Dos Otoños

Otoño, abril del 77, mas precisamente un viernes, donde caía el agua lentamente y no paraba de llover hacía tres o cuatro días, se dio a conocer un suceso que combinaría con aquella atmósfera. Claudio Costas, contador público de 48 años del barrio “Toronjas” de la localidad de Vía Oculta en Santa Fe, fue hallado asesinado.

El detective a cargo, Juan Montoya, había dado esos detalles en su libreta que daban comienzo a su búsqueda por la verdad de lo acontecido, en otras palabras, resolver el crimen y hallar al culpable.

El hogar se encontraba en un aflige muy fuerte, pues allí su esposa Ana, y sus dos hijos de 12 y 20 años se encontraban conmovidos por la escena.

¿Quién y porqué hizo o hicieron lo macabro de apuñalar dos veces en el abdomen al señor Costas y, no conforme con ello, abrirle la garganta con un curioso elemento: la estrella o plato de una bicicleta? Éste hallazgo databa de algo sumamente planeado, y más aún lo confirmaba el moño de regalo sobre el arma homicida encontrada, pues el cuchillo con el cual fue apuñalado, no estaba en la escena del crimen.

Montoya salió transpirado del lugar, pues en el patio de la casa de Costas desbordaba en sangre y no algo común de ver para él. El detective se caracterizó en eventos policiales sumamente irrelevantes en comparación y su carrera se veía reflejada un tanto mediocre. Algo de su pasión volvió ante esta tragedia, y una furia interior lo convenció de ser él quien hallase al culpable.

¿Quién querría a Costas muerto? Los vecinos afuera en la mañana del sábado, ante todo la explanada policial que mostraba preocupación e intranquilidad en “Toronjas”, se empezaron a conmover por los primeros informes dados. Montoya decidió que era clave, junto a su equipo, interrogar a los vecinos ante una posible vista o escucha de lo acontecido el viernes por la noche.

Una vecina, Noemí Esperanza de 60 años, quebró en llanto ante el horror que Montoya tuvo que contarle, dado que, al ser la casa ladera, se iba a encontrar la necesidad de hacerles unas preguntas. La señora vecina, obteniendo un momento de calma, decidió responder:

  • ¿Usted conoce al occiso? Preguntó el detective.
  • Si, somos vecinos hace unos 20 años. Yo ya vivía aquí cuando él llegó jovencito… es una pena que haya tenido un final así. Era muy respetado en el barrio.
  • ¿Escuchó o vio algo extraño en la noche de ayer o días previos?
  • No, sinceramente no, yo suelo dormir muy temprano porque al otro día suelo hacer mis cosas. Tejer, cocinar para la familia, recibir a mis nietos…
  • ¿A qué se dedica, señora Esperanza?
  • Yo soy jubilada. Fui enfermera mucho tiempo y ya cumplí el deber.
  • Bien, me contactaré con usted ante otras inquietudes, de ser necesario. Gracias.

Atinó a hacer esas simples preguntas, cuando se hoyó un ruido en el patio de Costas, pues una de las mascotas del vecindario se había colado en la escena. El intruso gato peludo de color gris salió con susto y corriendo hacia en frente, donde llegaba de trabajar otra vecina, dueña del curioso felino. Con mirada seria, miró el cordón policial y Montoya salió hacia el domicilio de Beatriz, quien cerró rápidamente la puerta de su casa.

  • Disculpe, joven, buenos días, necesitaríamos hablar con usted.
  • ¡Oh! ¿No podrá ser en minutos? Llevo prisa de ir al baño – respondió desde adentro.

Si bien incomodó la frialdad de la joven, pensó por un momento un indicio de algo, una punta de este ovillo.

  • Si, no hay problema – respondió, mientras quedó pensativo.

Beatriz es una joven abogada, de 29 años, recibida hace 3, que trabajaba en un bufete de la ciudad. Entró rápidamente, atendió su urgencia y, unos minutos después, abrió la puerta al detective.

