Una vez más estamos transitando por los pasillos del complejo. Mis pasos ahora adquieren un ritmo decisivo que me conducirá a la salida de esta prisión.

A diferencia de unas horas atrás, todo está sumido en un silencio escalofriante. La alarma dejó de sonar y el murmullo de los monitores se apaciguó. Tampoco logro distinguir las pisadas de los empleados ni los crujidos del metal. ¿En verdad todos se fueron?

Tan pronto como dejamos atrás una puerta de acceso restringido, dos figuras bloquean nuestro paso. Con un sobresalto que se cuela por mis entrañas, mi corazón da un vuelco en la garganta y los pulmones se me vacían por completo.

Un hombre y una mujer vestidos igualmente con batas de laboratorio. Su apariencia resalta debido a las líneas doradas en las mangas y las credenciales holográficas que destellan sobre sus pechos.

Por un momento creo que esto es el final, que nos van a matar. No obstante, ninguno de los dos parece asustado o muestra señales de violencia. Más bien soy yo el que comienza a alterarse, pues aquellas dos personas poseen un espeluznante parecido a nosotros… O nosotros a ellos.

La misma postura. La forma de las manos. El color de pelo.

—Los estábamos buscando —dice la mujer con una sonrisa que achica sus ojos plateados.

—Tú… —escucho a Astra decir.

El peso de una piedra colosal me impide hacer cualquier movimiento. No siento las piernas y las ganas de vomitar regresan. El pánico que me domina es cruel, está atado a la presencia frente a mí.

—¿Cómo pudieron hacernos esto? ¿Les parece justo jugar con la vida de esta forma? —Astra no desperdicia ni un segundo más y le suelta toda la bomba verbal a la mujer en tanto cierra la distancia entre ellas con pasos firmes.

Quiero detenerla, impedir que se le acerque. Pero su respuesta es más rápida que la mía; y en un abrir y cerrar de ojos, la somete con bastante facilidad, torciéndole los brazos por detrás de la espalda. La mujer no pone resistencia, ni siquiera cuando Astra la amenaza con el taser paralizador sobre el cuello.

—Astra… Ten cuidado.

Theodore. Él. Mi creador. Oír su voz es como escuchar una grabación mía. Lejana, cubierta por una tela delgada e invisible. Lo miro de pies a cabeza, no sé qué estoy buscando con exactitud, tal vez alguna diferencia que me dé esa luz de esperanza. Sin embargo, excluyendo nuestra vestimenta, todo lo demás es exactamente igual, incluso su primer instinto de proteger a Astra, su Astra.

—Tranquilo, está bien hecha —la mujer muestra un comportamiento tan calmado que me resulta inquietante. Pero más aún esa maldita sonrisa petulante que no abandona su rostro. Astra la sostiene con más fuerza, apuntando el taser encendido hacia su cuello—. No podrías herirme, sé que no eres así. Después de todo, tú eres yo.

El énfasis en esa palabra me hiela la sangre, más por la manera en que lo dice. Para ellos somos una idea disparatada que se convirtió en algo real y tangible. Somos el éxito de sus mentes brillantes. El resultado de cientos de ensayos y fracasos. Ante sus ojos, no tenemos las facultades para ser considerados como sus iguales.

Astra se queda callada mientras libera a la doctora de su agarre. Mis músculos vuelven a funcionar, por lo que la intención de atacarlos discurre por mi mente. Quiero llegar a la salida sea como sea, así tenga que pasar por encima de ellos.

—Ahora que ya pasamos la parte de las presentaciones, nos gustaría que nos acompañaran al ala este. Necesitamos mostrarles algo muy importante.

La propuesta de Theodore suena más a una orden que debemos acatar. Astra y yo cruzamos miradas silenciosas. Ambos sabemos que no es seguro ir a donde ellos nos dirijan, pero es un riesgo que estamos dispuestos a tomar para saber la verdad de todo.

