Llevaba maquinando la idea en su mente por más de un mes. Como el Guadiana: intensa unos días, oculta y desaparecida otros. Pero ya estaba decidido. De hoy no pasaba. Sábado sabadete; le plantearía a su amorcito de una vez por todas lo que le había dejado caer tantas veces (unas de manera sutil, otras no tanto, pero todas fútiles hasta la fecha). Hoy sí. Con su plan bajo el brazo, con o sin pros, se lo iba a plantear y, miel sobre hojuelas, ponerlo en práctica.
¿La cena especial? Todo preparado. ¿El vino especialísimo que sabía que a ella le gustaba, a pesar de haber tenido que empeñar el reloj del tío Pancracio —que Dios tenga en su gloria— para comprarlo? Listo. ¿Las velas aromáticas, a pesar de ser del chino de la esquina y rogando que no se derritieran nada más prenderlas? Listas. ¿El CD con la música de ambiente, pretendidamente romántica, qué más da que fuera de un top manta? Listo también. Total: todo listo para la gran ocasión.
Como más o menos había previsto, la cena resultó un éxito y, ayudado por el vino, se atrevió a iniciar la conversación.
— Churri… —comenzó él—, ¿te acuerdas de aquella vez que me dijiste que podíamos hacer algo distinto… ya sabes dónde?
Ella lo miró con una mezcla de sospecha y curiosidad. Su rostro decía claramente: «ya sabía yo que este quería algo».
— ¿Qué tienes pensado, que te conozco? —replicó ella.
— Bueno, había pensado que quizás, si no te molesta, podríamos intentar hacer una… bueno, una película de nosotros mismos.
Al terminar la frase, la cara de él alcanzó el top cien del tono carmesí. Ella decidió jugar al descaro.
— ¿De nosotros? ¿Un reportaje? ¿Un documental de los usos y costumbres de una pareja promedio? ¿Qué tienes en mente? —preguntó intentando disimular la sorna.
«¡Maldita sea mi suerte!», pensó él, entrando en pánico. «¿Pero cómo le digo a esta mujer que lo que quiero es grabar una nopor
de producción casera con la cámara que me prestó el primo Ignacio? ¡Y que no se acuerde de pedírmela ahora, que se me acabó la película antes de haber empezado!».
— Bueno… —balbuceó finalmente—, yo pensaba más bien en algo más íntimo, más picantón… Ya tú sabes.
— Ah, ¿quieres que nos grabemos teniendo sexo?
Ella lo miraba conteniendo la risa, divertida por la situación.
— Vale, por mí sí. ¡Cuando quieras!
Él se quedó más mudo que Harpo Marx con laringitis pero, eso sí, con los ojos más abiertos que un personaje de anime japonés. Ni remotamente había pensado que ella se lo fuera a poner tan fácil, así que se quedó sin respuesta.
— ¿Puede ser ahora? —preguntó con más miedo que vergüenza, mostrando a la vez un pedazo de papel con sus cuatro apuntes febriles, a modo de guion improvisado.
— ¿Alguna idea, Mr. Spielberg? —inquirió ella, cargada de una ironía punzante.
— ¿Hum? Más o menos… Pero seamos más modernos: vamos a seguir la escuela de la improvisación —contestó él, pretendiendo seguir la estela de Tarantino.
Entonces empezó la superproducción.
Las luces de la habitación de pronto le parecieron escasas. No es que aquello pareciera la cueva de Luis Candelas, pero la luz de aquel cuarto, juntando la del techo y la de las mesillas, no iba a ayudarle con la cámara del primo Ignacio, más bien escasa en ese pequeño detalle llamado megapíxeles. Ahora que había conseguido que su amorcito cediera a su petición, no iba a dejarse vencer por una menudencia. Fue a lo que eufemísticamente llamaba «su despacho» (su mesita con su ordenador en el cuarto de desahogo y, con suerte, una silla) y desconectó la lámpara de estudio. Recordaba que tenía una bombilla con más potencia por algún lado y no cejó hasta hallarla. Vatios son vatios.
