Es tarde, puede que demasiado para un día cualquiera, entre semana por la noche, pero las situaciones que nos trae la vida nos han descontrolado tanto que no encontramos la hora de dormir, comer o realizar alguna de esas actividades que antes llamábamos normales. La normalidad ha desaparecido, al menos de la forma en que la conocíamos antes, aunque solo hablo de la normalidad global. Y digo esto porque, aparte de seguir unas directrices que nos impone la sociedad, todos, o casi todos, tenemos nuestra propia normalidad.

Sin ir más lejos, hace unos años solía acercarme a estas horas, e incluso más tarde, a una playa cercana. Bueno realmente a una escollera frente al mar.

Me sentaba alli: sobre una piedra de la escollera, al abrigo de las sombras de la noche que me acogían y me hacían invisible desde una carretera que pasaba apenas a unos metros. Con el silencio y acompañado únicamente por el gemido de las olas del mar, cualquier vehículo que pasara se escuchaba desde muy lejos. Mientras yo continuaba allí, viéndolo pasar, su ocupante era totalmente ajeno a mi presencia.

A veces he pasado mucho frío, incluso llevando prendas de abrigo. Y es que, en pleno mes de agosto, no tiene ningún encanto sentarse en la escollera, ya que para mí el encanto residía en la soledad. Esa que te hacía dueño de todo en aquel momento. Por eso, digamos que yo prefería otros meses. Recuerdo enero o febrero. Recuerdo también una farola de la carretera cercana parpadear y apagarse por completo, como si se avergonzara de mi presencia y quisiera esconderse.

Pasé mucho frío. Tanto que a veces temblaba. No sé si era por el frío o por la inmensidad del firmamento que se abría ante mis ojos, en plena oscuridad. Aquello era el final del día, era el momento de irse a la cama, era mi momento.

Momentos que, con el paso del tiempo, nunca olvidaré. Como tampoco olvidaré el murmullo del mar y los temblores que, a pesar de todo, me decían que estaba vivo y que debía seguir luchando.

Quizá, gracias a aquellos momentos tan míos y tan liberadores, hoy sea mejor persona. O quizá no. No me corresponde a mí juzgarlo…

Etiquetas: prosa poética

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