El Antropólogo

El Antropólogo

ppfluger

23/06/2026

Desde niño a Juan Carlos le gustaban los libros sobre culturas perdidas en el tiempo, leía todo lo que estaba a su alcance sobre el tema, en especial sobre los aztecas, tenia predilección por los mismos, y no dejaba de jugar ningún videojuego que los tuviera como protagonistas.

A pesar de que vivía en el sur de la Argentina y lo separaba un semicontinente, la América Central, de ellos, quienes vivieron, hasta su desaparición a manos de Hernán Cortez, en el actual México.

Sus padres, ella Margarita, profesora de Historia, y él Melandro, profesor de Matemáticas, trataban de que se apocara a los egipcios sobre los cuales había mucha mayor documentación desde que John Carter descubriera la tumba de Tutankamon, o a los Incas que estaban mucho más cerca y podría algún día darse una escapadita por aquellos lares. Pero algo recóndito en sí mismo lo atraía hacia sus personajes de ensueño.

Cuando paso a la secundaria, eligió el bachillerato porque desarrollaba un conocimiento universal, no como la escuela de comercio o la técnica, desde allí podría encauzarse hacia cualquier carrera de humanidades, en particular la historia o la antropología.

Le agradaban las conversaciones con sus padres, con su mamá podía explayarse a gusto sobre la historia y la cultura de los aztecas, y con su papá podía hablar sobre los conocimientos y alcances científicos que habían tenido sus queridos nativos americanos. A su ver y como lo demostraban sus padres había mucha relación entre historia y matemáticas con respecto a los aztecas.

Al recibirse de bachiller se decidió por la Universidad Nacional de Trelew, no se alejaría mucho de la casa paterna ya que residiría en la misma provincia; y podría estudiar Antropología; en vez de investigar a fondo la historia de sus admirados, estudiaría su cultura viva por más que estuviera perdida en el tiempo.

Sus intereses se fueron conociendo en la facultad a medida que iba avanzando en sus cursos, terminando su grado con un encomiable 9,30 y una proposición de profesor adjunto en la catedra de cultura Hispanoamericana.

A pesar de que no otorgaba demasiado tiempo a las relaciones sociales si lo tuvo para afilar con Daniela, una joven profesora adjunta de la asignatura Introducción a la sociedad. Era una muchacha despampanante con sus largos y lacios cabellos color azabache y ojos esmeraldas, a quien vaya a saber porque deslumbraba con su erudición sobre los aztecas.

En el alba luego de una noche de fin de semana, después de hacer el amor, Daniela le trajo el desayuno a la cama a Juanca mientras le decía al pasar: “Te enteraste de la beca por un año que ofrece la Universidad Autónoma de Mexico, es para profesores de habla española de todo el mundo. Pretende profundizar los conocimientos sobre los mayas y aztecas”

La primera hora del lunes lo encontró a Juan Carlos rellenando una ficha para la beca, la que daría lugar a un concurso en Ciudad de Mexico, al cual el debería trasladarse por sus medios, ya que la misma no incluía gastos de transporte.

En menos de dos semanas se había hecho una plaza en el profundizamiento de sus estudios. Dado que una de las finalidades que perseguía el curso era conocer y relacionarse con personas de la misma profesión e intereses de otras latitudes, le toco como coequiper a Sandra una morena y menudita antropóloga de Belice. Mientras compartía habitación con otros dos antropólogos, uno estadounidense y el otro español.

Pasados unos meses Juan y Sandra comenzaron a congeniar en otros aspectos además de los doctos. Pasaban algunas noches en un motel fuera del campus, en las que profundizaban sus conocimientos mutuos. El le dijo que a temprana edad sus padres incentivaron su acercamiento hacia las civilizaciones perdidas; ella a su vez le contó que era una descendiente directa de los aztecas, y que quería conocer más a su pueblo ancestral para poder ayudar a su progenie en los tiempos actuales.

