
Ignoramos casi todo. Ignoramos el día en que pronunciamos la última palabra que alguien recordará de nosotros; ignoramos el instante en que un gesto trivial modifica para siempre el curso de una vida. Sin embargo, el hombre insiste en llamar incertidumbre a aquello que acaso sea el único orden posible.
Esperar sin saber qué es una disciplina antigua. No pertenece a los impacientes ni a los calculadores, sino a quienes han comprendido que el tiempo no es un camino recto, sino un camino cuyos muros son invisibles. En ese camino, cada espera es una biblioteca cerrada: detrás de una puerta puede hallarse la revelación, detrás de otra el olvido, y detrás de la mayoría, apenas otra puerta.
Hay una extraña cortesía en aceptar esa ignorancia. No exigirle al destino explicaciones, no interrogar al porvenir como si fuera un deudor, no creer que el universo tiene la obligación de responder nuestras preguntas. Quizá el verdadero acto de soberbia sea pretender conocer de antemano aquello que solo el tiempo merece narrar.
Acaso la espera no sea la antesala de un acontecimiento, sino el acontecimiento mismo. Tal vez el hombre que espera ya esté llegando, sin advertirlo, al lugar donde siempre estuvo destinado a encontrarse: el de su propia paciencia.
OPINIONES Y COMENTARIOS