El Poema está al final:
La Guerra de Invierno de 1939 fue un conflicto donde la escala de las fuerzas en juego parecía dejar el destino de Finlandia completamente sellado.
105 días de guerra, los soldados eran 3 a 1 en proporción en favor de la Unión Soviética, 30 a 1 en tanques, 30 a 1 en aviones. En población, la URSS tenía 170 millones de habitantes, Finlandia 3,7 millones. Para el resultado de la guerra Finlandia cedió el 11% de su territorio, sin embargo, no fue conquistada, y la proporción en muertes fue casi de 5 a 1 en contra de los soviéticos, que no pudieron alcanzar su objetivo de conquistar Finlandia.
No fue un capricho soviético invadir el pequeño país, la frontera finlandesa estaba cerca de la capital, otra potencia podía utilizar de plataforma a Finlandia.
A Finlandia se le propuso, mas bien se le exigió, ceder territorio para alejar la frontera, a cambio de unos territorios, Finlandia se negó en redondo, protegiendo su soberanía. Sin intervención extranjera, fue un fracaso político y militar para la URSS, el Ejército Rojo estaba liderado por hombres inexpertos o «leales al partido» que no sabían táctica militar moderna. El mando soviético creía que la invasión duraría un par de semanas y que los trabajadores finlandeses recibirían al Ejército Rojo con flores. No planificaron líneas de suministro sólidas para una guerra larga. Finlandia logró lo impensable gracias a una combinación de geografía, doctrina militar y un concepto cultural único. El Espíritu de «Sisu»: Esta palabra finlandesa no tiene traducción directa, pero define una mezcla de estoicismo, valentía extrema, tenacidad y resiliencia ante un destino adverso. Toda la sociedad finlandesa (políticos de izquierda y derecha, civiles y militares) se unió en una sola pieza para defender el país. Tácticas de Guerrilla («Motti»): Los finlandeses sabían que no podían competir en campo abierto. Usaron el denso bosque cubierto de nieve a su favor. Utilizando esquís para moverse rápido y en silencio, cortaban las largas columnas de tanques soviéticos (atrapados en las pocas carreteras disponibles) en pequeños grupos aislados llamados motti, para luego destruirlos uno a uno. Presión Internacional: Stalin se dio cuenta de que la guerra se estaba prolongando demasiado. Gran Bretaña y Francia estaban planeando enviar tropas para ayudar a Finlandia, y Suecia ya mandaba voluntarios. Stalin prefirió firmar la paz antes de arriesgarse a una guerra abierta contra las potencias occidentales.
Al final, Finlandia pagó un costo muy alto en tierra y vidas, pero salvó lo más importante: su libertad y su identidad democrática, algo que las repúblicas bálticas vecinas (Estonia, Letonia y Lituania) perdieron por completo ese mismo año ante la URSS.
A veces, los problemas internos (la ansiedad, el autosabotaje o una situación de vida devastadora) se sienten exactamente como el Ejército Rojo en 1939: una fuerza desproporcionada, infinita, que parece tener todos los recursos para aplastarte. Miras hacia adentro y dices: «No tengo las herramientas, no tengo la fuerza, este monstruo es diez veces más grande que yo». Sabes, con fría lógica, que una parte de ti va a sufrir, que vas a perder «territorio» (tiempo, energía, lágrimas, pedazos de tu vieja vida).
Aquí es donde entra la actitud finlandesa. La rendición incondicional significa dejar que el enemigo entre hasta la capital, disuelva tu gobierno y borre tu país del mapa. En lo personal, rendirse incondicionalmente es dejar que el problema te defina, volverte cínico, abandonar tu esencia y desaparecer en la oscuridad.
Pelear «hasta el fin» en el plano personal no es una fantasía de Hollywood donde destruyes al monstruo y sales invicto. Es la resolución interna que dice: «Sé que esto me va a doler. Sé que voy a quedar cicatrizado. Pero si este problema me va a cambiar, me va a tener que sangrar cada centímetro. No le voy a regalar mi identidad. Voy a pelear para imponer mis condiciones».