  • Ahora sí, dígame oficial.
  • Un gusto, soy el detective Montoya. ¿Cuál es su nombre?
  • Beatriz Fernández.
  • ¿Sabe lo que pasó en frente?
  • Acabo de obtener el diario viniendo hacia acá, leí lo del asesinato.
  • Si, la prensa fue rápida, y nosotros también necesitamos ser determinantes. ¿Podría responderme unas preguntas?
  • Si, por supuesto.
  • Doy por sentado que conocía al Sr. Costas, ¿verdad?
  • Si, desde hace 5 años que me mudé aquí
  • ¿Qué relación tenía con el vecino?
  • Solo eso, vecinos.

En ese momento alguien interrumpió, un amigo, tal vez, de la señorita Fernández, el señor Víctor Abreu, de unos 50 años, periodista, quien, saliendo de la casa de la joven, acomodándose el cuello de su camisa, le dijo:

  • Dale, Bea, Contales la verdad, ¡tenés que decirles que hace semanas y en mucho tiempo hubo discusiones por la música fuerte!

La señorita Fernández se dio vuelta y le clavó a Víctor una mirada que quemaba como el mismo sol.

  • No te metas, Víctor – dijo entre dientes –
  • Es mi oficio, querida, la verdad, ante todo – se justificó Abreu – Oficial, esta chica llega de trabajar y clava los discos de Led Zeppelin, Sabbath, Deep Purple a todo lo que da. ¡El viejo Costas era un tipo a la antigua, y se volvía loco! La última vez, hace días, Costas cruzó enojado, pateó la puerta y discutieron. Todo el barrio escuchó.

Beatriz se resignó, miro hacia el suelo para luego mirar al detective.

  • Me gusta muchísimo la música – dijo Fernández – y cuando llego de trabajar siempre hago las tareas domésticas con la música alta. Eso molestaba al señor Costas. Varias veces se ha venido a quejar, la última vez hubo gritos, yo tampoco soy de ceder, me parecía injusto, a veces.
  • ¿Cree que era solamente eso?
  • No lo sé, oficial.

Se generó una duda, y pensativo, Montoya, ante la información que obtuvo previamente del asesinado, intentó imaginar la controversia. Costas era un señor de familia, religioso, vinculado a lo que la sociedad aceptaba, que era el contraste de la joven abogada, donde un tanto de rebeldía y ateísmo la caracterizaba.

  • Si, sé lo que piensa. – exclamó Beatriz – Quizás el vecino no me quería, pues no somos iguales y siempre las miradas que cruzábamos no eran buenas. Imagínese: una mujer abogada, sola, con el poder de decidir y pretender, sé que ese perfil molesta a los tipos como Costas.
  • Si, lo imagino y lo pienso. ¿Escuchó o vio algo anoche?
  • No, solamente leí un caso laboral mientras sonaba mi música, pité unos cigarros y dormí. A la mañana de hoy me fui temprano en el primer colectivo, de las 6.
  • Bien, volveremos si necesitamos más respuestas.
  • Hasta luego, oficial.
  • ¡Ah! ¿Es suyo el gato?
  • Si, siempre se escapa y cuando vuelvo entra conmigo – manifestó Beatriz en modo graciosa –

Sin más anuncios, Montoya dio la vuelta y partió con rara sensación, y cuando iba a dar grito a sus ayudantes, recordó que atrás quedó el gran amigo delatador de lo cotidiano, Víctor.

  • Ah, usted. ¿Cómo le va?
  • Si, bien, oí, usted es Montoya.
  • Si, Juan Montoya, detective. ¿Puedo hacerle unas preguntas?
  • No, la verdad, debo mandar urgente unos archivos al periódico. Le dejo mi tarjeta y me llama.
  • De acuerdo, pero solamente un minuto… ¿por qué interrumpió la conversación con la señorita Fernández?
  • Porque mi oficio me lo pide. Soy periodista y, como ya dije, la verdad está ante todo. Hasta luego oficial.

Montoya quedó pensando en que fue raro la rapidez en que debía irse el señor Abreu, pues para delatar a su amiga de su mala relación con el muerto no hizo problema de apuros. En ese momento, volviendo a la casa de crimen, los demás oficiales le datan lo trabajado en cuanto al interrogatorio a la esposa y los hijos. Nada anormal, dormían cuando Costas se encontraba en el patio que daba a la casa de la señora Esperanza, pues solía desvelarse dado su intenso trabajo y allí despejaba, a cielo abierto, su mente hasta conciliar el sueño. La esposa mantenía un matrimonio feliz con él, hasta donde se sabe, era un vínculo sano, normal y sus hijos eran ejemplos en la escuela, la universidad y en el vecindario. No había conflicto familiar, básicamente.

