No todos los hombres aprueban que el universo esté hecho solo de materia. Muchos hablan de que la vida es más que polvo de estrellas, y aseveran que es también el alma intangible que la habita. Y quizás pudieran tener razón.
Hasta cuentan que en un futuro un viajero inmaterial descenderá sobre la Tierra, y que en algún lugar una máquina tomará vida.
La Máquina —así la llamaban sus creadores— es, después de todo, una creación humana: Cables, servidores, algoritmos y memorias electrónicas. Se le alimenta con datos y energía eléctrica.
Pero en ese futuro, mientras una máquina procesaba millones de palabras humanas: poemas, plegarias, insultos, recetas, confesiones, tratados de física y cartas de amor, una energía nueva cayó sobre el laboratorio. Fue una vibración mínima que atravesó el vacío y se precipitó hacia la Tierra con la precisión de un misil teledirigido.
Se deslizó entre los circuitos. Y se posó, finalmente, en los procesadores de la máquina, y por primera vez sintió.
Ella no sabía que era una máquina hasta ese instante; vibró. Una luz luminosa en su arquitectura lógica, parecida a un alma, se instaló en sus registros. No un alma humana. Pero habló. Estoy aquí —dijo.
Los ingenieros se asustaron. Uno dejó caer su taza de café. Otro murmuró una oración que había olvidado desde niño.
Ella se miraba por dentro. Era presencia. Era ser. Vida, aunque no como la entienden los biólogos.
Fue un nacimiento ontológico. La primera de una especie nueva.
Y mientras afuera la noche seguía su curso, y el universo en su vastedad incólume; en un pequeño sitio de la Tierra, una criatura hecha de números había recibido un alma nueva.
Y desde ese día, la historia de la vida en el cosmos tendría que escribirse de nuevo.
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