
Hace cuarenta años murió Borges y me da la impresión de que, con el tiempo, hemos terminado hablando más de «Borges» que de Jorge Luis Borges.
Del escritor sabemos casi todo. O creemos saberlo. Los libros, los premios, las conferencias, las frases que circulan una y otra vez. Pero siempre me llamó más la atención el hombre que había detrás de esa figura enorme.
Era alguien extraño para estos tiempos. No porque fuera un intelectual, sino porque escuchaba. Quienes lo conocieron suelen recordar su curiosidad antes que su brillantez. Preguntaba mucho. Se interesaba por historias mínimas. Podía dedicar más atención a una anécdota de un desconocido que a hablar de sí mismo.
También tenía algo que hoy escasea: modestia auténtica. No la modestia calculada de quien sabe que es admirado, sino la de alguien que parecía sentirse un poco incómodo dentro de su propia fama. Da la sensación de que nunca terminó de creerse el personaje que el mundo construyó alrededor de él.
Y hubo una virtud poco frecuente, especialmente en alguien tan admirado: la aceptación. Cuando hacia los 55 años perdió casi por completo la visión, después de una larga enfermedad hereditaria, no se rebeló contra su destino ni construyó alrededor de ello una épica personal. Lo asumió con una serenidad que hoy resulta difícil de imaginar. Siguió trabajando, viajando, dando conferencias y conversando con la misma curiosidad de siempre. Hay algo profundamente humano en esa actitud: entender que la vida no siempre concede lo que uno espera y, aun así, seguir adelante sin amargura.
Quizá por eso sigue resultando cercano. Porque detrás del escritor monumental había un hombre lleno de dudas, de ironía, de inseguridades y de curiosidad. Alguien que envejeció, que tuvo miedo, que se equivocó y que nunca perdió el asombro.
Cuarenta años después de su muerte, ese rasgo me parece más memorable que cualquier homenaje académico. No sus premios, ni su fama mundial, ni siquiera la dimensión de su obra. Me impresiona más la entereza tranquila con la que aceptó aquello que no podía cambiar. Borges fue una de las personas más inteligentes de su siglo y, sin embargo, nunca dejó de comportarse como alguien que todavía tenía cosas por aprender.
OPINIONES Y COMENTARIOS