A la tarde, desde un público, llamó a Víctor Abreu y le exigió una reunión. El encuentro se dio por la noche, y allí se originó la charla:

  • Buenas noches, Abreu.
  • Montoya, buenas noches. Mire, soy periodista, como le digo, y ya estoy al tanto. ¿Qué quiere saber que le de ayuda? No es fácil ante tal macabro hallazgo.
  • Si, bueno, la verdad es difícil interpretar quien lo quiere muerto y nuestras fuentes no dan indicios alentadores.
  • Lo escucho.
  • Conoce a Costas, eso ya lo sé. ¿Desde cuándo y qué relación tenía con él?
  • Ninguna relación, solamente una vez coincidimos en un partido de futbol un fin de semana, jugamos en el club con los antiguos muchachos, yo hace 30 años vivo en Vía Oculta. Siempre respetuoso, y buena predisposición ante cualquier eventualidad, dado que conocí a sus padres. Es chico, aquí, todos nos conocemos.
  • Entiendo. ¿Qué estaba haciendo el viernes por la noche?
  • Viernes tomé varios vinos, previamente le pase un disco a la señorita Fernández, pues nos gusta el rock a los dos, solamente que yo no manejo su rebeldía.
  • Por eso le insistió a contar su mala relación con Costas…
  • Tenemos confianza y dado al impulso a la verdad, debía hacerlo. Ella es abogada, sabe muy bien que no estaba de más mi entrometimiento – Sonríe, Abreu-
  • ¿Qué más hizo?
  • Pues… cuando intenté leer un libro de Economía Política me dormí placenteramente en el sillón, con media copa sin terminar. Me desperté al mediodía, pues, verá… usted cuando se cruzó yo estaba poniéndome la camisa…
  • Muy bien, Abreu. Gracias, lo llamaré si necesito alguna otra respuesta.
  • De nada. A lo que necesite, no dude.

Mientras se iba, Víctor Abreu alimentó su personalidad desprolija y distraída y lanzó:

  • Uh, me olvidaba el pan casero. Lo hace Noemí, la vecina de al lado de Costas, ella sale a venderlos por la mañana.

En ese momento, toda esa situación y la charla durante todo el día sábado, a Juan Montoya le dejó muchísimas incertidumbres y sensaciones frías, que algo allí faltaba o no se daba a conocer. Algo que podría llamarse como ímpetu… el detective sentía que por allí debía aventurarse.

Con los demás vecinos, no hubo la misma sensación. Solamente respuestas vagas, no alentaban un presunto cambio en su manera de sentir las cosas. Decidió el lunes por la mañana, ir al periódico “Primera Plana” a hablar nuevamente con Víctor.

  • Buenos días, algo me dejó sin dormir ayer.
  • Bueno, Montoya… si quiere le puedo dar una de mis botellas y verá como duerme.
  • No, gracias, hace 8 años no bebo.
  • ¡Pero si que fuma, eh! – bromeó Abreu, pero al ver la cara de Montoya cambió el tono – Bueno, de lleno: a qué vino?
  • Necesito saber una cosa. ¿En qué viene al trabajo?
  • Ah, es por lo encontrado en la escena del crimen como si fuese un suvenir…

Montoya se congeló por unos segundos, se sacó el cigarro de la boca y mirándolo fijamente preguntó:

  • ¿Cómo sabe usted lo del suvenir, Abreu?
  • Por favor, detective, soy periodista – afirmó, mientras levantaba el diario del día – El fotógrafo llegó el sábado antes que ustedes. Vio la escena, la capturó y trajo al diario todo. Así que la policía anda buscando bicicletas… Si, vengo en bicicleta, excepto hoy, el viernes a la mañana se me rompió.
  • Justo el día del crimen…
  • Se lo que busca pensar, mi amigo…
  • No somos amigos. ¿Qué le pasó?
  • La transmisión.
  • ¿Y por qué no la mandó a reparar?
  • Puedo hacerlo yo, no debería ser de gran cosa.
  • Bien, Abreu, le aviso que tendremos que pedir un allanamiento a su casa, usted me entiende.
  • Si… la verdad es algo molesto.
  • Bueno, ante su pasión por la verdad, no tendrá inconvenientes. Hasta entonces.

