El que conoce el paisaje del Valle en invierno sabe muy bien que cuando agarra un poquito de altura ya puede ver los humos de las casas que están metidas en el monte.
El humo de la casa de Doña Lita se veía más oscuro que los otros. El encargado de juntar la leña era el Olegario, pero el Olegario tiene unas cataratas grandes como las del Iguazú y no ve ni al metro, así que seguramente habrá ido a parar una botella entre todos los troncos de la salamandra. Y por eso el humo negro.
– ¡Andá buscar’ unos palos como la gente viejo, yo acá no puedo dejar que la maicena se haga sola! Dale, si el otro día ya juntaste unos troncos abajo del algarrobo.
Al Olegario no le gustaba que la Lita lo dirija tanto, pero le encantaba la leche con maicena que le hacía todos los domingos. Así que partió silbando bajito a buscar esos troncos, porque ya se estaba haciendo de noche.
– ¡Esperá! Esta mañana planté unos tomates ahí al lado del gallinero, dijo la Lita. Me los dió “criados” la Anita pero todavía no le puse las cañas así que están sueltos, en el suelo. ¡No me los vayas a pisar!
El Olegario asintió nomás, pero además de ciego era sordo.
Cuando volvió, dejó la carretilla cerca de la salamandra y se arrodilló a meter los troncos al fuego.
– ¡Estos sí van a hacer buena brasa, vieja! Más que los otros van a durar.
La Lita se dio vuelta para ver lo que trajo el Olegario y quizás para regalarle una sonrisa por la buena elección. Pero eso no pasó. Se le desfiguró la cara cuando vio unas hojas y unos tallitos verdes aplastados en el yute de la alpargata del viejo.
– ¡Qué te dije de los tomates! Yo sabía que los ibas a pasar por encima, tendría que haber ido yo, ¡como siempre!
El Osvaldo no se había dado cuenta, no lo hizo queriendo.
– Uh, bueno, discúlpame. Mañana pongo otra cosa vieja, ya está. Unos zapallos, o puedo buscar para unas acelgas allá en lo Romero.
La Lita estaba enojada, pero pensó en el locro que podía hacer con esos zapallos para el 25 de mayo. Y que también, era mucho trabajo ir a ponerles un tutor a cada planta de tomate. Así que se dio por vencida, esperó que el Olegario termine de cargar la salamandra, preparó la mesa para los dos y de repente había dos humos importantes, el de la salamandra caliente. Y el de la leche con maicena recién servida.
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