Mis pensamientos se detienen en la década de 1980. Vivía en una calle céntrica de La Habana Vieja, donde las cisternas de los añejos edificios parecían haber olvidado el sonido del agua al caer. Era una batalla cotidiana buscar agua, mientras el acueducto de la era colonial seguía dando excusas. Guinches en las azoteas matizaban el ambiente con sus cubos elevándose a la altura de los balcones… A veces los tanques eran bendecidos por algún camión cisterna.
En ese entorno vivía un anciano llamado Esteban. Nadie conocía con certeza su edad. Algunos afirmaban que había nacido antes de la República; otros, que era apenas un hombre común, habitado por el eco de demasiadas lecturas. Para mí era una fuente histórica y literaria: sus conversaciones me inspiraban a pensar y a escribir; siempre lo buscaba para llenarle los tanques y él me obsequiaba la sabiduría de hombre de pueblo y pensador.
Cada tarde se sentaba frente a un espejo antiguo heredado de su abuelo —me contaba—. No era un espejo extraordinario: devolvía la imagen de quien lo observaba. Sin embargo, Esteban sospechaba que también ofrecía algo más. Una noche de lluvia, mientras contemplaba su reflejo, vio detrás de sí a un niño. El niño sonreía con la inocencia de quien acaba de llegar al mundo. Esteban se volvió sobresaltado. No había nadie. Comprendió entonces que aquel niño era él mismo.
Durante semanas regresó al espejo. El niño aparecía siempre. No hablaba. Solo observaba con la curiosidad infinita de los críos. Finalmente, Esteban le preguntó:
—¿Por qué viniste?
El niño pareció desconcertado, como si la pregunta perteneciera a un idioma desconocido. Esteban me confesó que siempre se había hecho esa misma pregunta, encontrando su propia respuesta en el silencio: nadie cuestiona por qué llegamos, de la misma forma en que no se cuestionan las lluvias, las mareas o las estrellas de la madrugada.
Esteban era anciano. La salud comenzó a apagarse lentamente, como una lámpara que consume sus últimas gotas de aceite. Una madrugada sintió que el final estaba cerca. Se acercó por última vez al espejo. Fue una confesión triste, y al contármela, me pareció ver lágrimas en sus ojos. Pero el niño ya no estaba. En su lugar vio a un anciano desconocido que le resultó extrañamente familiar. Tenía sus mismos ojos y una serenidad que jamás había alcanzado en vida. Entonces quiso formular la pregunta inevitable:
—¿Por qué debo partir?
Pero antes de pronunciarla, recordó la mirada del niño. Si aquel niño no había sabido responder por qué llegó, ¿con qué derecho exigiría él una explicación para marcharse?
El espejo, los libros, la habitación y la lluvia comenzaron a disolverse en una claridad sin centro ni orillas. Dos días después, Esteban se marchó a la otra dimensión.
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