Subí al coche y me entregué.

Ella me alargó la copa y me miró directamente a los ojos.

La música suave envolvía el espacio y lo hacía solo nuestro.

Nos quitamos la ropa, despacio, no había prisa, aún teníamos tiempo.

Abrimos la puerta trasera y allí estaba, esperándonos.

El mar.

Sin dudarlo, nos lanzamos desnudas a aquellas aguas azules que nos abrazarían para siempre.

En ese momento, sonó la alarma del despertador. ¡Mierda, siempre suena en lo mejor!

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