—Frío, frío como el hielo; gélido tu corazón de piedra —decía mi madre cada vez que papá
hacía un comentario de los suyos.
Mi padre siempre fue un hombre muy distante, tanto conmigo como con mis dos hermanos.
Comía en absoluto silencio, no hacía bromas. Cuando murió su propia madre, y mi mamá,
que la conocía de toda la vida, estaba destrozada, él solo dijo: —Bueno, Carmen, no
estamos para dejar semilla. Hoy le tocó a mi mamá, otro día le tocará a otro.
Cuando yo tenía dieciséis años apareció Jazmín y desapareció mi noviecito de la
secundaria. Al principio mi padre me quiso casar, pero no había con quién hacerlo; luego
dijo que lo mejor era que la criatura no naciera. Mi madre se puso en modo escudo. El
drama familiar era tal que terminé yéndome a lo de mi abuela Isabel para poder tener a mi
hija.
Papá, bastante molesto y con su distancia de siempre, fue a visitarnos cuando la bebé tenía
apenas cinco días, con la firme idea de darla en adopción. Mi madre lloraba, mi abuela le
rogaba y mis hermanos menores, asustados contra la pared, me miraban mientras yo
apretaba a Jazmín con fuerza contra mi pecho. Pero papá me la sacó de los brazos. La miró
fijo. En ese instante vi una sonrisita pequeña, en realidad media sonrisa. Me la devolvió y
dijo: —Cuando le dejes de dar teta, vemos qué se hace.
Jazmín creció de una manera que ninguno de nosotros tres conoció. Mi madre no podía
creerlo; ella siempre recordaba que el pedido de matrimonio de papá había sido darle la
mano a su suegro diciendo: «Vine porque Carmen es una buena muchacha y puede ser una
muy buena esposa». Nunca se había emocionado con nosotros. Pero con Jazmín… con ella
era diferente. La niña se le sentaba en los hombros, lo peinaba, le decía «Bubu», le mordía
las mejillas.
Hoy es la primera vez en mi vida que veo a papá llorar. Jazmín baja por la escalera con su
vestido blanco, con sus quince años recién cumplidos, rumbo a la fiesta que su propio
abuelo le organizó. Él le ofreció el brazo para ayudarla a bajar. No me quejo, no me da
envidia; solo siento asombro por lo que conmigo nunca hizo. Hoy lloró. Lloró al verla alta,
grande. Y mi madre, que sí siempre fue muy llorona, se aguantó esta vez; me palmeó el
hombro, apretó los labios y susurró: —No puede quererla más.
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