DESPUÉS DEL TRAUMA
Por Aris Gómez Olalla
Todos creen que sobrevivir es el final de la historia.
Que cuando consigues escapar del dolor, todo vuelve a empezar.
Que después de la oscuridad llega la luz.
Yo también lo creía.
Pensaba que el día que recuperara mi libertad comenzaría una nueva vida.
No imaginaba que la verdadera batalla todavía no había empezado.
Cuando logré salir de la trata, mi cuerpo seguía respirando.
Pero mi mente seguía atrapada.
Los médicos pronunciaron dos palabras que explicaban parte de lo que me ocurría.
Estrés postraumático.
Por primera vez alguien ponía nombre a aquellas noches sin dormir.
A los recuerdos que aparecían sin permiso.
A la ansiedad.
A la sensación constante de peligro.
Creí que, con ayuda, poco a poco volvería a ser quien había sido.
Pero el trauma nunca pregunta cuánto más puedes soportar.
Y mi cuerpo empezó a hablar.
Primero aparecieron síntomas que nadie conseguía explicar.
Después llegó el Trastorno Neurológico Funcional.
Cada día era diferente.
Había jornadas en las que mi cuerpo parecía olvidar cómo funcionar.
Y entonces llegó algo que lo cambió todo.
La pandemia.
Mientras el mundo hablaba de un virus, yo luchaba por sobrevivir una vez más.
Me contagié una vez.
Después otra.
Y otra más.
Hasta seis ocasiones.
Cada infección parecía dejar algo dentro de mí.
Algo que no desaparecía.
El cansancio dejó de parecerse al cansancio.
Era como si alguien desconectara mi cerebro.
Como si una batería invisible se agotara de golpe.
No importaba cuánto durmiera.
No importaba cuánto descansara.
Mi cuerpo ya no respondía igual.
Los especialistas comenzaron a poner nombre a aquello que estaba viviendo.
Encefalomielitis miálgica.
Fatiga crónica.
Alta sensibilidad química ambiental.
Diagnósticos largos para explicar una realidad muy sencilla.
Mi vida había cambiado para siempre.
Había sobrevivido a personas que intentaron destruirme.
Y ahora tenía que aprender a convivir con un cuerpo que parecía haber olvidado cómo luchar.
Lo más difícil no era el dolor.
Lo más difícil era la incomprensión.
Porque las enfermedades invisibles tienen algo en común con el trauma.
No siempre se ven.
Y cuando no se ven, muchas personas dudan de ellas.
Escuché demasiadas veces:
“Pero si tienes buen aspecto.”
“Seguro que es estrés.”
“Ya se te pasará.”
Nadie veía lo que ocurría cuando cerraba la puerta de mi casa.
Nadie veía los días en los que hablar durante unos minutos agotaba toda mi energía.
Nadie veía cómo una conversación, un ordenador o el simple ruido podían hacer que mi cerebro se apagara por completo.
Nadie veía las lágrimas.
Ni el miedo.
Ni la incertidumbre.
Pero las enfermedades invisibles no necesitan ser vistas para existir.
Solo necesitan ser vividas.
Y yo las vivía cada día.
Sin embargo, hubo algo que nunca desapareció.
La esperanza.
Porque después de haber sobrevivido a la trata aprendí una lección.
Mientras exista un solo motivo para seguir luchando, todavía no se ha escrito el final de nuestra historia.
Y decidí que mi enfermedad no sería el punto final.
Sería una nueva página.
Una página difícil.
Pero también una página llena de verdad.
Porque a veces el cuerpo dice basta.
Pero el alma todavía encuentra motivos para seguir adelante.
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