Con su tesoro de lúmenes allá se encaminó nuestro Orson Welles, decidido a hacer historia en el fascinante mundo del amor casero. Colocó el trípode que había rescatado del contenedor de restos (sin testigos, es de suponer, por eso del “qué dirán los vecinos”) y que, por casualidades de la vida, se ajustaba perfectamente a la cámara del primo Ignacio. Miró y remiró los distintos ángulos… bueno, el único ángulo, que aquello era una cámara fija y única. Pensó en contrapicados, planos picados y toda la serie de “picados” aplicables a su obra maestra hasta que asumió que, en aquel cuarto matrimonial tan estrecho, el único espacio, si acaso, era a los pies de la cama.
Ya estaba casi decidido a entrar en acción, con la coprotagonista sentada en la cama a medio dormirse por aquel vinito caro, cuando cayó en la cuenta del forúnculo calzoncillero que tenía como huésped desde hacía unos días. Iba a empezar de vuelta con el diseño de producción cuando pensó que cambiando su postura y poniéndose él en decúbito supino, en vez del “misionero forzado”, ayudaría a solventar ese pequeño obstáculo, aunque tragándose la vergüenza por su complejo de huevo de carnero colgante (no hay fama sin sufrimiento, pensó). Y allá se fue a pedir el cambio posicional a su churri, cuando esta le preguntó:
— ¿Y vamos a empezar así, sin preámbulo? ¿Tú no tenías un guion?
— Bueno, yo… si quieres podemos hacer que soy un extraño que llama a la puerta… El típico repartidor de butano.
— Sí, claro, el del butano. ¡Si nosotros tenemos gas natural! —contestó ella.
— Oye, si nos ponemos tiquismiquis… ¡Que es una escena casera, mujer!
— Ya… ¿y qué? ¿Empezamos así, a lo obvio? —espetó ella, empezando a sentirse incómoda y volviendo en sí de los efectos relajantes de la cena—. ¿Y cómo empiezo, José Mari? ¡Que sabes bien que a ti con los nervios para pasar de morcillona te cuesta un mundo!
— Ya salió el tema —respondió él, sintiendo que sus anhelos cinematográficos empezaban a esfumarse más rápido que un quitaesmalte de uñas—. Si es que no pones de tu parte…
A ella le pareció que el chiste ya había durado demasiado. Aunque dispuesta al principio a seguirle la rima, los tiempos infinitos tomados en preparar la superproducción y el famoso vino sufragado por el tío Pancracio, que en paz descanse, estaban pasando factura. Se levantó de la cama de un salto brusco, pero con tan mala fortuna que su pie quedó enredado en el cable de la cámara del primo Ignacio. Al querer zafarse, la cámara salió dando vueltas en el aire hasta estamparse en la ventana medio abierta, hizo un giro casi copernicano y voló a recorrer mundo siete pisos más abajo…
No sé qué quedó más destrozada: la susodicha cámara o el temple de nuestro Eisenstein del cine casero, viendo cómo sus expectativas (y parte de sus ahorros para compensar al primo Ignacio) se volatilizaban de aquella manera tan absurda.
Meses después de la catástrofe financiera de la cámara del primo Ignacio —al menos para su pírrica economía—, la mente calenturienta de José Mari no había claudicado; se había reconvertido. Asumiendo ya con resignación que en el séptimo arte él nunca iba a ser un D. W. Griffith, sino más bien el director del antiguo spot de la peluquería del barrio que ponían en las sesiones dobles del cine de verano, decidió abrazar el «cine de guerrilla». Su nuevo objetivo era rodar El proyecto de la bruja de Blair del nopor casero.
La oportunidad de oro llegó con una ola de calor sahariano de esas que obligan a abrir las ventanas de par en par a la espera de una brisa milagrosa que nunca llega. José Mari, que llevaba meses sufriendo en sus propias carnes los efectos del semen retentum venenum est debido a una alarmante sequía matrimonial, vio los cielos abiertos cuando ella decidió quedarse en la cama como Dios la trajo al mundo, al amparo de una gratificante oscuridad. Era el plan perfecto para sortear los complejos de su querida churri, que últimamente se veía más vieja y más gorda que nunca y andaba despegada de cualquier tipo de actividad erótico-festiva. «A oscuras todos los gatos son pardos y los defectos se minimizan», pensó José Mari, empezando a dar forma en su atolondrada cabeza a un nuevo disparate fílmico.
Con la minúscula cámara de visión nocturna que compró en el Rastro (¡nada de comprar online, que eso deja huellas y la churri es muy buena averiguando!) escondida entre el cuadro de la foto que se hicieron precisamente, no había otro, en la boda del primo Ignacio y un par de libros viejos, José Mari entró aquella noche de calor sofocante en el dormitorio con el sigilo de Arsenio Lupin. Iba más desnudo que un pollo desplumado y con un secreto en el organismo: una dosis doble de Viagra para enterrar el fantasma morcillón al que ella se había referido con tanta sorna en su fracaso cinematográfico anterior. Pero, bruto como a veces se volvía José Mari a la hora de hacer desarreglos y sin saber escoger nunca las dosis, aquello ya no era un apéndice; aquello se asemejaba más a una barra de pan de las de antes de ayer.
Al meterse en la cama haciendo equilibrios para no delatar las durezas súbitas, ella, buscando el lado frío de la sábana, tropezó a oscuras con semejante monumento. Sorprendida por aquel reencuentro con recuerdos más firmes de su juventud, y desinhibida por la complicidad de las tinieblas y la desnudez, a la churri le dio un vuelco el corazón cuando comenzó a tocarlo. Olvidó los complejos y, rememorando los primeros tiempos de novios, se dispuso a regalarle aquella mamada loca y desenfrenada que José Mari tanto echaba de menos… sin sospechar que en la esquina derecha, junto a la foto y los libros viejos, se estaba registrando todo para la posteridad.
José Mari no se creía lo que le estaba pasando. Por una vez, por fin, parecía que sus planes daban el fruto deseado. Pero no dejaría de ser él si, al rato, insatisfecho con la atención prestada por su churri y rememorando sus prácticas de juventud, no decidiera dar un giro dramático a los acontecimientos. Y cuando digo giro, es giro literal.
Haciendo acopio de una destreza inusitada en él, se fue moviendo disimuladamente, centímetro a centímetro, en una postura contorsionada para conseguir que ambos estuvieran concentrados en el sexo del otro. En su mente calenturienta, aquello no era un 69 clásico… ¡aquello era un 70! Ya fuera por el calor sofocante o por la oportuna sorpresa, el invento le encantó a la churri, que empezó a suspirar en un crescendo que, en el silencio de la madrugada, se estaba volviendo de lo más sospechoso.
Y como no hay crimen perfecto que esquive la ley de Murphy, la vecina loca del patio interior hizo su aparición estelar. Nunca se la veía ni en el portal ni en las juntas de la comunidad, pero bastaba que uno planificase una superproducción para que la buena mujer, en su desvarío térmico, decidiera salir a regar las macetas a las tres de la mañana sin importarle ruidos ni estruendos. No contenta con su imprudencia, la trastornada decidió estrenar también la linterna de última generación que le había regalado su sobrino y enfocó directo a la ventana de José Mari. El chorro de luz, más propio de un faro costero que de un aparato doméstico, entró en el dormitorio como el prolegómeno de una abducción alienígena, directo a la cámara de James Bond escondida junto al cuadro.
Con el traqueteo de la proeza anatómica del «70», la tensión ya estaba al límite, pero el golpe de gracia llegó con el rayo de Odín repentino que inundó el cuarto. Al verse iluminada de golpe en mitad de su éxtasis, la churri, en un pavoroso acto reflejo de pura vergüenza y susto, cerró la boca por sorpresa. Olvidó por completo lo que tenía entre dientes e hincó el colmillo en lo que hasta hacía un segundo era pan duro y ahora pasaba a ser pan zocato.
El alarido se oyó hasta en los extrarradios. José Mari, cuyo sueño dorado era ser director de cine, acabó irónicamente entrando en la historia anecdótica de su barrio con un grito Wilhelm pasado de decibelios en mitad de la noche.
Otro rodaje frustrado… —pensó más tarde José Mari, mientras se aplicaba con mimo una bolsita de guisantes congelados en su maltrecho miembro y consolaba a su mujer por el tremendo susto—. «Al menos no ha descubierto la cámara… Volveré a intentarlo».
OPINIONES Y COMENTARIOS