Soy un experimento. Me crearon desde materia sintética para darle origen a alguien falso, a mí. Todo lo que creo saber, cada uno de mis pensamientos, incluso los que ahora se van aglutinando en mi cabeza, no me pertenecen. No son míos porque soy carne adulterada.

Intento aferrarme a cada uno de mis momentos dolorosos, a todas las veces que lloré y reí. Los amigos que hice en el colegio. El primer beso robado. Las fiestas familiares en el jardín trasero. La voz de mis padres llamándome por mi nombre. La emoción que me recorría al escuchar mi canción favorita. Cada uno de estos instantes irrepetibles que le daban un significado a mi vida ya no me pertenecen. Son la herencia de otra persona. Son recuerdos prestados que asumí como propios.

¿Acaso tengo un alma? Eso, por más que se intente, es imposible de reproducir. Así que si no tengo alma ni una existencia propia, ¿quién soy? ¿Qué es lo que queda de mí? No soy más que un recurso transformado para favorecer el beneficio ajeno. Ese es el propósito que se me impuso.

Me desvanezco, me desarmo, burbujas en el mar que explotan con facilidad. Apenas me voy hundiendo, cuando de repente, siento el impacto de una fuerza contra mi cuerpo. Se trata de Astra, o de ella, quien me abraza con vehemencia.

Es extraño, ahora sé que no la conozco en realidad. Aún así, mi corazón se parte en pedazos cuando miro sus ojos llorosos. Nadie debería ser acreedor de un sufrimiento como ese, siendo clones o no, seguimos encajando dentro de los seres vivos. Nuestra respiración, el latir de nuestros corazones, el dolor acumulado en el pecho; todo confirma nuestra existencia dentro de esta trastornada realidad.

—Astra…—murmuro, correspondiendo el abrazo con la misma fuerza.

Resulta mágico el hecho de que la simple unión de nuestros cuerpos logre esconder todos mis atribulados pensamientos. No sé si es una codificación instalada, o si en verdad ella me provoca tales sensaciones; empero, ambos somos clones. En eso puedo confiar. Si ninguno de los dos es real, entonces nosotros crearemos nuestra propia realidad. Una donde no seamos utilizados.

—Tenemos que escapar de aquí —Astra deshace el abrazo para volver a mirarme—. Escucha, me importa una mierda si soy un clon, no pienso dejar que me pongan un dedo encima. Además, ya sabemos demasiado, estoy segura de que apenas nos vean, van a tratar de matarnos o algo peor.

—Salgamos de este lugar —concuerdo. Ahora sé que existe una cosa peor que la muerte.

Un crujido rompe el silencio a nuestras espaldas. Tardo un momento en reaccionar, pero Astra es más veloz y se vuelve de golpe para abalanzarse sobre uno de los científicos que había noqueado momentos atrás. El hombre apenas está incorporándose cuando ella lo intercepta. Sean cuales sean sus intenciones, quedan hechas añicos antes de que pueda ponerlas en práctica.

—¿Cómo salimos de aquí? —escupe la pelinegra mientras le aprieta el cuello con una mano. La facilidad con la que lo somete me hace pensar que es más fuerte que él—. Dímelo ya, y no intentes alguna tontería.

La respuesta ya no alcanza mis oídos. Justo en ese instante, un recuerdo me inunda el panorama con gran intensidad.

Veo mis manos, mi cuerpo empapado en sudor. Siento el intranquilo percutir de mi corazón, así como un ligero dolor en los músculos. Me encuentro en lo que parece ser una sala de entrenamiento. Filas de máquinas de resistencia se alinean junto a una pared repleta de pantallas holográficas con el logotipo del proyecto y el nombre Novartis. En el centro, varios módulos de simulación proyectan escenarios de combate y maniobras de neutralización, mientras sensores suspendidos en el techo registran cada movimiento de los ahí presentes. Solo somos dos personas. Astra y yo. El recuerdo termina cuando yo le digo: Vamos, una simulación más. Lo que aprendamos aquí servirá para que las biomasas sean mucho más hábiles que nosotros.

Cuando regreso a la realidad, encuentro a Astra frente a un tablero de cristal que emerge desde una consola tecnológica. Sus ojos plateados se posan sobre mí con expectación; pero luego de que yo no muestro reacción alguna, una suave risilla escapa de sus labios.

El sonido me atraviesa de pies a cabeza. Se siente familiar, como si lo hubiera escuchado durante años. Pero sé que esta es la primera vez.

—Debemos ingresar los dos para que nos de acceso. —Me indica con la cabeza para acercarme.

Consigo deshacer los nudos que tensan mi cuerpo y aproximo el rostro al lector biométrico que se ubica sobre la superficie del cristal. De forma automática, un menú repleto de opciones se extiende ante nosotros, aunque fallo en descifrar la mayoría de las palabras. Astra desliza las manos sobre el panel con una rapidez asombrosa hasta detenerse en un archivo titulado: Protocolos de emergencia 2021.

La carpeta se ensancha por toda el área translúcida, revelando los planos completos de las instalaciones. Entre corredores, laboratorios y salas de acceso restringido, destaca algo que hace que mi pecho se aliviane un poco: una salida subterránea.

—¿Cómo te gustaría llamarte? —pregunta Astra de repente.

—¿A qué te refieres?

—A tu nombre. Al que quieras elegir para ti. Yo sería… Lyra.

Mis labios se curvan en una sonrisa genuina. Por primera vez desde que desperté, la idea de un futuro distinto no me parece imposible.

—Me gustaría descubrirlo.

Cuando echamos a correr fuera de esa cámara entretejida con verdades prolongadas y experimentos mezquinos, sigo a Astra sin dudar ni una zancada. Lo único que tengo en mente es salir de ahí, sería el primer paso para encontrarme a mí mismo.

No al Theo original, no al Theo clon; sino a mi yo verdadero.

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