Perdí tiempo,
perdí recuerdos,
perdí sueños,
perdí la razón.
Perdí un poco de lo que me definía, un poco de mi moral, dinero,
pero sobre todo perdí paz; ahora llega la enfermedad
y, como siempre, nos demuestra que ante la muerte nadie puede ganar.
Me parto la mente tratando de entender: si somos tan poco,
¿por qué vivimos creyéndonos tanto?
Duele saber que somos impotentes ante la viabilidad de la vida,
seres que vivimos en una roca flotando a la mitad del espacio,
dependiendo de la fuerza de la gravedad para no dejar de existir.
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