Cuando trato de regresar a mis primeros años, lo que encuentro no son recuerdos absolutos, sino simples disgregaciones emocionales, como si el tiempo, en su empeño por pasar, borrara los contornos. Me veo con tres o cuatro años, jugando con una caja de madera. Y entonces surge la pregunta que me acompaña: ¿Qué olvidamos al nacer?

Cuentan los autores esotéricos que antes de llegar a este mundo habitamos otros planos, donde el tiempo quizás es otro. Pero si eso fuera cierto, ¿por qué no recordamos nada? ¿Por qué la conciencia, tan vasta como para imaginar galaxias y escribir poemas, se vuelve tan frágil al cruzar el umbral del nacimiento?

Me respondo con una sospecha: tal vez no olvidamos; nos silencian.

Una tarde, cuando yo era adolescente, mi padre me contó algo. Dijo que, cuando mi madre estaba embarazada de mí, él la encontró llorando frente a una ventana empañada por la lluvia. No lloraba de tristeza, sino de desconcierto. Había tenido una visión, un desdoblamiento, como ella lo llamó. Se vio a sí misma en dos tiempos distintos: en uno, joven aún, enseñando a leer a un grupo de niños; en el otro, anciana, sosteniendo en brazos a un niño que no era yo, sino mi hijo.

Mi madre dedujo que aquello era un anuncio, una especie de certeza anticipada de que yo llegaría sin contratiempos. Pero yo, al escucharlo años después, pensé otra cosa: quizás el tiempo no es una secuencia, sino un sitio donde todas las imágenes coexisten.

Desde entonces, he intentado recordar mis muertes. Porque si el nacimiento es un misterio, la muerte debe ser apenas su reflejo invertido. Pero no lo he logrado. Solo un presentimiento: “He muerto muchas veces”, y la memoria no debe cargar con tanto peso.

Todos tenemos noches de insomnio, de pensar y especular, de negar la realidad, de marchar hacia atrás para enmendar algo de lo ocurrido, y hasta imaginarnos en un lugar sin cuerpo. Y siempre me llega una idea: La conciencia es un coro. Y cada vida es apenas un murmullo.

Cuando cierro los ojos, siento que hay algo más antiguo que yo mismo observándome desde dentro. Algo que sabe que he vivido antes, que he amado antes, que he muerto, pero que no se necesita recordar.

No somos criaturas de un tiempo efímero, sino sus huéspedes.

Nacemos para olvidar y morimos para recordar. Es como si todas nuestras vidas fueran segmentos de una única recta, que marcha por su interminable geometría infinita.

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