Durante el camino me es difícil concentrar mi atención en otra cosa que no sea Theodore. Examino su espalda, la forma de su andar. El remolino de cabello que se le avecina en la nuca, el ir y venir de sus brazos. Me pregunto si es así como me veo yo, si esto es como mirarse al espejo. Pero yo no quiero ser él; no quiero tener la curvatura de su espalda ni el sonido chirriante de sus pasos. Quiero encontrar lo que es mío, lo que me corresponde por derecho.

El panorama cambia por completo cuando nos adentramos en una sala radicalmente distinta a la de los escritorios y los libros. El interior está revestido por una aleación metálica cuya superficie impecable refleja la luz con precisión quirúrgica. El aire se siente ligero y extrañamente puro, como si hubiera sido filtrado hasta eliminar cualquier imperfección.

A mi alrededor distingo tubos de ensayo, microscopios y enormes contenedores cristalinos capaces de albergar a una persona adulta. Trago saliva con dificultad al pensar que ahí es en donde nos crean.

Finalmente, los doctores nos guían hasta una mesa circular situada frente a una interfaz holográfica que proyecta el logotipo de Cryosalide en proporciones titánicas. Los cuatro tomamos asiento sin atrevernos a decir palabra alguna.

La escena me parece demasiado absurda: Dos Astra y dos Theodore coincidiendo en el mismo espacio. Falso y verdadero. La paradoja existencial de esta pesadilla. Por un momento quiero dejar de pensar. Quiero dejar de cuestionarme hasta el más ligero respiro de mis pulmones.

El calor repentino que me transmite la mano de Astra cuando sujeta la mía es suficiente para hacerme entrar en mis cabales y salir (por un efímero espacio de tiempo) de ese laberinto mental.

—Nuestra intención nunca fue hacerles daño —Theodore inicia la conversación—. Pero estábamos desesperados. El planeta está colapsando —manipula la interfaz holográfica para mostrarnos un aluvión de imágenes espeluznantes.

Observo inmensas olas de mar anegando hogares y familias inocentes. Un sol tan refulgente que calcina a cualquier ser vivo que se le ponga enfrente. Niños llorando desconsolados mientras trepan por los últimos troncos de los árboles. Cientos de animales corriendo por sus vidas. Desiertos sumergidos por infinitas capas de nieve densa. Ciudades derrumbadas hasta quedar en el olvido.

—Encontramos una manera de sobrevivir —la doctora Leclair continúa. Las imágenes son reemplazadas por una visión futurista donde todos los clones conviven de forma pacífica en grandes campos verdosos—. Los creamos a todos ustedes a partir de nuestro ADN, pero añadimos mejoras a sus cuerpos; como la capacidad de sanación y fuerza extrema. Esto, junto con la experiencia adquirida de nuestras memorias, los convertirá en humanos perfectos para preservar la raza en el nuevo planeta.

—¡Y no tendrían que preocuparse por la muerte! —Theodore exclama, rebosante de emoción—. Si algo llegara a pasar, el siguiente clon despertaría ya con toda la información actualizada.

Tremenda bazofia la que acabo de escuchar. Esta maldita situación me enferma y me llena de una cólera a punto de explotar.

—No saben lo afortunados que son —la declaración de la doctora me enfurece todavía más—. Ahora solo ven la destrucción del planeta a través de estas imágenes. Pero yo fui testigo de las secuelas con mis propios ojos. No se imaginan lo que es… presenciar la muerte de la persona que más amas y tener las manos atadas. Ver cómo tu hogar se derrumba. Cómo aquello que construiste con años de esfuerzo se viene para abajo —permanece callada durante unos segundos mientras cierra los ojos, tratando de contener las lágrimas— Esto… —señala nuestro cuerpo completo—. Es básicamente un regalo.

El enojo no abandona mi torrente sanguíneo. Sin embargo, justo en este momento me cuesta odiarla. Percibo dolor en su voz. Dolor real. De cualquier manera, el sufrimiento de una persona no le da derecho a decidir el destino de otra.

—Les dimos nuestras vidas —Theodore rodea los hombros de Leclair con un brazo sin apartar su mirada violeta de mí—. Y ahora ustedes deben continuarlas.