Como no puedes vencer a un enemigo interno/externo tan grande en un campo abierto, haces lo que los finlandeses: te repliegas a tus bosques (tus valores, tus recuerdos, la gente que te ama, tus pequeñas rutinas). Divides el problema gigante en pedazos pequeños (mottis) y los vas combatiendo un mes a la vez, una semana a la vez, un día a la vez, una hora a la vez. No puedes solucionar toda tu vida hoy, todo el problema hoy, pero puedes resistir esta tarde. Eso es esquiar en la tormenta mientras el enemigo se congela en la carretera. La Mayor Victoria: Obligar al Gigante a Dialogar.
Finlandia ganó porque obligó a la URSS a bajarse de su soberbia y sentarse a negociar.
En la lucha personal, la victoria absoluta no es la erradicación del dolor o del problema (eso a veces es imposible); la victoria es la coexistencia bajo tus propios términos. Es el momento en que la ansiedad, la desmoralización, el escrutinio o el trauma se dan cuenta de que no te pueden destruir, te pueden romper, sí, como ellos también se rompieron en los bosques finlandeses y se dejaron ver tal y como son, incompetentes que sin el vasto tamaño de su ejército y territorio, no pueden ganar, y entonces se vuelven un ruido de fondo, una frontera vigilada, pero el control de importante lo sigues teniendo tú.
Cediste un 11% de tu territorio (perdiste plumas en el camino, cambiaste, sufriste), pero el 89% restante sigue siendo soberano, libre y firmemente tuyo.
Al final, mirarte al espejo después de una crisis y saber que no te entregaste, que obligaste a las circunstancias de la vida a respetarte porque peleaste con las uñas, es la forma más pura de dignidad humana.
No fuiste arrasado. Conservaste tu independencia en la «esfera» de un mundo hostil. Eres, como la Finlandia de 1940, una nación pequeña pero indestructible que demostró que el tamaño del invasor no importa si el defensor está dispuesto a resistir hasta el último cartucho.
Ayer, Finlandia se vio invadida en una guerra que solo buscaba la conquista, nada más, el ejército rojo sufrió derrotas allí donde todo el mundo creía obvio victorias aplastantes. Sabían los soviéticos que iban a ganar, pero debían demostrarlo rápido o iba a haber intervención externa, como no pudieron demostrar su aplastante poder en cosa de unas pocas semanas como ellos necesitaban hacer, como subestimaron tanto a su enemigo, que se vieron obligados a sentarse a dialogar, pues, la total aniquilación de Finlandia, era posible, pero, hubiera conllevado también, la destrucción interna soviética por un objetivo pequeño. Finlandia fue el único país dentro de la esfera soviética del pacto Alemán-Soviético que conservó su independencia.
Dijeron que su poesía era mala, ahí va esta:
En una guerra sin cuartel donde un pequeño objetivo cegado en un territorio que tan solo hace pocas décadas es suyo, donde aquel territorio fue parte del imperio de ellos por cientos de años. En una guerra sin cuartel donde un pequeño objetivo cegado se encuentra siendo atacado por muchos flancos y todos a la vez, por fuerzas 5 veces más grandes que él, con 30 veces más recursos que él. En una guerra sin cuartel donde un pequeño objetivo cegado, sin recursos, sin sangre suficiente pudo no solo no desaparecer en cuestión de horas, pudo no solo resistir con gallardía y fuego allí donde todo el mundo esperaba su humillación y derrota total en cada batalla y en la guerra en general, su rendición incondicional y el control absoluto de su existencia. En una guerra sin cuartel, donde tuvo victorias con solo lo que tenía, sin saber de guerra moderna, de grandes generales, de grandes cadenas de abastecimiento y logísticas millonarias, allí donde solo tenía lo que tenía hace años y nada más, sin ayuda más que la mínima ayuda de quienes por hermandad y resistencia propia ayudaron y ayudarían siempre. Allí donde solo podía existir coraje, y aún sabiendo que la derrota iba a llegar y llegó, lo que es realmente la victoria, es haber resistido como ningún otro, haber seguido allí como nadie, haber incluso tomado la iniciativa y haberse atrevido a decir, no quiero esto que me ofreces y es un insulto a mi soberanía, y voy a pelear, hasta el final, hasta que tengas que poner toda tu sangre, hombres y recursos a pelear con un solo pequeño objetivo cegado en un territorio que siempre fue tuyo, y habré seguido allí en el final, único, soberano, independiente y libre.
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