Siempre he pensado que nadie tiene derecho a decidir con quién deben relacionarse los demás. Cada persona es libre de tener los amigos que quiera, incluso cuando esos amigos no se soportan entre sí.
Por eso nunca me ha parecido mal que alguien mantenga amistad con dos personas enfrentadas. La vida no es tan simple como para obligar a elegir un bando cada vez que surge un conflicto.
Pero hay situaciones que son distintas.
Cuando una persona no solo ha discutido contigo, sino que te ha insultado, te ha ridiculizado, te ha dañado profundamente o te ha faltado al respeto de forma clara, las cosas se ven de otra manera. Y más aún cuando alguien a quien consideras amigo sabe perfectamente lo que ha ocurrido.
No espero que rompa su amistad con nadie por mi causa. Ni se lo pediría. Lo que cuesta entender es otra cosa. Cuesta entender que alguien que conoce el daño que te han hecho se deshaga en muestras de cariño hacia quien te ha tratado así.
Quizá para algunos eso no tenga importancia. Quizá piensen que una relación no tiene nada que ver con la otra. Y en teoría puede ser cierto. Pero las personas no vivimos las relaciones en teoría.
Cuando ves a un amigo llamar «querido amigo» a quien te ha despreciado, cuando lees palabras de afecto dirigidas a alguien que te ha humillado, es inevitable preguntarse si realmente comprende cómo te sientes. No porque deba dejar de hablarle, sino porque parece actuar como si lo ocurrido nunca hubiera existido.
Ahí es donde aparece la duda. No una acusación, ni una condena, sino una duda. La de si la lealtad consiste únicamente en mantener una amistad o si también implica cierta consideración hacia los sentimientos de quienes apreciamos.
Puede que no haya traición. Puede que no haya mala intención. Pero a veces la falta de lealtad se manifiesta en pequeñas indiferencias.
Y eso deja una grieta difícil de ignorar.
OPINIONES Y COMENTARIOS