Ellos creen que les pertenecemos. Lo creen porque nos dieron la vida; porque su sangre y todo su material genético corre por nuestros tejidos. Como un veneno del que no puedes deshacerte. Un veneno implantado para arraigarse en las más recónditas células de tu cuerpo.

—¿Bromean? —Astra resopla, negando con la cabeza. Una sonrisa alicaída adorna débilmente su boca—. ¿Acaso son tan cobardes que no pueden aceptar el hecho de que su vida terminó aquí? —una vez más aprieta mi mano y yo la volteo a ver. No sé si ella lo note, o probablemente no repare en eso ahora; pero luce muy diferente a su creadora. Hay mucho enojo en sus palabras, en la expresión de su rostro. Sobre todo, en las decisiones que ha tomado desde que abrió los ojos—. ¿Piensan que les debemos algo a ustedes? ¿Porque nos dieron la vida? ¡Nosotros nunca pedimos esto!

—¡Ustedes ni siquiera estarían conscientes sobre la realidad si no hubieran despertado desde un principio! —La doctora da un fuerte manotazo sobre la mesa al mismo tiempo que se levanta de su asiento. Tiene el ceño fruncido y alcanzo a divisar una gotas de sudor en la frente—. ¿No lo entiendes? Nuestro trabajo era perfecto hasta que despertaron antes de tiempo. Les aseguro que nunca notarán la diferencia una vez sean llevados a su nuevo hogar. Déjennos concluir con la transferencia de memoria y todo quedará en el olvido. No recordarán nada de esto —su tono de voz disminuye, pero se mantiene alerta—. La ignorancia es la máxima fuente de felicidad.

—La doctora Leclair tiene razón —confirma Theodore—. Cuando despertaron, la transferencia apenas había alcanzado la fase de consolidación. Los recuerdos estaban ahí, pero la sincronización neuronal seguía en proceso.

—¿Y eso cambia algo? —Astra replica. Su escepticismo se desborda por doquier.

—Deberían parecerse mucho más a nosotros —Leclair retoma el debate.

—Entonces quizá el problema no es la transferencia —responde, aumentando la presión en mi mano—. Quizá simplemente no somos ustedes. Los recuerdos pueden clonarse. La identidad no.

El silencio vuelve a reinar por un momento hasta que Theodore se remueve para introducir la mano al bolsillo de su pantalón. Entonces, saca un objeto ajado con forma circular y lo coloca sobre la mesa frente a mí.

—Toma. Pensé que te gustaría tenerlo.

Es la medalla que gané en mi primer concurso de ciencias.

La sujeto débilmente entre mis manos mientras un engorroso nudo sube a mi garganta y la nariz se me entumece. El sinfín de lágrimas que empapan mi rostro acompaña el recuerdo de ese día. La felicidad que sentí cuando me anunciaron como ganador del primer lugar. Las felicitaciones de mis maestros y compañeros de clase. Los vítores y obsequios de mi familia. El cálido abrazo de mis padres cuando los escuché decir lo orgullosos que estaban de mí.

Fue en ese preciso instante donde supe que dedicaría mi vida entera a la ciencia. Y a mejorar la vida gracias a ella.

—Esto está mal —mi voz se quiebra. Es la primera vez que hablo desde nuestro encuentro.

Trato de limpiar mi rostro con el antebrazo y vuelvo a bajar la vista hacia la medalla. La sola idea de lo que representa me corroe el cuerpo como una infección. Cierro los dedos a su alrededor con tanta fuerza que el metal termina cediendo entre mis manos. Los fragmentos salen despedidos y repiquetean sobre la mesa como diminutos destellos de una vida que nunca fue mía. Durante un eterno segundo no puedo apartar la mirada de ellos. Siento que algo dentro de mí acaba de romperse también.