Sin mucho más, a entendidas de los dos, ese dato hizo sentir que estaría cerca de algún indicio. Por la tarde, ante la rapidez de la orden del juez, se allanó el primer domicilio con respecto al caso.
Allí encontraron la bicicleta de Abreu, toda desarmada y todas las piezas a disposición, pues nada faltaba. El plato se hallaba allí, esperando a ser puesto. Se constató que era la pieza original de la bicicleta y no habría sido cambiada, ni tampoco solía ser la usada en el crimen como arma homicida la que venían en las bicicletas como la del señor Abreu. Aun así, la duda yacía en la mente de Montoya.

Sin resultados óptimos, se decidió registrar la vivienda de quienes usaran bicicletas en el barrio. Todos los vecinos dieron la misma finalidad que Abreu: Nada sospechoso.
Uno de los últimos vecinos, dijo:

  • Me voy rápido a pedir el pan, se va ir a dormir Noemí, ella los hace rico, sino pregúntele a Víctor, él también le compra. Bueno, acá todos le compran cuando sale a venderlos…

Allí recordó la escena olvidadiza de Abreu y la imagen que pasó por alto ante el interrogatorio a Noemí: una rueda trasera de bicicleta se veía en un pasillo desde la sala donde interrogaron a la señora Esperanza.

Decidió ir a hablar con ella:

  • Buenas noches, señora Esperanza.
  • ¡Oh! Joven, usted es el detective… pase, si desea.
  • Solamente vengo a molestarla un minuto.
  • Si, dígame, justo estaba por dormir, pero a veces me quedo un rato más despierta.
  • Si, supongo que a tratar de vender esos panes caseros tan ricos de los que he oído hablar.
  • ¡Ah, buena verdad le han dicho… si son ricos! Se llevará uno de regalo hoy y verá…
  • Mas ayuda sería si usted me responde: ¿Sale a venderlo a la calle?
  • Si.
  • ¿En qué sale a venderlos?
  • Ah, bueno… – tragó saliva y jugó con sus uñas – en bicicleta.
  • ¿Se puede ir a verla?
  • Si, está aquí.

El móvil se hallaba intacto, de buena calidad, pero con signos de caída y golpes, era la herramienta de trabajo con la que la señora suele salir por las mañanas a vender sus productos caseros, más precisamente y de buena fama, sus panes.

  • ¿Usted es casada?
  • Si, hace 42 años.
  • ¿Y su marido?
  • Está al llegar, él es plomero.
  • Lo esperaré.

Allí aceptó un café y mientras miraba las fotografías antiguas del señor y la señora Esperanza, por la puerta entró Enrique.

  • Hola querido, él es el detective Montoya. Vino a hacernos unas preguntas.
  • Si, vi su auto afuera.
  • Los dejo solos.

Montoya miró al alto y rubio señor de ascendencia europea, precisamente del Éste, con cara seria y de buen comer, al parecer.

  • Buenas noches. Usted dirá, señor…
  • Montoya
  • ¡Si! Montoya.
  • Buenas noches. Quería saber sobre su accionar del viernes a la noche, el día del crimen, y que relación tenía con el señor Costas
  • Pues, dormíamos. Tomé un té y dormí de una manera muy plácida. Noemí me lo preparó. Los sábados me levanto temprano a continuar mi labor unas horas. Cuando me fui, vi la policía afuera, deseando que nada malo hubiera pasado, ¡pero ya ve… que desgracia!
  • Bien. ¿Y a que se dedica?
  • A todo, pero plomería específicamente. Me doy buena voluntad para cualquier tarea, pues económicamente no nos va bien y hay que rebuscar la situación.
  • Su acento es extraño, ¿de dónde proviene?
  • Mis padres vinieron de Alemania y Polonia, y bueno, esos acentos han quedado, pues hablaban alemán y la mezcla derivó a mi hablar distinto.
  • Su esposa no, al parecer.
  • No, ella tiene otro pasado. A su padre no lo ha conocido y su historia familia no es rica en antecedentes.
  • Claro, entiendo. Pregunto: ¿la bicicleta de dónde la obtuvieron?
  • Quería comprar una, pero al no alcanzarnos la plata, tuvimos la suerte de que la muchachita de allí en frente tenía una sin uso y nos la regaló.
  • ¿Quién? ¿La señorita Fernández?
  • Si, ella misma.

En ese momento, a Montoya se le arropó un calor que hizo transpirar hasta su nuca. Se preguntaba cómo en 4 vecinos y con 2 bicicletas se podrían ver involucrados en este tema, algo le hacía ruido en cada charla.

Al otro día, esperó en la vereda, fumando a que apareciera la abogada.

  • Sabía que volvería – Dijo Fernández, llegando –
  • ¿Por qué la seguridad de eso?
  • Porque mi actitud no fue buena los otros días y más aún con el dato de no llevarme bien con el finado…
  • Si y no solamente eso. Tengo una orden de allanamiento. Paso a explicarle: el arma homicida encontrada es un plato de bicicleta. La señora y el señor Esperanza nos dio información de que usted le regalo una bicicleta, queremos indagar y sacarnos algunas dudas. Con su permiso, pasaremos.
  • ¡Adelante! – dijo Beatriz, sin problemas y despreocupada-

Al finalizar, con nervios de poder encontrar una pista que le de algún indicio, la junta policial le da a conocer a Montoya que allí no había rastros de ninguna bicicleta ni partes de alguna en toda la casa, al igual que en lo de Abreu.

  • Y bien oficial… ¿por qué ya no me ordenan todo y me dejan escuchar Physical Grafitti a todo volumen? Ha sido un día largo…
  • Si, señorita, siga en lo suyo. Pero estaremos al tanto…

Montoya se fue, y ante el malestar de la señorita Beatriz, decidió ir hacia los Esperanza.

Allí, con autoridad que el juez dictamina, revisaron la casa del matrimonio al día siguiente. Frustración más frustración, se concentró en una pequeña imagen de una fotografía… un señor de bigotes que le resultaba muy familiar.

  • Disculpe… ¿Quién es ésa persona?
  • Ah, él… un viejo familiar, prefiero no recordar.
  • Pues, me parece haberla visto antes y no aquí…
  • ¿Sí? Qué raro, él ya no vive.

Al llegar la noche y pasando los días sin ninguna información, más la presión mediática y política con respecto al caso, se corrió la noticia de que el detective Montoya seria corrido del caso por no dar con soluciones.
Esto derivó en una casi depresión que lo llevo a un bar a tomarse una soda, con el pensamiento constante de si pedir o no un whisky y también de volver a la sertralina, porque no…
En la mesa ratona de la sospechosa Noemí Esperanza, había visto la foto de un hombre con bigotes, un retrato antiguo, de tono sepia, enmarcado en un portarretrato de plata que tenía grabado con iniciales que no coincidían con el apellido de la mujer ni el de su marido. “Quién era?” se preguntó por milésima vez…
De pronto, en ese momento, la puerta del bar se abrió. Entró el mayor de los hijos del señor Costas. Ese muchacho tenía el bigote y el perfil tan parecido a la foto que vió en lo de los Esperanza, y allí recordó que la misma foto la había visto el primer día que entró a la casa donde ocurrió el crimen. Montoya dejó caer el cigarrillo sobre la mesa… “¡La misma foto estaba en la casa de los Esperanza y en lo de Costas! No son solamente vecinos, algo más los une” – pensó –

Soltó rápido la soda, dejó paga la cuenta en la barra y salió de corrida a la casa del difunto. Allí lo atendió la esposa y confirmó que la foto era la misma.

En trabajo en conjunto con investigación, se logró constatar que el señor de la foto era Don Jacinto Jesús Costas, un reconocido político de la zona, llegando a ser senador por la provincia de Santa Fe.

Montoya se preguntó: ¿Qué vínculo tenía la señora Noemí Esperanza con Jacinto Costas, el padre del difunto?

No se tardó en detallar la vida de quien fuera senador alguna vez, y con la justa orden de examinar lo que quedaba de Jacinto Costas, se pidió ADN del difunto y Noemí. La negativa de la señora sumo dudas en todo el entorno policial, y se sugiere un nuevo allanamiento para dar con datos que puedan responder a la preguntas de por qué dos familias tenían una misma foto sin ser familiares.
En determinado momento de la búsqueda, el detective se dirige directamente al fondo de la casa, más precisamente al sector de herramientas y observa un toldo que decidió correr y allí se encontró junto a una soldadora, restos de electrodos usados y limaduras de hierro, tirados en una esquina junto a un trapo grasiento, allí, en ese fondo que daba al patio de la casa de Costas.

