Cachitos de Vida

Era el 1 de enero de 2026…
Parece que fue ayer cuando hablábamos del nuevo siglo o del «efecto 2000», aquel que iba a hacer que los aviones se cayeran o que todo dejara de funcionar. Por cierto, lo único que sé que dejó de funcionar fue un videocasete VHS de un compañero de trabajo; no hubo manera de que volviera a arrancar. Pues bien, de aquel inicio de siglo ya han pasado 25 años. Es decir, un cuarto de siglo.

Parece que fue ayer cuando, dos años después de llegar el siglo XXI, un 1 de enero fui a sacar dinero en euros al cajero del banco. Eran unos billetes que nos parecían de juguete y que tenían muchos colores. El tiempo pasa casi sin darnos cuenta. O sí…

Seguro que muchos de los que visteis anoche Cachitos de hierro y cromo recordaríais momentos de tiempos pasados. Claro que, para eso, había que estar inmerso en el programa; evidentemente, si estabais de fiesta y en pleno bullicio, lo más probable es que no os enterarais, excepto de algo suelto y efímero.

Yo anoche tuve la ocasión de verlo solo; tenía toda la casa para mí y todo el tiempo del mundo. Eso hizo que me diera cuenta de lo acertado de su nombre: «Cachitos», que bien podrían ser cachitos de vida de cada uno de nosotros.

Yo soy lo que dicen ahora un «boomer», ya jubilado, y quienes visteis el programa os daríais cuenta de que debajo de cada actuación aparece la fecha. Ni que decir tiene que muchos de los protagonistas ya no están entre nosotros. Aunque los «millennials» no tengan ni idea de quiénes fueron, para algunos como yo marcaron momentos importantes, cachitos de vida inolvidables.

Con cada fecha que aparecía, junto con la música que sonaba, recordabas tiempos ya muy lejanos; en mi caso, de hace más de medio siglo.

Recordé el año en que me puse a trabajar. A trabajar con salario, claro. Porque entonces los padres te «reclutaban» en cuanto llegaban las vacaciones escolares para trabajar en el negocio familiar o en el campo. Cualquier ayuda era buena y nosotros creíamos que habíamos venido a este mundo para eso. Que ayudar a la familia era una obligación: ellos nos daban la vida, un lugar donde vivir y todo lo necesario para subsistir, sin caprichos, claro. Nosotros, a cambio, dábamos nuestro trabajo desinteresado. Sin más.

Cuando por fin podías trabajar con salario, este lo entregábamos íntegro en casa para que los padres lo administraran.

Tuvimos también nuestros buenos momentos. Antes de que me fuera a la mili empezaron a brotar las discotecas como hongos. Esa música, junto con la fecha, me hizo recordar aquellos domingos por la tarde. De 18:00 a 22:00 horas era la hora punta de la discoteca. Nunca vivimos la noche como ahora, excepto en alguna ocasión muy especial en la que había locales abiertos hasta las tres de la madrugada, que era el máximo permitido, y se respetaba.

También sonó, junto a la fecha, la música que escuchaba en la mili. Esa cosa de la que los boomers hablamos tanto y que los millennials nos recriminan y desprecian sin conocerla. Una mili que no es más que un reflejo de la vida misma, donde cada uno la vive de manera diferente.

Yo tuve la «mala suerte» de que me tocó lejos, en otro continente. Fueron trece meses y medio que, con el paso del tiempo, te das cuenta de que no fueron una mala suerte, sino un privilegio.

Sonó música y apareció la fecha del año en que regresé y del año en que me casé. Música de trabajo, de muchas horas. Aun así, tuvimos la suerte de comprar y tener vivienda propia; ahora parece que eso es imposible para los jóvenes.

Por suerte disponíamos de trabajo: dejabas uno y al día siguiente estabas en otro. Yo, como muchos, cambié algunas veces buscando siempre mejorar. Muchas veces doblé turnos. Trabajé sábados, domingos, festivos e incluso Navidad, Año Nuevo y Pascua.

Trabajé muchas veces desde las 6:45 hasta las 21:00 horas. Y a veces, por trabajar con materias perecederas, volvíamos a las 22:00, con solo una hora para cenar, hasta la una de la madrugada, cuando al día siguiente, a las 6:45, tenías que fichar de nuevo.

Si realmente nos contaran por horas en lugar de por días, nuestra vida laboral seguro que cambiaría.

Así fue mi vida. Cambié de empresa y de sector, pero el cerámico también tenía sus turnos y sus averías, que a veces te retenían desde las 14:00 horas hasta las tres de la madrugada. Y, por supuesto, también con sus sábados, domingos y fiestas de guardar ocupadas.

Sonó la música de moda de aquella época en la que llegabas a casa a las tres de la madrugada y tenías la cena fría porque tu esposa ya se había acostado.

Música y año de cuando nació mi primer hijo. Recuerdo tenerlo en brazos junto a una pequeña estufa, mientras la sala de estar estaba en otro cuarto distinto del que ocupa ahora.

Música que apenas conozco porque eran tantas las horas de trabajo que tenías poco tiempo para nada. Pero salimos adelante. Poco a poco, la cosa fue mejorando y nos podíamos permitir algún pequeño capricho. Esa fecha y esa música también me lo hicieron recordar anoche.

Recordé también la llegada de mi segundo hijo. Nos volvía a dar vida. Todo había cambiado desde el primero hasta el segundo, que tardó más de lo previsto en venir.

Muchas de estas cosas ya no están. Como muchos de los seres queridos o de los cantantes que vimos ayer. Algunos nos han dejado, igual que lo haré yo tarde o temprano. Es ley de vida.

Los hijos ya no están en casa; tienen su vida, la que han decidido, como hicimos nosotros un día.

Así pues, en la soledad de la casa, veo los «Cachitos», que más que de hierro y cromo son cachitos de vida de muchos de nosotros. Al verlos y recordarlos, hacen que alguna lágrima se deslice silenciosamente por nuestras mejillas, irremediablemente.

Etiquetas: reflexión personal

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