Ya pasado el medio año de estudio comenzaron las expediciones, primero a lugares reconocidos, un día de viaje cada dos semanas, luego a lugares más ocultos y doctos.

En uno de estos últimos el colectivo en el que viajaban a una zona cercana a la frontera con Bélice fue asaltado por una turba de lugareños y Juan Carlos y Sandra secuestrados. Juan creyó que se trataba de una respuesta hacia la intromisión externa sobre los lugares locales, pero no lograba entender porque lo habían elegido a ellos para tal acción.

Fueron presentados maniatados y con los ojos vendados al anciano lider de una tribu indigena en medio de la selva tropical. Cuando les aflojaron las ataduras y las vendas pudo observar con asombro que a pesar de que los nativos vivían en sus ancestrales chozas, sin embargo vestían ropas modernas, e incluso sin saber para que, había una bicicleta apoyada en la tosca pared de una de las chozas.

El anciano hablo en una media lengua gutural, en la que Juan creyó encontrar vestigios de la lengua madre azteca, con gran esfuerzo por parte de Sandra, esta iba traduciendo lo que decía el lider. Le dijo a Juan que luego de una opipera comida iban a tener la oportunidad de interiorizarse sobre la cultura azteca, luego de lo cual el viejo lanzó una gran y estentórea carcajada.

Les dieron a comer frutos maduros y granos machacados con leche de cabra y a Juan le dieron una bebida suavemente agridulce que embotó sus sentidos.

De esta manera lo trasladaron hasta la base oculta de una troncha pirámide escalonada que resentía del tiempo, en el medio de la cual se encontraba un altar de sacrificios.

A Juan le llamó la atención no ver a Sandra, a pesar de sus vahídos no había perdido del todo la orientación. Un rato después la vio aparecer con corpiño y bragas de oro mallado y una larga capa de piel de leopardo, descalza , portando una copa de madera llena de un liquido parduzco; la seguía el anciano lider portando una esterilla con un gran puñal de mango y hoja de brillante y pulida obsidiana.

A pesar de sus nublados sentidos se dio plena cuenta de que ella lo iba a matar en un sacrificio ceremonial ancestral. Ella le tendió la copa diciéndole que lo que le iba a pasar era en bien de su pueblo, que el curso al que había sido convocado era para seleccionar al extranjero que mayor entendimiento y comprensión tenía de la cultura azteca y que él había sido elegido para ser ofrecido a los antiguos dioses para que estos siguieran protegiendo a su pueblo a lo largo de su camino.

Al ver que él se negaba a beber la copa ella hizo una señal a dos corpulentos acompañantes que lo aferraron y le abrieron la boca para que ella deslizarse el liquido por su garganta. De pronto la sacerdotisa, aún con la copa en la mano, abrió grandemente sus obscuros ojos al observar la transmutación etérea de Juan, cubriéndole su cuerpo la figura del principal Sumo Sacerdote azteca que había vivido y muerto hacia más de quinientos años,

El anciano, que era el sumo sacerdote de la aldea, y Sandra la sacerdotisa que era hija de este, lo supieron distinguir al instante postrándose ante él. Juan Carlos, quien en verdad era la reencarnación del gran Sumo Sacerdote que supo guiar a toda una civilización, miró a su alrededor con ojos electrizantes, y lentamente fue levantando su puño con su indice extendido en dirección de Sandra, a ella se le erizo la piel y cerro los ojos, su padre lanzó un gemido y cayó de rodillas ante Juan, pero la elección estaba hecha.

Los dos fornidos acompañantes que habían obligado a beber el brebaje a Juan, esta vez la sujetaron fuertemente a Sandra y la acostaron sobre el altar de sacrificios, esta vez no hubo ningún brebaje.

Haciendo una señal Juan Carlos atrajo hacia si al anciano con su esterilla y puñal, sus pasos eran involuntarios. Tomo el cuchillo desde el mango con ambas manos lo levanto firmemente por sobre su cabeza; y mirando los ojos de Sandra recordó los momentos en los que retozaban en aquel motel.

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