—Ustedes dos están mal —levanto los ojos en dirección a una hilera de jaulas vacías con salpicaduras de sangre seca. Aprieto los puños hasta enterrarme las uñas en las palmas—. Nosotros no somos las máquinas perfectas que ustedes creen. Desde el momento en que desperté he sentido ira, confusión, miedo, e incluso, alegría. Somos tan humanos como cualquier otro —me levanto del asiento y me acerco a Theodore para encararlo—. Lo que para ustedes es un trabajo bien hecho, un éxito sin precedentes; para nosotros es un abuso de poder. Están cegados por su afán de preservar a la humanidad que no les importan las consecuencias de sus decisiones. Dejaron de ver a los seres vivientes que sacrificaban en el proceso.

A esta distancia soy capaz de notar una que otra arruga sobre su frente. También, alcanzo a percibir varias canas rutilantes entre los matices de su cabello y los labios agrietados que permanecen en una línea recta.

—Sí, nos parecemos y hablamos igual. Tengo todos tus recuerdos, gustos y disgustos. Pero nunca sentiremos lo mismo —mientras sigo hablando y apuntándole con el dedo, él se va echando hacia atrás, casi sin tener escapatoria—. Tú me diste la vida, pero eso no significa que te pertenezco.

Mi cuerpo tiembla de pies a cabeza como si una intensa energía me colmara los huesos. Quedo atento a las reacciones de los doctores, aunque no les permito emitir palabra alguna. Entonces, prosigo:

—Lo que sí quiero es tener mi propia vida. Descubrir qué es lo que me hace reír, lo que me quita el sueño por las noches. Quiero mi luz y mi oscuridad. Quiero tener un nombre, el mío —doy media vuelta y regreso los pasos hacia Astra. Le muestro una sonrisa sincera y cojo suavemente su mano—. No voy a olvidar lo que me diste, Theodore. Lo mantendré conmigo. Pero tú ya tuviste tu momento, ahora déjame tener el mío.

Entiendo que él le tema a la muerte. Tiene miedo de desaparecer, de convertirse en ese polvo estelar al que está destinado. Incluso, entiendo su temor de perder a la doctora Leclair y no volver a verla jamás. De verdad lo entiendo. Pero tal como le dije: él ya tuvo su oportunidad. Ahora es mi turno.

—No borren nuestras memorias de lo que sucedió hoy —Astra me regresa el apretón. Ha cambiado tanto desde que me la encontré en el pasillo—. Iremos a ese nuevo planeta, pero como las personas que somos ahora. Y si no están de acuerdo con eso, entonces terminen con nuestras vidas de una vez.

Un estremecimiento repentino recorre el complejo. El suelo tiembla con tal violencia que tengo que afianzar los pies para mantener el equilibrio. Sobre nuestras cabezas, el metal emite un chirrido insoportable y una lluvia de polvo se dispersa por la sala. Solo transcurren unos segundos antes de que todo vuelva a la tranquilidad, pero el miedo ya se ha instalado entre nosotros.

—¡Rápido, ya no hay tiempo! ¡Debemos apurar el proceso! —exclama la doctora mientras sujeta el brazo de Astra.

—¡Ven, Theo! ¡Confía en mí! —mi creador me toma de los hombros y comienza a jalarme en la dirección opuesta a ella.

—¡Espera! ¿Qué estás haciendo? ¿A dónde me llevas? ¡Astra! —me aferro con todas mis fuerzas a su mano, no quiero separarme de ella.

Veo que comienza a forcejear con la doctora, pero algo resplandece entre las manos de esta última y, un instante después, una aguja se hunde en el costado de su cuello. Astra se sacude con violencia intentando liberarse.

Es entonces cuando mi cuerpo reacciona por instinto y me lanzo contra Theodore con la intención de derribarlo. Pero apenas alcanzo a dar unos pasos cuando siento un pinchazo en el brazo. Una sensación helada se extiende por mis venas. La fuerza abandona mis músculos poco a poco, como agua escurriéndose entre los dedos.

—¡Astra! ¡Astra! ¡Nunca dejes de luchar! —es lo último que consigo gritar antes de que la distancia entre nosotros se torne devastadora.

Mi visión se desdibuja mientras el mundo se hunde en sombras. Antes de que la oscuridad termine de reclamarme, vuelvo la mirada hacia Theodore. No logro distinguir la expresión de su rostro. No sé si está sonriendo, o más bien, llorando.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS