En los días nublados, esos que exhiben nubes amenazantes y oscuras, me trasladaba a un refugio cercano: la playa del Chivo, lugar tranquilo del este de La Habana.
Me gustaba sentarme en el límite entre el mar y la tierra, la costa; sin arena, donde las rocas y las piedras eran el paisaje dominante. Allí podía descansar de las algarabías de la ciudad. Me acostaba mirando el cielo y sintiendo el agua en su ir y venir. El pasar de las gaviotas.
Era el sitio ideal para pensar. Un día de los tantos que fui, pensé que es muy difícil dejar de pensar. Un pensamiento seguía a otro, como trenes de pulsos recorriendo algún circuito digital invisible. Hasta me imaginé conectado a un osciloscopio para medir aquellas señales errantes. La ocurrencia me hizo sonreír. Cosas de técnicos y de la electrónica, me dije a mí mismo.
Pero aquella mañana me sentía solo y acompañado, alegre y a la par atormentado. Silencioso y conversador. Mi voz interior se modulaba casi igual que cuando hablo con otros, como si alguien, dentro de mí, ensayara siempre un diálogo.
Entonces una pregunta comenzó a sobresalir entre todas las demás: ¿Era yo quien hablaba, o simplemente quien escuchaba?
El que hablaba, rió alto. El que escuchaba fingió no haber oído sus risas. ¿Éramos dos conversadores?
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