La casa

Después de un templado día donde el sol rabiaba llegaba una fresca noche, en la casa del frente salía una estrellita y se veía como un cuadro de los de antes, la casita verde y la estrellita encima, siempre cuando me despedía de “los dos” en la madrugada yo la podía ver, era como los que hablan de doble moral pero una realidad que no me abrumaba, esa estrellita de la madrugada “la gran Nashira” era la luz en medio de ese cielo oscuro, Nashira también fue compañía en tiempos difíciles cuando salía de casa por las noches y madrugadas a regar el jardín de la terraza brotaban cristales de mis ojos eran unos aislados cristales salados; ellos regaban el jardín que estaba y que nunca existió, unas lágrimas que eran cristales porque eran muy valiosas para mí, porque yo siempre he sabido lo mucho que valgo. La estrellita brillaba en el cielo bastante oscuro, a veces veíamos el amanecer en una parranda a son de vallenatos viejos con “los viejos” y con los “nuevos” escuché historias de dos familias, los relatos de una no se acercaba nunca a la otra, cada una tenía su esencia, cada una tenía su razón, sus peros, sus paras y sus porques, sus aciertos y sus desaciertos, “la gran Nashira” conocía mi corazón, cuando la miraba alucinaba con una fatula comparaba todo lo que pasaba, Nashira y yo en las madrugadas nos acechaban las risas, los gritos de los borrachos y de los “volados chirreteros”; vaya que pueblo; nadie conocía a nadie, todos nos conocíamos a todos.

Un día la vestí de blanco y así a seguido hasta hoy, los acabados no eran para nada prolijos, pero era la identidad que todos siempre queremos tener, entonces la llamé “Identidad”, “Identidad” comenzó a ser mi consuelo y mi refugio abrigando alegrías, momentos, penas, amores y olvidos.

Después de ver a Nashira podías entrar a Identidad, de la terraza se llegaba a la sala bastante larga y con un piso que no se podía trapear, una cocinita pequeña hecha de madera que olía a viejo, no era un sándalo ni una Miss Dior, era una madera acompañada de unos lindos roedores que entre las niñas “ellas y yo” atrapamos, Luna montada en una silla llorando con una linterna vieja, obligada a ayudar en el asunto , Juliana y Victoria, como siempre casi igualitas revoloteaban la casa atrapando con una chancleta a esos amigos que no eran míos, pero a los cuales llegamos a ocupar su territorio, los deshabitamos y no fue nada fácil, que crueles fuimos porque ese era su lugar, esa es una dede aquellas viejes historias, luego llegó un amigo perruno nuestro amado “Max” recomendado por el psicólogo para que Viky quemara energías, un gran compañero fiel de batallas, el día que se fue no olvido las palabras de Tory: “Max tu eras lo único que me quedaba de mi Familia”, “Max eras mi mejor amigo tu conocías mis secretos y los de mi familia”. Adiós Max…

Una sala que transformamos y una bella cocina cómo siempre la quise de color negro y con un nombre: “La Isla” yo quería cocinar viéndolas correr, quería verlas de frente y que ellas me vieran a mí y por eso esa cocina es lo que más amo de Identidad, pero la cocina la terminé cuando ya ellas no estaban pequeñas, no me alcanzó el tiempo para disfrutar la cocina del todo, me regocija saber que quedan los recuerdos bellos de verlas correr y jugar al escondido “todos” nos escondíamos en la cocina, crear su planchón fue un trabajo en equipo e inmensurable, correr tras de Tory de un lado al otro en la Isla era un desafío, me convertí en una obsesionada con la casa, que cada día algo había que arreglar de la casa, ahora es un lugar bello, está completa, ya está lista con sus pisos, cielo raso, esta hermosa, pero está vacía.

“Identidad” porque ahí la historia de amor se cristalizó, los momentos valiosos se forjaron, la infancia valiosa de mis hijas, la separación de mi historia de amor, la muerte de Max, la vida de un nuevo amor y el crecimiento de la nueva mascota Jaspér, la llegada de la gata Yule y cuando llegó la despedida de Identidad, no se pudo hacer fácil.

Me fui de “Identidad” como promesa de mi nueva vida, partí y te dejé sola, fueron meses que te iba a visitar, me colocaba a llorar cómo si no hubiera un mañana, no quería que nadie viviera ahí y también tenía miedo de que si tenía que volver estuviera ocupada, así que fueron meses sin que nadie te pisara por dentro sólo yo. Nunca más he podido ver a la gran Nashira, quizás algún día cercano pueda ver nuevamente ese cuadrito, con una vaga escena romántica de esas de las que me describen, veo tus rincones “Identidad”, te veo sola, llena de recuerdos, grande y vacía; te extraño Identidad.

Tal vez llegó la hora de volver a casa, tal vez es la hora de buscar a tiempo mi identidad antes de que la pierda.

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