Él le sacaba veinte años, pero, en aquel entonces, la diferencia era solo un número que se diluía en la intensidad del momento. Ella vivía el sexo con una libertad que para él supuso una auténtica sacudida. Ella era una bomba, y él estaba perdidamente enamorado, como un chaval de dieciséis años.
Él, un hombre casado con la compañera de toda su vida, estuvo a punto de romper con todo por ella. Llegó a planteárselo seriamente, pero ella no respondió, guardó silencio. Poco después, la realidad le estalló en la cara: ella salía a escondidas con un chico de su misma edad. Algo que, por otra parte, era totalmente normal; pero, si existía confianza, debería habérselo dicho. ¿Por qué jugaba con dos barajas?
Un día, él reventó. Se la llevó en el coche a un lugar apartado y solitario. Fue un encuentro a solas, sin un ápice de violencia, pero cargado de una decepción profunda que le dejó bastante tocado. Él le mostró su enfado, su frustración y esa tristeza amarga de quien se siente traicionado después de haber estado dispuesto a darlo todo.
Con el desengaño pesándole como una losa, decidió apartarse de su camino. No por falta de ganas, sino por pura dignidad. En el fondo, le habría importado poco seguir adelante si ella hubiera mostrado otra cara, si hubiese sido sincera con él aquella vez.
Quizá fue la única vez que le mintió, pero tras la confianza y complicidad compartidas, nunca debió haber ocurrido.
Parece que el impacto fue profundo. Como consecuencia y sin saber muy bien por qué, el otro chaval también rompió con ella, aunque él nunca supo los motivos, ni realmente le importaban.
Fue entonces cuando ella también se quedó sola.
Pasado un tiempo, empezó a salir con un chico joven que, de puro bueno, resultaba un panoli. A él también lo dejó tirado poco después, y aquel muchacho nunca volvió a ser el mismo.
Tras aquello, ella desapareció de la ciudad. Él supo por terceros, y bastante tiempo después, que vivía fuera, bastante lejos, con su familia, que resultaba un tanto trashumante y que regentaban un negocio.
Después llegó el silencio total. Durante más de veinte años solo supo de ella, por un rumor lejano, que se había casado con un hombre también mayor que ella y que tenía dos hijos.
El reencuentro con el presente fue inesperado. La primera vez que volvió a verla, ella empujaba una silla de ruedas; no parecía nadie de su familia y él pensó que, quizá, se ganaba la vida cuidando ancianos. Tiempo después volvió a cruzársela en un evento multitudinario, esta vez acompañada de unos adolescentes que debían de ser sus hijos.
Del marido no sabía nada, pero al curiosear en sus redes sociales, comprobó que ella seguía tan fantasiosa como siempre.
No mencionaba su estado civil, manteniendo ese silencio mientras vendía ideas maravillosas, con las que, a pesar de predicarlas, nunca llegó a comulgar de verdad. Ella es guapa; siempre lo fue y lo sigue siendo. Sigue siendo muy mona, aunque con unos kilitos de más. Una vez más, la apariencia formaba parte de su manera de vivir: la foto de su perfil en «redes» no se correspondía con la realidad. Era como si la imagen fuese de años atrás y, en ese tiempo, hubiera ganado peso, pues siempre tuvo cierta tendencia a ello.
A pesar de la edad, y seguramente con más achaques que ella, él se veía mejor físicamente; de fachada, al menos.
Cuando el evento terminó y la multitud empezó a dispersarse, él pasó tan cerca de ella que incluso pudo notar su aliento. Su voz resonó en su mente sin llegar a distinguir qué decía; esa voz que un día le había sido tan familiar. Por un instante, pensó en detenerse, girar la cabeza y preguntar: ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de mí?
Pero no lo hizo. Siguió caminando entre la gente mientras sentía cómo los ojos de ella se clavaban en su espalda. Sin volverse, tuvo la certeza de que aquella mirada era real. Tal vez ella también estuvo a punto de cortarle el paso y encontrarse cara a cara con él, pero eso nunca lo sabremos.
Y ahora os pregunto a vosotros: ¿Qué hubierais hecho en su lugar?
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