Piense usted en el caracol. Ese ser que avanza sobre la hoja de acanto con la parsimonia de un reloj que ha olvidado el tiempo. Su concha, de una espiral áurea impecable, representa el triunfo definitivo de la arquitectura móvil.
Él nace con la llave de su propia intimidad puesta en la cerradura. Cuando el cielo se deshace en hilos de agua gris, no corre a buscar un portal ni abre un paraguas de varillas rotas; le basta con un leve repliegue hacia adentro, un sutil desvío de la voluntad, y ya está en su sala de estar, a la velocidad exacta que exige la verdadera contemplación del instante, mirando llover desde el revés del mundo. Y lo que es todavía más envidiable :no sufrirá por goteras ajenas ni por vecinos ruidosos.
Pero hay algo más, algo que roza esa simetría secreta que tanto nos obsesiona. Mientras nosotros nos desgastamos en malentendidos, cartas que no llegan y desencuentros en las esquinas, el caracol no conoce la tragedia de los celos ni el vacío del desamor; lleva en su propia carne el nudo y el desenlace. Es él y es ella, alternativamente o al mismo tiempo, en una sincronía perfecta que prescinde de la melancolía de la ausencia.
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