No se por qué últimamente parece haberse despertado un cierto interés
por la Guerra Civil. Aquella barbarie que partió España en dos y
que, aún hoy, noventa años después, sigue dando bandazos. Las
huellas de aquella guerra y la posterior reconstrucción de Regiones
Devastadas definieron, de forma indeleble, el paisaje actual de
muchos pueblos de Castellón.
Decir que se ha hablado poco de la Guerra Civil es decir mucho.
Claro que se ha hablado. Quienes vivimos la época escolar en la
plenitud del mandato de Francisco Franco recordamos cómo nos
enfocaban al «Generalísimo» como una especie de Superman que había
liberado al país poco menos que de Satanás. Otros, sin embargo, no
piensan igual y desde hace unos años intentan contar su verdad,
aunque al final la que prevaleció fue la del bando vencedor. Nunca
sabremos qué barbaries hubiera cometido el bando perdedor si hubiera
ganado; en cualquier caso, si las guerras ya son un despropósito
donde todos pierden, cuando se dan entre dos bandos enfrentados por
ideologías en un mismo país, el sinsentido es aún mayor.
Pero volvamos al interés actual por la contienda, que se
fundamenta, básicamente, en la arqueología. Una serie de personas y
asociaciones están realizando unos magníficos trabajos de
recuperación y mantenimiento de la arquitectura bélica: trincheras,
búnkeres, nidos de ametralladora, refugios o aeródromos. La lista
es tan larga que no acabaría nunca.
Son lugares que hoy podemos visitar para hacernos una vaga idea de
lo que vivieron aquellos a quienes les tocó estar en el frente. Y no
solo por el enemigo físico, sino también por el climatológico. Si
estar en una trinchera debía de ser duro de por sí, con lluvia
resultaba especialmente insoportable: se llenaban de agua y obligaban
a llevar los pies empapados mucho después de escampar. La tierra
absorbía el agua y se convertía en un fango espeso que se adhería
al calzado, haciéndolo tremendamente pesado.
A fuerza de rodar por la provincia y sus alrededores, uno se va
dando cuenta del daño que sufrieron algunas poblaciones que no
conservan absolutamente nada anterior al año 1936; pueblos que
fueron, literalmente, borrados del mapa.
Es cierto que en los últimos años se ha hablado mucho de los
bombardeos que la Legión Cóndor infligió en algunos pueblos del
interior de Castellón, como Ares, Albocàsser o Vilar de Canes,
entre otros. No obstante, casi todos ellos conservan parte de su
casco antiguo o medieval, lo que los hace muy interesantes a la hora
de conocer nuestro pasado, ligado en muchas ocasiones a las órdenes
del Temple o de Alcántara.
Benassal, otra de las poblaciones bombardeadas por los Stukas
de la Legión Cóndor, aún conserva parte de su casco antiguo
restaurado con mucho criterio, así como algún portal de las
murallas, tramos de estas y varias torres de defensa, si bien es
cierto que parte de la iglesia y el ayuntamiento fueron reducidos a
escombros en aquel macabro experimento.
Sin poderlo confirmar en los libros, y solo por la experiencia de
haber visto muchas construcciones similares, me atrevería a asegurar
que el edificio que alberga el ayuntamiento de Benassal fue obra del
Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones. ¿Por qué
me atrevo a afirmarlo? Muy fácil: porque uno ya ha visto mucho, ha
comparado y es capaz de reconocer la arquitectura tan singular del
que fue este órgano de gobierno.
Todos hemos visto las casas que hay a la entrada de Nules,
construidas para los jornaleros tras la tremenda destrucción que
sufrió la ciudad. Son viviendas hechas casi con el mismo plano que
las de Moncófar para el mismo fin, aunque también se levantaron
para funcionarios. Mención aparte merece el ayuntamiento de Nules,
junto a la plaza, y todo el urbanismo que la rodea. También fue
reconstruido el de Moncófar que, junto al edificio de Correos y el
de Falange, conformaba la plaza.
Se podría hablar de muchos más ayuntamientos: Viver, Jérica,
Teresa o Bejís. Muchos pueblos de esta zona de Castellón muestran
la huella indiscutible de este organismo. Su arquitectura era tan
singular que los hacía parecerse entre ellos —y todos, en cierta
medida, al Valle de los Caídos—, caracterizados por sus numerosos
porches. Llama la atención que algunos de estos municipios no
conservan casco histórico y todas sus viviendas parecen posteriores
a la guerra.
Destacaría el pequeño pueblo de Sacañet. Aunque no he
encontrado nada tajante escrito al respecto, a mi modo de ver la
destrucción allí debió de ser total, ya que carece de arquitectura
con una cierta antigüedad. Además, alberga dos manzanas de casas
adosadas que, si bien distan de la estética de Nules o Moncófar,
casi con toda seguridad fueron ejecutadas por el mismo servicio de
reconstrucción. Llama la atención cómo, en la cabecera de la calle
y cerrando el pueblo, se encuentran dos edificios más grandes que
debieron estar destinados a servicios públicos.
Todos sabemos lo que pasó en Belchite y cómo se construyó un
pueblo nuevo. Aunque su estilo no tiene nada que ver con el de aquí,
su arquitectura singular también lo delata: todo lo construido en
aquella primera fase se parece más a un inmenso cuartel que a un
pueblo real.
Y es aquí a donde quería llegar. Es sumamente interesante
visitar estos pueblos que, por desgracia, albergan en sus alrededores
multitud de trincheras y otros malos recuerdos de aquella pesadilla.
Nuestra Guerra Civil; una historia de la que, al final, sabemos mucho
menos de lo que creemos saber.
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