
El día en que me permitieron abandonar el encierro comprendí que la liberación era apenas otra habitación del mismo edificio.
Habían transcurrido cuatro años. Durante ese tiempo imaginé muchas veces el regreso. Pensé que alguien me estaría esperando, que existiría una continuidad entre el hombre que había entrado y el que saldría. Sin embargo, al cruzar la puerta, no encontré a nadie. Ni una mirada, ni una señal, ni siquiera la indiferencia consciente de quienes recuerdan. Había algo peor: el olvido.
Hasta poco antes de aquel acontecimiento que prefiero no nombrar, yo había sido conocido en mi barrio. Mi presencia tenía un lugar preciso en el orden de las cosas. Luego ocurrió aquello, y cuando regresé descubrí que el orden había sido corregido para excluirme.
Con los años llegué a sospechar que nada había sido casual. El encierro, las ausencias, las pérdidas sucesivas, los silencios de ciertas personas, las explicaciones contradictorias. Todo parecía responder a un plan cuya finalidad no era castigarme, sino algo más complejo y más terrible: reemplazar mi historia por otra.
No intentaban destruirme. Intentaban demostrar que nunca había sido quien recordaba haber sido.
A veces abro viejos cuadernos para verificar mi existencia. Leo nombres, fechas, direcciones, anécdotas. Reconozco la letra. Reconozco los hechos. Pero cada vez me resulta más difícil reconocer al hombre que los escribió. Es como revisar el expediente de un desconocido acusado de haber vivido mi vida.
Lo más inquietante no es haber perdido el mundo que tenía. Lo más inquietante es la sospecha de que ese mundo continúa existiendo en alguna parte, aunque ya no me pertenezca. Como una casa ocupada por otros habitantes que han retirado mis fotografías de las paredes y ahora afirman, con absoluta convicción, que nunca viví allí.
Antes era feliz. Lo digo con cautela, porque la felicidad suele parecer una falsificación cuando se la observa desde lejos. Pero recuerdo cierta ligereza. Recuerdo la naturalidad con que transcurrían los días. Recuerdo no tener que demostrar a cada instante que era yo.
Ahora cargo con una tarea imposible: defender la autenticidad de una vida que me han confiscado.
Y cada mañana, al despertar, tengo la impresión de que el verdadero encierro no terminó hace cuatro años. Simplemente cambiaron los muros de lugar.
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