  • Mire usted, además de plomería, se dedica a soldar – dijo Montoya, señalando las herramientas con su cigarrillo entre los dedos – ¿Estuvo arreglando una bicicleta?

Enrique se limpió las manos con un trapo, y dijo:

  • Bueno… si, jefe. Cosas cotidianas… Mi esposa se ha caído en la bicicleta hace poco y tuvimos que sustituir los cambios, todo el kit de transmisión. La soldadora la usé para intentar arreglar el plato viejo de la bicicleta, es que uno de los dientes se había quebrado y al ajustarnos económicamente, decidí salvar esa pieza… ¡pero no hubo caso! Así que lo cambié completo por uno nuevo
  • ¿Y el plato viejo que lo hizo?
  • Lo tiré a la basura…

Montoya se sonrió y, muy confiado, se acercó a Enrique:

  • Es complicado no hallarle la mano con una buena soldadora, ¿no? Hay que tener buen pulso. Hay un problema, señor Esperanza: el plato que usted tiró a la basura fue encontrado en el cuello de Costas. El forense dictaminó que en algunos dientes tienen una soldadura casera. – señaló Montoya.

Enrique soltó el trapo. Miró la soldadora y luego al detective. El silencio y la tensión se apoderaron del lugar.

  • Yo no he matado a nadie – dijo Enrique, con voz asustada-

La señora Noemí Esperanza, mientras apretaba sus uñas de una mano con la de las otras, como aquella vez, no mostró la calma y sus nervios se dieron a ver fácilmente, al observarlos a los dos hablar desde la ventana.
Inmediatamente se ordenó la detención de ambos y se profundizó la averiguación familiar para entender cuál fue el motivo por el cual Noemí o Enrique o ambos, cometieron el asesinato de Claudio Costas.

El marido, quebrado ante no entender lo que estaba pasando, le pidió a su esposa que acceda al ADN y que se saquen las dudas, pues él tampoco sabía quién era el señor de la foto para ellos.
Rendida, accedió y dijo:

  • Fui yo. Pero si mi padre me hubiera reconocido como reconoció a mi hermanastro, legítimo y heredero, no hubiera sido yo, entonces, quien terminase la vida de Claudio Costas. Tal vez alguna enfermedad en edad mayor, como sugiere la naturaleza, o simplemente alguna mala suerte de la vida, lo habría hecho. Pero no, fui yo, solamente yo…

La verdad dejó al descubierto el enfrentamiento de dos vidas opuestas.
Por un lado, la identidad. Claudio había crecido sabiendo quien era, de donde venía, que lugar ocupaba en el mundo. En cambio, Noemí, había vivido toda su vida con el secreto de saber que su sangre no formaba parte de su realidad. Su madre había ocultado la relación con Jacinto Costas.

Por otro lado, el destino social: Claudio heredó el apellido, el bienestar económico y las oportunidades que ello le trajo, como una educación privilegiada y una posición cómoda. Noemí, por lo contrario, vivió una vida trabajando décadas para sobrevivir en lo cotidiano, hasta el presente vendiendo pan y recorriendo las calles en bicicleta. Uno vivía lo que le faltaba a la otra persona, o también dicho, una vivió lo que Claudio jamás tuvo que pasar.

La conmoción fue total. Vía Oculta ya no tenía oculto el crimen que dio hablar en todo el país.

Noemí Esperanza fue sentenciada a perpetua, y tras investigaciones, Enrique Esperanza fue absuelto. Murió de un infarto al no soportar el desconocimiento sobre la persona con quien estuvo casado 40 años.

Noemí enfermó en la cárcel y antes de morir sola, dejó escrito:

  • ¿Cómo podré olvidarme el día en que yo no podía conseguir una bicicleta para trabajar? Pero vi cómo Jacinto Costas, mi padre, le regaló a Claudio una bicicleta justo el día de mi cumpleaños, en el otoño de 1935… Estoy en paz. Ahora estoy en paz…

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