La siguiente narración es una adaptación de una leyenda del Tolima, empleando voces del casi desconocido idioma de los pijaos, aborígenes que habitaban esa tierra a la llegada de los españoles.
Los nyime (niños) gemelos permanecían muy cerca de su ueño (abuelo). El aire era frío y la toli (niebla) descendía lentamente desde las montañas. Más allá de la luz de la fogata, los árboles parecían gigantes inmóviles y las sombras se confundían unas con otras. Estaban sentados junto al nuhugi (fuego).
Uno de los niños levantó la vista.
—Ueño, ¿es verdad que en las montañas viven espíritus?
El viejo sonrió. Chupó dos veces su tenu (tabaco). Miró hacia la oscuridad y luego respondió:
—Algunos viven en las montañas. Otros viven en la memoria de quienes los recuerdan. Y otros, mis nyime, viven en las historias porque los dioses así lo quisieron.
Los gemelos intercambiaron una mirada.
Ya conocían aquella voz. Era la voz que anunciaba una historia.
El anciano acercó una rama al fuego y observó cómo las llamas crecían un poco.
—Voy a contarles la historia del cazador que nunca pudo detenerse.
Los niños guardaron silencio. Y el viejo comenzó.
—Mucho antes de que ustedes nacieran. Mucho antes de que yo naciera. Mucho antes de que los caminos atravesaran estas montañas y de que los hombres olvidaran el nombre de algunos dioses, vivía un oreme (hombre) en las alturas del Kumej Anosia.
“Habitaba una nases (casa) pequeña construida entre peñascos y árboles retorcidos. No tenía familia cercana. No tenía amigos. Algunos decían que ni siquiera tenía calina (amigo), porque había pasado tantos años solo que había olvidado cómo aveki (hablar) con las personas.
“Vivía únicamente para cazar. Y cazaba demasiado. No perseguía animales porque tuviera hambre. No perseguía animales porque necesitara alimento. Los perseguía porque disfrutaba hacerlo. Eso era lo que más preocupaba a la gente.
—¿Era malo? —preguntó uno de los gemelos.
—Muy malo —respondió el abuelo—. Hay hombres que matan para vivir. Ese hombre vivía para matar.
Los niños se acercaron un poco más al fuego.
—Siempre iba acompañado por un kajírre (perro) enorme y oscuro. Atravesaba barrancos, cruzaba ali (quebradas), caminaba junto a los kumej (ríos) y recorría las serranías durante días enteros. Conocía cada sendero y cada piedra. Ningún animal estaba seguro cuando él salía a cazar.
El anciano guardó silencio un momento. Luego continuó.
—Los dioses observan muchas cosas. Observan a los hombres cuando creen estar solos. Observan cómo tratan la tana (agua), cómo respetan los bosques y cómo cuidan las criaturas que fueron puestas sobre la tierra. Y aquel cazador había olvidado todo respeto.
“Una noche de luna llena, cuando la taiba (luna) iluminaba los caminos y el aire estaba limpio, llegó la celebración de Amulacayé. Los habitantes de la región descendieron de las montañas. Los oreme, las margure (mujeres), los nyime, los ueño. Todos acudieron para agradecer la cosecha y recordar que la concordia vale más que la fuerza. Y para sorpresa de todos, también llegó el cazador.
“Entró en el templo. Se sentó solo. Y nadie quiso sentarse a su lado. No porque tuviera aspecto terrible, sino porque las personas llevan en los ojos lo que hacen durante la vida.
“Y los ojos de aquel hombre estaban llenos de muerte.
“Mientras los demás guardaban silencio y pensaban en los dioses, el cazador comenzó a aburrirse. Miró las paredes, miró el techo, miró las puertas. Y entonces lambari (miró) hacia una ventana.
“Allí estaba, pastando tranquilamente junto al bosque. Era un venado turrute (pequeño). Pero, también era munyarco (bonito).
“Su pelaje parecía brillar bajo la luz de la luna. Y sus ojos tenían una extraña tranquilidad.
—¿Era un espíritu? —preguntó uno de los niños.
El viejo sonrió.
—Eso dicen algunos.
—¿Y tú qué crees?
—Yo creo que los dioses nunca hacen las cosas sin motivo.
Los niños quedaron satisfechos con aquella respuesta.
El abuelo continuó.
—El cazador olvidó inmediatamente dónde estaba. Olvidó la ceremonia. Olvidó a Amulacayé. Olvidó a los hombres y a las mujeres. Solamente pudo pensar en una cosa: atrapar al venado.
“Tomó su arma, silbó a su perro y salió corriendo. El venado huyó. Primero avanzó despacio. Luego, más rápido. Después desapareció entre los árboles.
“El cazador corrió detrás de él. Su kajírre corría detrás del cazador.
“Y la montaña observaba.
“Subieron senderos cubiertos de hojas. Atravesaron una ali, saltaron sobre grandes tape (piedras)… cruzaron bosques donde la toli apenas permitía ver unos pasos adelante. Pero el venado seguía apareciendo. Siempre cerca. Siempre visible. Siempre fuera de alcance. Cada vez que el hombre creía alcanzarlo, el animal reaparecía unos metros más adelante.
“Y el cazador seguía corriendo. Horas, días… tal vez más. Nadie lo sabe. Lo único seguro es que jamás regresó.
“Los habitantes del poblado lo esperaron durante muchos chíu (días). Luego dejaron de esperarlo. Pasaron estaciones enteras. Pasaron años.
“El bosque permaneció en silencio, hasta que comenzaron los rumores: un viajero aseguró haber escuchado un disparo en medio de la niebla. Otro juró haber oído el ladrido de un perro durante la koko (noche), aunque no había ninguna vivienda cerca. Más tarde aparecieron otras historias.
“Unos escuchaban pasos. Otros aseguraban distinguir una figura corriendo entre los árboles. Siempre la misma figura. Siempre persiguiendo algo invisible.
—¿Y era él? —preguntó uno de los gemelos.
—Eso dicen las historias.
—¿Y el perro?
—También corre.
—¿Todavía?
—Todavía.
Los niños guardaron silencio.
Por primera vez parecían un poco inquietos.
El anciano observó cómo las llamas del fuego se movían lentamente.
Luego bajó la voz.
—Los más viejos dicen que el venado era un enviado de los dioses. Dicen que fue una prueba. Una última oportunidad para que aquel hombre eligiera entre la violencia y el respeto.
“Pero eligió mal. Y los dioses lo condenaron. Por eso sigue corriendo. Por eso nunca alcanza a su presa. Por eso sus disparos todavía resuenan en las montañas cuando la niebla cubre los senderos. Porque algunos castigos terminan con la muerte. Pero otros continúan después.
Uno de los niños tragó saliva.
—Ueño…
—¿Sí?
—Si alguna vez escuchamos esos disparos, ¿qué debemos hacer?
El viejo sonrió lentamente. Miró las montañas ocultas por la niebla y respondió:
—Quedarse junto al nuhugi.
Los dos niños se acercaron todavía más al nuhugi.
—¿Y si vemos al cazador?
—Entonces no lo sigan.
—¿Y si vemos al venado?
El abuelo volvió a chupar su tenu. Las brasas iluminaron su rostro. Y durante unos instantes pareció escuchar algo lejano entre los árboles.
—Si ven al venado —dijo finalmente—, salúdenlo con respeto. Porque tal vez no sea un venado.
La toli descendió un poco más sobre la montaña. Nadie habló durante varios momentos. Solo se escuchó el crepitar del fuego. Y aunque ninguno de los gemelos quiso admitirlo, aquella noche ambos durmieron más cerca que nunca del ueño.
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