No es bueno que el hombre este solo

No es bueno que el hombre este solo

Ernest Tellols

25/06/2026

La verdad es que no sabía cómo enfocar esto. Iba a decir «una persona», huyendo un poco del género, pero al final el género es lo menos importante. Así que no lo ocultaré: ayer vi a una mujer sola por el mercado. Era fácil de ver, puesto que era bastante pronto y, excepto los madrugadores que van de “ruta”, hay poca gente. Máxime cuando aún está a medio montar a esas horas. La mujer en cuestión es aproximadamente de mi edad, quizá algún año menos. Es decir, pasados los 60.

Tal vez os preguntéis cómo lo sé con tanta certeza, así que os diré que hace muchos años, pero muchos, fuimos amigos de pandilla. No tendríamos más de 15 o 16 años y empezaban a despertar los amoríos y las tonterías que provoca esa edad. La chica era bromista, simpática y muy risueña, y algunos de la pandilla ya le habían echado el ojo.

Poco más puedo contar porque, con esa edad y amigos de pandilla, llegado el momento cada uno toma sus derroteros de manera inevitable: el trabajo, quizás otra pandilla, la novia, la mili… Muchas cosas había entonces que hacían que acabaras por olvidar a esta mujer. No obstante, como amiga de juventud la recuerdas y, en este caso, hasta me acuerdo de su nombre. Siendo de la misma ciudad es normal verla por la calle. Nunca nos saludamos al tomar caminos distintos. O quizás hace unos años sí, no sé. Ha pasado tanto tiempo que ni lo recuerdo. Lo cierto y verdad es que ya hace mucho que, cuando nos cruzamos, lo hacemos como auténticos desconocidos. Quizás ella no se acuerde de mí, vete tú a saber.

Últimamente, y no sé muy bien por qué, la veo continuamente por la zona en la que vivo. Es extraño, porque a esta edad uno ya tiene la vida totalmente estructurada y es raro que cambie de domicilio. El caso es que la veo sola, siempre sola. No creo que tenga pareja y, a pesar de que, como he dicho, cuando la conocí nada hacía sospechar que se quedaría sola, la realidad parece bien distinta. Todas sus amigas se casaron y ella acabó con una vecina de la calle, unos diez años mayor que ella, que corrió su misma suerte. Era calcado: todas sus amigas se casaron y ella no. Se llegó a decir que eran lesbianas; ya sabéis, la gente habla mucho y quizá seamos de una generación que esto no acaba de normalizar. Lo cierto es que ni lo sé ni me importa. Tampoco sé ni me importa lo que pasó con la amiga, que hace mucho que no veo. Igual al final encontró pareja y se fue, no sé, a vivir a otra ciudad. No quisiera ser fatalista.

Así que, como he dicho, pasados los 60 y tal vez los 65, la veo siempre sola. No sé si la soledad se busca o si uno se acostumbra a ella. No es la única ni la primera; incluso algunos aseguran que no sabrían compartir la vida con nadie, algo que, al menos yo, no entiendo. En las mujeres es raro, y mi experiencia reciente es que tienden a juntarse. Mujeres que no se conocían de nada en un viaje, una comida o cualquier otro evento hacen que se junten y que, a partir de ahí, planifiquen cosas juntas, aunque sean de ciudades diferentes. De hecho, he visto grupos de mujeres que están solas y que viajan solas, pero solo el primer viaje en el que coinciden; a partir de ahí, planifican los sucesivos juntas.

Los hombres lo tenemos más difícil. Primero, porque parece que no socializamos de igual manera. Viajamos poco y, cuando lo hacemos, lo hacemos solos. No solemos ir a talleres, ni charlas, ni nada de eso, donde el número de mujeres tiene una mayoría aplastante. Lo sé porque en estos momentos me está ocurriendo a mí, por circunstancias que no vienen al caso. El hombre es más de almuerzo. No se le hace tarde y, antes de las 9 de la mañana, por lo general, ya está zampándose un bocata y su vaso de vino. Después de la comida del mediodía, jugar a las cartas. Este parece ser el deporte del jubilado en este país. También está el dominó y alguna otra cosa, pero digamos que están en minoría. En cualquier caso, esto es normal, y no tanto ver a dos hombres juntos ir al cine o a cenar por ahí. Bueno, dos o más hombres, a no ser que sea alguna despedida de soltero. Que ahora no lo sé, pero antes siempre se acababa en un “puticlub”.

El caso es que la soledad es dura. Algunas veces no te das cuenta, pero otras te atenaza y te deja inmóvil, sin ganas de nada e incapaz de pensar.

Supongo que este es mi punto de vista y que, si uno lleva toda una vida solo, está acostumbrado y quizás hasta le guste la soledad. Si no le gustara, ¡qué fácil sería acercarte a esa mujer y proponerle un plan, salir a cenar, a pasar el día por ahí o a tomar un café y charlar sin más! Pero me temo que no todos buscan lo mismo. Algunos quieren y tienen ganas de volver a enamorarse. Otros lo ven imposible; los más buscan simplemente una compañía agradable y algunos simplemente quieren seguir solos. Y es que el ser humano es imprevisible. En cualquier caso, y a mi modo de ver, tan difícil es buscar compañía cuando te has quedado solo por alguna circunstancia reciente como adaptarse a una compañía circunstancial para aquel que ha estado toda una vida solo.

Es difícil, es difícil y mucho. Es mucho más fácil cuando empiezas la vida en compañía allá por los 20 años que querer forzar la marcha con más de 60. Ya sabéis, la ramita de un árbol joven se dobla, se amolda y es mucho más maleable. La de un árbol maduro, si la fuerzas, acaba rompiéndose.

En cualquier caso, la soledad existe. Buscada o no deseada, existe. Unos la viven mejor, otros peor, pero de lo que estoy seguro es de que, en los dos casos, en algún momento es perjudicial. Por eso hay un refrán, que dicen que los refranes son sabios, que dice que no es bueno que el hombre (refiriéndose al ser humano) esté solo. Aunque cada persona es un mundo, pienso que quien dice que no, miente. Puede estar más acostumbrado, pero seamos serios: bueno no es.

Etiquetas: relato costumbrista

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