No lejos de las rutas de la seda, allí donde las dunas se confunden con el olvido, se levanta Warada, la ciudad que se abre como una corola en el corazón del desierto. Los viajeros dicen que no está hecha de piedra, sino de pétalos de arcilla rosada y murallas concéntricas que se repliegan sobre sí mismas cuando cae el sol, protegiendo del frío de la noche sus avenidas de polen y sus torres de filigrana aérea.
Al mediodía, bajo el peso de un cielo inerte, Warada exhala su secreto. Un aroma espeso, mezcla de jazmín nocturno, mirra fresca y lluvia antigua, se desprende de sus plazas y viaja leguas enteras a través de las arenas secas.
Es un perfume tan intenso y magnético que altera el mapa invisible que los camellos llevan grabado en la memoria de sus ojos. Las caravanas avanzan seguras hacia los pozos de agua, pero al rozar la primera oleada de esa fragancia, los animales giran la cabeza. Ignoran los gritos de los arrieros; desoyen el látigo y las brújulas. Los camellos, arrastrados por un deseo que no comprende la sed de los hombres, desvían su rumbo hacia el horizonte de donde brota el olor. Caminan en círculos perfectos, hipnotizados por la promesa de un oasis que se respira pero nunca se alcanza. Son como insectos atrapados en el magnetismo de una lámpara invisible.
Sin embargo, la ciudad permanece siempre intacta. Es una flor que florece solo para el olfato, una ciudad que existe plenamente en el deseo de quienes la buscan, pero que se desvanece y se defiende con su propio perfume en el momento exacto en que se intenta poseer.
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