La conferencia

Ese día me levanté con el ánimo de una diosa griega, a fuerza viva. La noche antes había metido los dedos en mis miserias un par de veces. Leí un texto al que llevaba días enganchada. Tomé la prensa francesa con el e-book en la mano y preparé un americano doble. Al terminar la rutina de rigor, revisé las notificaciones. Por casualidad, uno de los correos institucionales vaticinaba aquel desastre: el viernes sería tu conferencia. Para mi sorpresa, hablarías de «El papel de las mujeres en la academia».

¿A quién se le ocurre semejante barbaridad?, pensé.

Miré fijamente la estructura tragicómica del email y lo deseché con ironía. Me quedé pensando en el acontecimiento. Quería abortar todas mis desgracias. No obstante, tenía que hacerles frente. Al día siguiente sería lunes. Casi toda la semana con el evento enquistado en la cabeza.

—¡Ya basta!, tienes que plantarle cara.

Me ubiqué en primera fila, a propósito. Esperé menos de una hora hasta que apareciste encorbatado, metido en un flus rancio de medio pelo. Te observé fijamente, queriendo apuñalarte con la mirada. Tú, que siempre restregaste tu presencia para fastidiarme, ese día no hiciste nada. Me ignoraste.

Tu silueta vulgar ocupó todo el escenario. Iniciaste el parapeto hasta que, por fin, tuviste la valentía de mirarme de frente, como suplicándome:

«No digas nada, por favor. Ni se te ocurra».

Al darte el turno de palabra, te paraste a un lado del decorado. Con la mirada hundida y una seguridad mediocre, te atreviste a hablar de «patriarcado», de «mujeres», de «inseguridades». Exploté de risa. Todos me miraron.

—Perdón, dije en tono burlesco y con una sonrisa magullada entre los labios.

Continuaste tu discurso al filo de mi reacción.

—La vida académica está repleta de desigualdades. Nueve de cada diez mujeres han sido víctimas del mansplaining, aseguraste de forma tajante.

Volví a reír sin reservas, esta vez con acento psicótico. 

Los presentes voltearon a verme de forma amarga y sisearon en silencio. Clavaste tus ojos en mi cuerpo distendido y luminoso en medio del escenario. Proseguí con las risotadas mientras me iba acercando, cuando de pronto un oficial de seguridad ordenó mi retiro.

—Está bien, alcé la voz casi gritando.

El auditorio entero se posó sobre mí y, cual portazo de Nora, vociferé a los cuatro vientos:

—¡Cabrón! ¡Mamagüevo!

La gente cuchicheó al unísono:

—¿Qué le pasa? ¡Se volvió loca!

El guardia forcejeó.

—Me voy, pero que sepan todos que en los últimos años no has hecho otra cosa que hacerme sentir miserable. 

—¡Deberías callarte!

Cogí a aquel hombre de casi 1.80 de estatura de los brazos, zambullida en carcajadas.

A pesar de que me quedé sin trabajo, cometí el mayor acto de liberación del mundo, ese que llevaba meses planificando.

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