En mi ciudad —La Habana— visitaba con asiduidad la Biblioteca Nacional; y pasaba horas leyendo, estudiando, husmeando en los libros, con la necesidad de entender dos disciplinas. Era estudiante de ciencias jurídicas y trabajaba cerca de la biblioteca como técnico en computación. Reparaba aquellas complejas máquinas enormes, que abarcaban salones. El horario laboral concluía a las cuatro y treinta de la tarde, y antes de volver a casa, dedicaba un tiempo al estudio, a veces de la electrónica, otras sobre alguna cuestión de la carrera. Pensaba continuamente, pues la mente acostumbrada a reparar y buscar causas inexplicables en apariencia se había adiestrado en esos menesteres. Era un buen observador. Había varios bibliotecarios, pero en la sección dedicada a los libros técnicos siempre coincidía con el mismo bibliotecario; un hombre silencioso, cargado de años, amable.
Un día descubrí una puerta que no había visto abrirse jamás. No era una puerta importante: era estrecha, de madera oscura, sin marcas del tiempo. El bibliotecario me observaba cada día vigilar la puerta. Un día se me acercó sigiloso, con esos pasos que la sabiduría imprime, y me dijo:
“El universo entero se parece más a una puerta cerrada que a una respuesta”
Yo, que entonces era joven y todavía pensaba que la curiosidad era una forma de sabiduría, decidí observar la puerta durante varios días. No ocurrió nada. Sin embargo, cada vez que me acercaba, tenía la impresión de que algo sucedía detrás de la portezuela. Una tarde, casi a la hora del cierre, noté que la puerta estaba entreabierta. No más de un milímetro, pero suficiente para que una línea de oscuridad se escapara hacia afuera. Sentí un impulso irracional: empujarla. La puerta cedió sin ruido.
Del otro lado había otra biblioteca idéntica. Los mismos estantes, los mismos libros, la misma mesa donde yo solía leer. Incluso había un hombre sentado en mi silla, con mi ropa, con mis manos, con mi gesto. Me miró como quien reconoce un error en un espejo.
—Llegas tarde —dijo mi doble.
Quise preguntar, pero la puerta se cerró de golpe entre nosotros. Cuando intenté abrirla, ya no estaba. Solo quedaba la pared lisa, indiferente, como si la portezuela hubiera sido una ilusión.
El bibliotecario se acercó, sin sorpresa.
—No te inquietes —murmuró—. Cada vez que abrimos una posibilidad, otra se cierra para que podamos seguir llamándonos “yo”.
Desde entonces, cada vez que entro en la biblioteca busco esa puerta. No para abrirla, sino para asegurarme de que sigue cerrada. Porque he comprendido que la realidad no es lo que vemos, sino lo que nos impide ver lo que pudo haber sido.
Temo que un día la puerta vuelva a aparecer… y que esta vez sea yo quien quede del lado equivocado.
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