El aburrimiento es una de esas formas discretas del tiempo. No duele como la tristeza ni arde como la pasión; simplemente se instala. Las horas siguen avanzando, pero parecen hacerlo con una lentitud sospechosa, como si el reloj hubiera decidido burlarse de nosotros.

¿Qué hace uno cuando está aburrido? La respuesta inmediata suele ser buscar distracciones: una pantalla, una conversación, una caminata sin destino. Sin embargo, el aburrimiento tiene una extraña virtud. Nos obliga a enfrentarnos con nosotros mismos. Cuando el ruido del mundo disminuye, aparecen preguntas que durante mucho tiempo habíamos logrado evitar.

Tal vez por eso tantas personas le temen. El aburrimiento no es solamente falta de entretenimiento; a veces es la ausencia de propósito. Es descubrir que nada de lo que nos rodea logra ocupar del todo el espacio que queda dentro de nosotros.

Pero también puede ser una puerta. Muchos libros comenzaron en una tarde aburrida. Muchas ideas nacieron cuando no había nada urgente que hacer. Incluso los sueños más extravagantes suelen aparecer en esos momentos en que la realidad parece quedarse sin argumentos.

Quizás, entonces, cuando uno está aburrido no debería apresurarse tanto a escapar. Tal vez convenga escuchar ese silencio. Puede que detrás de él no haya nada. O puede que esté aguardando una versión de nosotros mismos que aún no conocemos.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS