Devenir.
Con la locura serena de una desesperación orientada hacia un objetivo incierto, voy concretando, día tras día, aquello que apenas alcanzo a contemplar. Agoto mis embrujos en el intento, incluso aquellos que todavía no han nacido.
Contemplo la inmensidad de los obstáculos que emergen sobre este camino vacilante, siempre a punto de derrumbarse y, sin embargo, siempre dispuesto a continuar. No olvido aquel sol ardiente: el súbito golpe de realidad, cruel y glorioso a la vez, que desgarró la niebla de mis certezas.
Entonces compongo la melodía exacta para cantarle a Dios, esperando que, entre sus silencios, encuentre misericordia para mi nombre. No poseo el hambre feroz del desposeído ni la engañosa tranquilidad de las conclusiones definitivas. Camino únicamente con aquello que mis ojos alcanzan a ver: mis pies, el sendero y el horizonte que se aleja.
La idea extiende sus alas y se arroja al vacío. Yo persigo la muerte del día que ha quedado atrás, porque cada ocaso exige una pequeña renuncia. Frente a mí se abre un camino hecho de aire; corro hacia él sin vacilar. Sé que despego.
Y en el vértigo de la ascensión, cuando toda explicación parece insuficiente, siento el misterio de esta belleza incomprensible: la de existir, avanzar y convertirse, sin saber jamás del todo en qué.
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