmenso, el techo parecía una obra viva: cristales traslúcidos formaban constelaciones que brillaban suavemente, como un cielo contenido. Los espacios eran amplios, aunque se veían reducidos por la multitud de nobles. Al fondo, imponente, se alzaba el trono del Rey Jim.

El rey estaba de pie, copa en mano, riendo con varias damas. Al ver a Walter, el murmullo se extinguió.

—Mi rey —dijo Walter, con voz firme—. Necesito hablar con usted.

—Soy todo oídos, Walter —respondió Jim, tomando asiento con calma.

Walter avanzó un par de pasos.

—Le pido alternativas para no perder la ubicación de mi granja, majestad.

El rey lo observó sin cambiar la expresión.

—No es posible. Esas tierras están destinadas a algo que llegará pronto.

Walter no retrocedió.

—Siempre he entendido que sus decisiones buscan el beneficio del pueblo —continuó, midiendo cada palabra—. Como bien sabe, mi granja es una de las principales fuentes de alimento en Luminea of the Veil. No solo abastece a nuestra zona, sino que en ocasiones alcanza otros círculos del reino.

Hizo una breve pausa.

—Me pregunto qué pensará su pueblo al ver afectada esa estabilidad.

El ambiente se tensó.

Jim entrecerró ligeramente los ojos. Notó que Walter no había venido a suplicar.

—Pensarán —respondió el rey con serenidad calculada— que sería injusto desplazar a muchos para privilegiarte a ti. Los recursos pueden crecer en otros lugares. La tierra del reino es vasta. Estoy seguro de que tú y tu familia sabrán adaptarse.

Walter apretó los puños, pero esta vez no habló de inmediato. Dio un paso atrás, respiró hondo y ordenó sus pensamientos. Cuando volvió a alzar la mirada, su voz era más fría, más precisa.

—Entonces permítame ofrecerle una alternativa que sí beneficie a ambos.

El rey no respondió, pero su atención se afiló.

—¿Y si llevo el cargamento de este año a Balqueester?

El silencio cayó con peso.

El rey lo observó con detenimiento.

—El sexto embarque ¿Quieres ser responsable del trayecto? Piratas, rufianes y los caprichos del océano incluidos.

—Si eso hace que permanezca con mis tierras, entonces sí, mi rey.

El rey suspiró, sonriendo con esfuerzo.

Una voz surgió entre la nobleza:

—¿Confiar en alguien que abandonó la armada?

—O en alguien que tal vez busca a su padre y quiere tomar el oro —añadió otra.

Walter dio un paso al frente.

—Mi padre sirvió al reino con honor, huyó a tierras que desconozco, herido por la pérdida de mi madre y ahora que tengo una, logro comprender su pena y espero que ustedes nunca pasen por algo así.

Walter responde ante la nobleza y posa la mirada nuevamente en el Rey Jim.

—Todos saben lo importante que es Scarlett para mí, ella se quedará.

—Entonces llevarás a Lucy contigo —dijo el rey.

—Así es, mi majestad.

—Fuera todos —ordenó Jim—. Apolinar, ven.

Apolinar salió de entre la puerta que se encontraba detrás del trono del rey. Era un hombre alto, de porte imponente pese a su juventud. Su piel clara contrastaba con su cabello negro, cuidadosamente acomodado hacia atrás. Su rostro pulido y atractivo llevaba siempre una expresión difícil de descifrar: una mezcla de picardía y reflexión, como si cada palabra que escuchaba escondiera un secreto que solo él comprendía. Vestía un atuendo elegante pero práctico, de telas oscuras y bien ajustadas que resaltaban su cuerpo atlético.

-Mi rey, sentí que mi presencia era requerida -dijo Apolinar con teatralidad-. ¿Decidir si Walter llevará el cargamento junto a la hermosa pero fiera Lucy?

-¿Y cómo lo sabías?- pregunta Jim expectante de la creativa respuesta que el conocia que vendria.

-Ma-jes-tad… es porque su mente y la mía, son una sola.

-Ajá… o porque, como siempre, escuchas todo detrás de los muros del castillo.

Uno de los guardias que estaban a los extremos de la sala, gira Su cabeza a la izquierda mientras de le escapa una semicarcajada. Pero entonces Apolinar con toda naturalidad como siempre continua.

-Me ofende, mi señor. Pero concentrémonos en lo que está enfrente de nosotros.

Apolinar comenzó entonces a enumerar los logros de Walter y los hechos de su pasado.

-Maestre de Compañía, con 250 soldados bajo su mando…

Walter no se movió, mientras que Apolinar continuaba.

—Durante la Campaña de monitoreo en Tundrath. Allí conoció a Lucy.

Jim alzó apenas una ceja.

—Guerrera híbrida, curandera de sangre pura y, según tres reportes distintos, pésima siguiendo órdenes cuando las órdenes son estúpidas.

Walter trata de ocultar una semi sonrisa, como si confirmara más que nunca un comentario.

—Se enamoraron y tras el nacimiento de Scarlett, Walter— Apolinar gira su mirada directamente a Walter— abandonó la armada y Lucy dejó de entrenar sus habilidades.

Hubo un silencio, pero eventualmente Apolinar continuó.

—En sus misiones como Maestre, siempre fue recordado por ser tenaz y calculador en sus decisiones, -mientras camina alrededor de Walter continúa- por elegir las mejores rutas para evadir piratas. Si viaja junto a Lucy, contará además con una curandera de sangre a su lado, sin desmerecer que el combate cuerpo a cuerpo es también una de sus habilidades innatas.

—Son una apuesta segura —concluyó.

El rey asintió.

—Aprobado. Mañana, al amanecer, en la salida sur. – Jim torno la voz más seria y contundente- Pero no olvides que Scarlett se queda aquí.

Jim hizo un gesto con la mano, indicando el regreso de los invitados. Las risas volvieron, las copas chocaron y la música retomó su lugar.

Pero para Walter, todo sonaba más lejos.

Había conservado la granja, al menos por ahora. Y a cambio, había aceptado llevar a Lucy hacia una ruta de la que muchos no regresaban.

—Lucy me va a matar —murmuró.

Luego pensó en Scarlett.

Y dejó de sonreír.

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